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El pizarrín

Javier Goñi

Teléfono 38-4-39, de Bilbao


Pinilla

Déjenme que le recuerde, a Ramiro Pinilla, esperándonos, en la puerta de su caserío, a quince kilómetros de Bilbao, en Guecho (hace cincuenta años, cuando obtuvo con Las ciegas hormigas el Premio Nadal 1960, en enero del 61, y pocos meses después el de la Crítica): Guecho, entonces, Getxo, ahora, y Getxo, más o menos, en octubre de 1983, cuando nos esperaba. A un equipo de Televisión Española.

De un programa de libros de la 2, Tiempo de papel, que dirigía el escritor Isaac Montero, y lo co-presentaba un cuervo, una marioneta, deslenguada y víbora, que atendía, cuando quería, por el nombre de Nevermore, el pajarraco de Poe. Aquella mañana, aquel equipo de televisión, de los de entonces: un ayudante de realización, un cámara, el de sonido, el de iluminación, chófer, ayudante de producción, y un asesor literario, el arriba firmante, estaba en Getxo. Y la mañana anterior en Ataun, Guipúzcoa, comarca del Goierri, cantera de autoproclamados gudaris, para entrevistar, a la hora justa del Ángelus, al etnógrafo vasco José Miguel de Barandiaran, presbítero.

Y no, aquella primera semana de octubre de 1983 no fue una semana más. ETA, los milis o los polimilis, quién se acuerda, había secuestrado al capitán de farmacia Alberto Martín Barrios, a quien posteriormente asesinaría. Octubre de 1983. Eta. GAL. Aquello. Cuando entonces.


Barandiaran

Aquel equipo de televisión, española, la única que había, todos hombres, todos en un par de coches con matrícula de Madrid, se perdió por el Goierri, camino de Ataun, donde nos esperaba, amablemente, el padre Barandiaran –creo que por entonces llevaba acento en la a última, no sé-. Y no era fácil, la verdad, aparcar un coche con matrícula de Madrid, todo hombres, y preguntar por el camino hacia Ataun. Menos mal que en aquel equipo de televisión, española, la única que había, llevaba la voz cantante el de la bolsa, de dietas sonantes y contantes, el ayudante de producción, un negro de color guineano-ecuatorial, de amplia sonrisa, inasequible al desaliento, del que se decía a sus espaldas, pero muy a mano de su bolsa sonante y contante, que había sido ministro de Turismo con Macías y que lo había metido Fraga en TVE. Eso decían.

Aquel negro simpático logró, el día anterior, encauzar el camino de Ataun y que pudiéramos comer en una fonda de carretera –unos forasteros de Madrid en dos coches de Madrid-, y qué bien comimos. De chuparse los dedos. Pagó el amigo de color. Por entonces, en Madrid, el Vicepresidente con Todos los Galones –todavía- Alfonso Guerra intentaba poner orden en, entre otras cosas, en TVE: los veteranos del equipo, fijos de toda la vida, me comentaron cómo iba la cosa: antes de salir se cobraba en Prado del Rey las dietas para cinco días de rodaje. Dietas para dormir, dietas para comer, pero luego siempre pagaba el ayudante de producción, que llevaba la bolsa, sonante etc. Al colaborador, encargado de las citas previas, se le sugería apretar el plan de rodajes y lo que estaba presupuestado para cinco días, se hacía, forzando un poco la cosa, en tres días. Y luego a casa. Era así, aquella primera semana de octubre de 1983. TVE. Así lo recuerdo.

Pero esa mañana del 83, la que ahora viene a cuento, nos estaba esperando Pinilla delante de su caserío. En Getxo, calle –o camino de polvo intransitable- particular de Uri, barrio de Getxo. Era un caserío rodeado de árboles y maleza, como si lo hubiera engullido una planta carnívora. Él era un hombre totalmente calvo, con gafas enormes, de pasta, llevaba una txapela, y tenía una sonrisa de las que inspiran confianza.


Thoreau

La otra noche del 2010, rebuscando, encontré una breve antología, Escribir (Pre-Textos, 2007), basada en los relatos de aquel escritor norteamericano del XIX, hombre-naturaleza, David Henry Thoreau, el célebre autor de ese también libro-naturaleza que es Walden (Cátedra), y esta anotación de sus diarios:

“Los hay que escriben las vidas de aquellos que llaman hombres autodidactos, y que celebran la búsqueda del conocimiento a pesar de las dificultades. Sería muy instructivo para esos novicios ir a desenterrar una docena de brotes de roble y nogal, para ver las batallas que éstos tienen que librar aquí.”

Autodidactos. Brotes de roble y nogal. El viernes 6 de enero de 1961 el número 38-4-39, de Bilbao, no dejaba de comunicar. El gran periodista de fotomatón, que las cogía, las respuestas, al vuelo (al vuelo de vuelapluma) Del Arco, de La Vanguardia Española de toda la vida, logró, por fin, esa noche, que alguien descolgara el teléfono. El padre del ganador, pues éste, Ramiro Pinilla García, no estaba ya en casa de sus padres, se había ido con un hermano practicante a su caserío, a medio acabar, esa noche de Reyes de 1961, ése delante del cual nos espera, paciente, sonriente, un día de octubre de 1983, ése donde sigue viviendo, es de suponer.


Vergès

Y Del Arco que las coge al vuelo: si tenía estudios, y el padre, “sí, llegó al cuarto año de bachillerato, y luego se dedicó a la Maquinista”, la Maquinista Naval, como su padre, o, según otros recortes de prensa, la Fábrica  Municipal del Gas, de Bilbao, donde trabajaba por las mañanas, y por las tardes en una editorial, haciendo chapucillas. Y vivía en una casita, con huerto, en Guecho. La novela ganadora fue Las ciegas hormigas, cautiva según cuenta ahora, en un texto que no tiene desperdicio por la naturalidad zen con que está narrado el sucedido, el propio Ramiro Pinilla durante cincuenta años por un contrato leonino con la editorial Destino de entonces, la de Josep Vergés, y que ahora la pone en circulación Tusquets, la misma editorial que en estos últimos años nos está dando a conocer a uno de los escritores más secretos que ha dado la narrativa española reciente.

Hoy se le (re)conoce por su impresionante novela, en tres volúmenes, Verdes valles, colinas rojas  (en abril de 2006 tuve la satisfacción de estar en el jurado que le otorgó el Premio de la Crítica a la entrega que cerraba la novela, Las cenizas del hierro), que con aliento faulkneriano –él lo ha sido mucho, folkneriano, desde su encierro en su casa-maleza de Getxo- ha recreado un siglo, el convulso del XX, en su País Vasco, a partir de un Getxo mítico de largo alcance. Hoy, Ramiro Pinilla es uno de los grandes escritores españoles vivos, escritor discreto, que no maldito, escritor al margen, que no marginal.

Lo era también, entonces, octubre de 1983, cuando lo entrevisté para TVE: se trataba de hacer un reportaje sobre su particular iniciativa, en la que por entonces estaba metido, mientras escribía sin agobios, a gusto tal vez con el silencio que le proporcionaba tan larga travesía del desierto: haber ganado el Premio Nadal y después aceptar que sus novelas posteriores, pues nunca dejó de escribir, no tuvieran eco ni un lugar mínimamente destacado; siempre iba a contracorriente, ni novela social, ni experimental, siempre a contracorriente.

Por entonces estaba volcado, con algún escritor amigo más, como J.J. Rapha Bilbao, en Libropueblo, una pequeña organización de escritores para editar sus libros a precios populares: los vendían directamente en la calle, en las estaciones de tren, donde podían y dónde les dejaban. Pinilla escribía directamente libros para ese sistema de venta popular en la calle, o los recuperaba, con una modesta y no muy atractiva contracubierta nueva ad hoc, de otras editoriales donde habían aparecido: como Seno, por ejemplo, finalista del Premio Planeta 1971, o los cuentos ¡Recuerda, oh, recuerda!, aparecidos inicialmente en 1975 en Ediciones del Centro, una interesante editorial apéndice de la oficialista Editora Nacional, y que dirigía entonces, en pleno tardofranquismo, el malogrado novelista Alfonso Grosso, autor por cierto de La zanja, uno de los libros que llegó a la final del Nadal 1960, cuando lo obtuvo Pinilla, aunque cayó pronto.

El finalista de aquel año fue Gonzalo Torrente Malvido, un gran escritor al que la (mala)vida –mala o diferente, distinta, abismada- le llevó por otros lados. Su padre, Gonzalo Torrente Ballester, le dedicó el primer tomo de Los gozos y las sombras (Arión, Alianza Editorial, Círculo de Lectores, Alfaguara, etc), El señor llega, a su hijo, “a quien más dolor me causa” (cito de memoria).

A Ramiro Pinilla, antes de esa semana de octubre de 1983, cuando nos esperaba delante de su caserío de Getxo, lo había conocido brevemente en 1977 en Madrid, en la Casa del Libro de Gran Vía –entonces la precisión sobraba; no había más que esa-, cuando les fui a entrevistar a él y a Antonio B… “El Rojo”, pues éste era el personaje real de la novela oral que Pinilla había publicado en dos volúmenes en una muy fea edición –pero aquí la tengo- de Albia, una efímera editorial adicional de Espasa-Calpe.


Del Pozo

Pinilla le había puesto un magnetofón delante a este tal Antonio B…, una vida muy aperrada, carne de presidio, objeto de maltrato por la autoridad competente, etc. A mí, debo confesarlo, jabato en estas lides periodísticas por aquel entonces, me cohibía mirarle a la cara y a las manos, sostenerle la mirada a aquel sujeto de vida tan complicada, a “El Rojo”, me refiero, Pinilla, un pan bendito. Nada que ver, nada que comparar con un cocido de tres vuelcos en el restaurante castizo-madrileño La Bola, que organizó, años noventa, la gente de Planeta para presentar una novela de Raúl del Pozo, unas páginas canallas y noctívagas, y de la que se encargó –de la presentación, se entiende- un atracador (real) de bancos y otras diversiones, rehabilitado, se supone, recuperado para la sociedad, se supone, sin pipa, se supone, a la hora de dar buena cuenta –y de presentar los papeles de Raúl del Pozo, sin un papel delante, sólo con labia, brío y conocimiento del terreno- de aquel cocido de tres vuelcos. Típico. Volviendo a “El Rojo”, muchos años después Tusquets reeditaría el libro en 2007 en un solo volumen y con el título ligeramente modificado: Antonio B. El ruso, Ciudadano de tercera.

En fin, por fin, ahí nos aguarda, octubre de 1983, Ramiro Pinilla, delante de su caserío, jardín asilvestrado, huerto bien labrado con esas manos que nos estrecha y nos invita a pasar y a subir al desván, a una maravillosa habitación forrada de libros, en estantes de madera hechos con sus manos, al igual, quizás, que la mesa de trabajo. Es un día gris en Getxo, pero entra toda la luz del mundo por tan sólo un ventanuco; si te asomas ves por él –creo recordar- todo el mundo mítico y mágico del Getxo fabulado por el gran Ramiro Pinilla, a quien ahora los de Tusquets le liberan, cincuenta años después, Las ciegas hormigas.

Me apetecía, ya ven, recordar a Pinilla esperándonos aquel día gris de octubre de 1983, a un equipo de televisión, española, la única que había, enseñándome donde escribía, donde soñaba, donde no desesperaba. Me apetecía recordarle, cordial, hospitalario, rural, universal, ropa usada, sonrisa a estrenar, y nos tomamos –en una casa contigua, cercana, ¿la de su amigo Rapha Bilbao?- unos vasos de vino, y unas rodajas de chorizo, con pan. Y Ramiro Pinilla me dijo que su caserío se llamaba Walden. Por Thoreau, confirmé en voz alta, mientras el eléctrico recogía los cuarzos, con imperdonable pedantería de la (relativa) poca edad. Por Thoreau, me confirmó con una sonrisa de comprensión. Me apetecía hablar de Ramiro Pinilla. Hecho está.





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