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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Al otro lado de ese espejo


Con La cinta blanca el realizador austriaco Michael Haneke, uno de los nombres más significativos del cine contemporáneo, vuelve a hurgar en el lado oscuro de la sociedad europea y el lado más sombrío de la naturaleza humana.

Rodada en un poderoso y matizado blanco y negro, el último filme del director de Código desconocido se sitúa en un pueblecito del norte de Alemania en los albores de la Primera Guerra Mundial. Tras el tropiezo de su remake hollywoodiense de Funny Games, este cineasta con alma de filosofo narra, de forma progresiva e implacable, cómo una serie de incidentes —de mayor o menor envergadura— saca a relucir las miserias morales de una comunidad aparentemente tranquila pero en el fondo hundida en el caciquismo, la violencia, la beatería y el rencor.

La cinta blanca es uno de los filmes formalmente más trabajados de su autor, pero también uno de los más literarios, con un exceso de metáforas y una voz en off algo molesta. Como siempre, en Haneke todo resulta ser algo más de lo que parece, y la ambigüedad atraviesa no sólo la personalidad de sus atormentadas criaturas sino también la verdadera naturaleza de su mensaje.

En sus momentos más plácidos, como en el romance entre el joven maestro y la tímida Eva, La cinta blanca tiene ecos del primer cine de Bergman, pero casi siempre contemplamos el escalpelo fílmico de un implacable constructor de ambientes enrarecidos y fabulas malsanas. Nos encontramos con una película en la que, como en otras suyas, consigue una manera bella y refinada de mostrar la fealdad utilizando largos y cuidados planos secuencia, crueldad verbal y un horror que, aunque queda fuera de campo, no deja de tener sus consecuencias. Haneke no parece tanto querer indagar en lo que condujo a Alemania a la Primera Guerra Mundial como retratar, nuevamente, un mundo enfermo donde los niños y los jóvenes se rebelan contra la rigidez del mundo adulto y  fosilizado, interiorizando, al mismo tiempo, algunos de sus peores valores.

Cineasta de la crueldad y la neurosis colectiva, Haneke nos muestra una sociedad anclada en el feudalismo, dominada por el miedo y la hipocresía, con diferentes modos de exteriorizar e interiorizar el dolor, con la lucha continua entre la luz y la oscuridad, y con destellos de esperanza que se desvanecen progresivamente.
Una película a la vez inmensa y terriblemente personal, uno de sus filmes más accesibles, pero igualmente negro y desesperanzado que el resto de su obra. Un cuento inquietante acerca de de la pérdida progresiva de una inocencia que nunca existió.




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