Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El cónsul y los agregados culturales


Ante los furibundos ataques de ciertos agregados culturales del “consulado honorífico” de Sodoma del que el poeta Jaime Gil de Biedma era regidor, y en contra de la película que sobre su vida y obra ha realizado Sigfrid Monleón, también de algunas invectivas venenosas de la crítica canónica, rama pulpitodonte cinéfilo, me decidí a ir a ver El cónsul de Sodoma ─cosa que había retardado dada, todo sea dicho de paso, mi poca simpatía por un actor como Jordi Mollá, y a mi poca afición a cualquier biopic realizado sobre autores literarios.

La opinión que mi admirado Juan Marsé, excelente escritor, uno de los agregados culturales a los que me refiero en el título de la reseña y personaje de la historia, tiene de la película es tan descalificadora y demoledora que no me resisto a ofrecerla. Cito sus palabras: “Es una película grotesca, ridícula, falsa, inverosímil, sucia, pedante, dirigida por un fallero incompetente y desinformado, mal interpretada, con diálogos deplorables. Es también desvergonzada, de título infamante y producida por gente sin escrúpulos. Es peor que mala. Es una ofensa a la memoria del poeta por su estupidez y su grosería, algo que va más allá de su absoluta insolvencia cinematográfica”. Después de leer esto y otras muchas críticas de parecido calibre, mis ganas de ver la película se multiplicaron geométricamente. “No puede haber algo tan rematadamente malo ─me dije─, aquí hay gato encerrado y si es así, yo quiero descubrirlo” (sigo siendo fan incondicional de Ed Woods, para dar pistas).


No tuve la suerte de conocer a Gil de Biedma personalmente, así que no me atrevo a opinar si lo que la pantalla nos muestra se ajusta a la realidad de su vida íntima y homosexual, pero la lectura de su obra, que he venido releyendo desde mi juventud junto a la biografía que sobre él escribió Miguel Dalmau ─en la que se basa el guión de la película: la publicó Circe─, y la publicación de su maravillosa correspondencia con Ferraté, han dibujado para mí un personaje bastante similar al que aparece en la pantalla; aparte de los datos y comentarios de amigos comunes que sí disfrutaron de la amistad del poeta y eran conocedores y compañeros de sus descensos a los infiernos nocturnales en busca de compañías masculinas. Y entonces pienso que, posiblemente, todo el rechazo que ha levantado la película se deba más un problema de homofobia ─¿instintiva?— por parte de los agregados culturales que rodeaban al poeta ─siempre es difícil verse retratado en una pantalla y/o admitir la imagen que los demás tienen de nosotros─ que a la calidad cinematográfica de la película en sí.

Por supuesto que ─sigo citando a MarséGil de Biedma era algo más que   su sexualidad, todos lo somos; pero me pregunto: si la sexualidad del poeta se hubiera decantado por el lado heterosexual, ¿se hubiera levantado la misma polvareda? Estoy convencido de que no: la hipócrita sociedad en la que vivió ─ y seguimos viviendo pese a todo ─ ha estado siempre más acostumbrada al burdel femenino que al masculino; más dada a perdonar que el hombre heterosexual ─es cosa de la naturaleza─ se vaya de putas y a condenar que el hombre homosexual ─es contranatura─ vaya en busca de chulos. Y claro, la mierda salpica a todos y no nos gusta que piensen que…

Dicho todo lo anterior, a nadie debería extrañar que a la hora de retratar el personaje elegido, sea poeta o peón caminero, cualquier realizador cinematográfico se decante más por un aspecto que por otro en la vida de su protagonista: está en su perfecto derecho de plasmar aquel, que desde su punto de vista sea el mejor deux et machina para el desarrollo de su historia. Sigfrid Monleón, con mucha valentía y consciente del riesgo que corre, ha elegido la sexualidad para vehicular una película que va al grano desde la escabrosa escena de apertura en un burdel de la Manila de finales de los cincuenta y, sin hacer ningún tipo de proselitismo homosexual, retrata el mundo de amantes, ligues y aventuras del poeta paralelamente al de su vida familiar, de negocios, de los amigos, de la literatura, de la poesía, la política (ésta algo más difuminada). La vida, para Jaime Gil de Biedma y para otros muchos, era, en definitiva, “eso”: una mezcla de todos esos componentes, y Monleón los muestra sin tapujos ni componendas.

La película, pese a ciertas arritmias, es una obra conseguida y visualmente muy atractiva. Jordi Mollá se mete con respeto en la piel del poeta y consigue una interpretación digna y mesurada de una personalidad tan contradictoria y con tantas aristas como la del protagonista (por mucho que he buscado no he encontrado ese “tonillo” que cierto crítico le achaca. ¿No será el del propio crítico, a veces tan cargante?). El resto del reparto más que correcto, y sobresaliente en el caso de Josep Linuesa encarnando a Carlos Barral.

Resumiendo y a pesar de la opinión señor Marsé, que tanto respeto me merece como novelista, recomiendo la película, aunque no sea la obra redonda que a todos nos hubiera gustado ver.

Para terminar, no voy a caer en lo fácil diciendo que tal vez la única beneficiada de toda esta polémica sea la obra de Jaime Gil de Biedma porque conozco de primera mano la cazurrería e incultura de un amplio sector del mundo mariconil, más interesado por el gym y los cosméticos que por la poesía y el buen cine.




Archivo histórico