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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Bursa - Assos

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Safran Hotel

En Bursa nos despertaron la luz (la habitación de la casa otomana restaurada en la que dormimos tenía seis ventanas de buen tamaño, sin persianas ni contraventanas) y el tráfico. Pero no a primera hora de la mañana. Claro que nos habíamos acostado tarde, después de una copiosa cena a base de carnes en la ciudadela de Tophane, y un día de largas caminatas por la Ciudad Verde.

Habíamos cubierto el trayecto de Estambul a Bursa en barco y taxi la mañana anterior y, una vez registradas en el Hotel, y observada la ciudad desde la elevada y cercana ciudadela de Tophane, nos habíamos lanzado cuesta abajo hacia el Bazar.


Bazar de Bursa

El Bazar de Bursa es un entramado de calles comerciales con aspecto de decorado cinematográfico abarrotado de mercancías y gentes. Sin duda, lo que más llamó nuestra atención fue la enorme variedad de modelos de los largos guardapolvos que la inmensa mayoría de las mujeres en esta parte del país utilizan para cubrir sus ropas. Nosotras nos moríamos de calor con nuestras holgadas camisetas y ellas iban ceñidas por gabardinas de manga larga abotonadas desde el cuello hasta los tobillos…


Gran Mezquita

Asistimos a la oración de mediodía en la luminosa Gran Mezquita refrescadas por la fuente que fluye en su interior. Comimos, en un pequeño y elegante restaurante en la plaza del Ayuntamiento (donde en aquel momento rodaban los exteriores de una popular serie de televisión), el plato creado en otro local de la ciudad, Iskender Kebab (carne de cordero asada en espeto vertical, loncheada y cubierta de yogur y mantequilla) y su propia especialidad, Pideli Köfte (albóndigas asadas). Y tomamos el café en una terraza del Koza Jan, el ambiente del Fidan Jan era demasiado masculino-local. Todo sin salir del Bazar.


Restaurante Bursa Kebabçisi


Mezquita Verde

Atravesamos la ciudad hasta la Mezquita Verde, de blanca fachada, donde un amable vendedor de alfombras nos hizo de improvisado guía antes de invitarnos a té y uvas de la parra que daba sombra en el patio de la cercana casa otomana en la que tenía instalada su tienda, y en cuya segunda planta nos dio una clase magistral sobre alfombras y kilims.


El resto de la tarde lo pasamos sentadas en la terraza de uno de los cafés próximos a la Mezquita Verde tomando té de manzana y clasificando las fotos de Estambul.


Calle principal de Bursa

Volvimos hacia el hotel al anochecer, en el momento en el que los comercios cerraban y las paradas de autobús atraían a más y más gente, y nos sentamos a cenar en el único restaurante que permanecía abierto: el de la ciudadela de Tophane.

Por la mañana, recoger el coche de alquiler que teníamos reservado desde España no fue fácil, el taxista no daba con la oficina y en la oficina no localizaban el coche… cuando por fin lo trajeron del aeropuerto, venía sin gasolina y con un seguro a punto de caducar… Sin tiempo ni ganas para discutir, cogimos las llaves y pisamos el acelerador rumbo a Assos. No insistiré en la infinitud de imprudencias de tráfico que acapararon nuestra atención durante gran parte del trayecto.


En la carretera

Pasamos de largo frente a buenos restaurantes a las afueras de Balikesir pensando que el camino estaría lleno de ellos, pero nos equivocamos: la cómoda autovía de las llanuras se convirtió en una solitaria carretera de montaña. Acuciadas por el gusanillo, paramos en el primer bar que vimos: un local en el que nos metieron hasta la cocina para enseñarnos la carne picada que nos prepararían, nos pusimos estupendas con esas cosas de la higiene y demás, y seguimos camino sin apenas disculparnos. Desesperadas por el hambre, paramos en una gasolinera dispuestas a comprar cualquier cosa comestible y nos encontramos con latas de aceite y baterías poco recomendables para humanos. Desfallecidas (a quién se le ocurre ponerse en camino sin provisiones), vimos a dios cuando a la vuelta de una curva vislumbramos una terraza con mesas y comensales. Aparcamos y nos sentamos a una de las pocas que permanecían libres sin importarnos la grasa del mantel ni las moscas de las cercanas letrinas.


Restaurante Huseyinbey

El guiso de carne y verduras que nos sirvieron en la veterana sartén en la que había sido cocinado no lo olvidaremos fácilmente.

A la hora de cobrarnos, abuelo y nietos no se ponían de acuerdo, y por fin el más avispado nos pidió 20 YL, cuatro veces más que a sus compatriotas, una miseria para semejante comida.

Como pasa siempre, ese lugar que creíamos en medio de la nada, en el que no me arrepiento de haber parado, estaba a la entrada de una gran ciudad, Edremit, que pasamos de largo cantando (ya se sabe, la danza sale de la panza). Hacía tanto calor que el asfalto se derretía.

Ya cerca de Assos, siguiendo la orilla del mar, nos metimos por una carretera menos que secundaria, plagada de campings y hoteles en medio de un inmenso olivar. Paramos en uno de nombre familiar, Villa del Mar, y resultó que la dueña era de origen español, y resultó que quedaba una habitación. La reservamos y seguimos camino a Assos. En media de hora estábamos de vuelta en nuestro hotel a orillas del Egeo.


Hotel Villa del Mar

Nos dimos un baño, cenamos en una carpa sobre la arena y sobre la arena nos dormimos contemplando las estrellas…

Eva Orúe hizo muchas fotos; yo, otras tantas.

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