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El pizarrín

Javier Goñi

La franqueza española


Lewis, por A. Langdon Cobur (1916)

Déjenme que les diga que pronto van a oír hablar –por si no lo conocían- de Wyndham Lewis, artista y escritor inglés, fundador del vorticismo, el único movimiento inglés de vanguardia, pionero de la abstracción, pintor de guerra, gran retratista, novelista, memorialista, ensayista, editor, crítico de arte, fundador y director de revistas culturales y de vanguardia como Blast o The Enemy, «la personalidad más fascinante de nuestro tiempo», según T. S. Eliot, a quien le dedicó un estupendo retrato, que está en Sudáfrica, en la Durban Art Galllery, y una de las figuras claves del modernismo europeo de la primera mitad del siglo XX.

Y van a poder oír hablar de Lewis, y sobre todo verlo, y sobre todo leerlo, y todo ello muy pronto, pues a partir del 5 de febrero la Fundación Juan March, en su sede de Madrid, va a convertirse en algo así como el Espacio Lewis. Unas 150 obras, más de 60 libros, 10 revistas y manifiestos, reunidos por primera vez en España, hacen además de esta exposición dedicada a Lewis la más completa nunca antes exhibida, desde la que se organizó en 1956, en la Tate de Londres, un año antes de su muerte. Posteriormente ha habido otras monográficas –Lewis en Canadá, donde se refugió durante la II Guerra Mundial: delante de la costa canadiense en el yate de su padre norteamericano había nacido en 1882; u otra reciente de retratos en Londres-. Pero ninguna de esta envergadura. En pintura y en papel.


T.S. Eliot (1938)

Y es que, además del catálogo, que reúne un buen número de ensayos de los más importantes expertos en la obra de Lewis, como Paul Edwards y Richard Humphreys, entre otros, se presenta la edición semifacsímil –se conserva el rupturista y vanguardista diseño pero con los textos traducidos al español por Yolanda Morató y el cuidado tipográfico de Alfonso Meléndez- del primer número de la revista Blast, de julio de 1914, con colaboraciones de Ezra Pound, Ford Maddox Ford, Rebecca West, entre otros, además del propio Lewis, una publicación de tan sólo dos números –el segundo dedicado a la Gran Guerra- y en la que aparecieron los manifiestos vorticistas.

Por esa época, en 1912, Lewis, personalidad multifacética, que como ensayista dedicaría un libro a Shakespeare, realizó una serie de grabados para ilustrar una poco conocida obra del dramaturgo inglés, Timón de Atenas, un proyecto editorial que no llegó a cuajar. Como los grabados se conservan, y se exhiben en la Fundación Juan March, esta institución ha repescado el proyecto frustrado y edita ahora, coincidiendo con la exposición, el Timón de Atenas, de Shakespeare y Thomas Middleton, en versión bilingüe: la traducción española es de Ángel Luis Pujante y Salvador Oliva. De Shakespeare el profesor Pujante ha traducido casi todas sus obras para Espasa (existen tomos sueltos en Austral, y dos manejables volúmenes con 22 obras, Teatro selecto), como Manuel Ángel Conejero y su grupo valenciano han traducido un buen número de títulos para Cátedra y en Alianza están apareciendo tomos sueltos de las versiones –clásicas y revisables, es de suponer- de Astrana Marín, con prólogos de Vicente Molina Foix.


Dejemos al Wyndham Lewis ilustrador y retratista y cojamos al Lewis escritor, que en este terreno, y por lo que a España se refiere, también es –injustamente- un perfecto desconocido, a pesar de “lewistas” confesos como la profesora Yolanda Morató o el escritor Juan Bonilla, que aparecen juntos en la foto de las devociones por este autor, con Enrique Redel, el editor de Impedimenta, al fondo. En 2008 apareció en esta editorial, con prólogo –entusiasta y sugerente- de Bonilla y traducción de Yolanda Morató, Estallidos y bombardeos, las memorias literarias y de guerra –la Gran Guerra, la del 14, que le conmovió- de Wyndham Lewis. Unas memorias muy interesantes, muy poco al uso, donde mezcla reflexiones sobre el horror de la guerra –la edición de Impedimenta, tan cuidada y bonita lleva en portada una fotografía de un soldado: tal vez podría haberse cuidado un poco más y haber escogido un cuadro o un retrato del propio Lewis; en fin, ya no tiene remedio- y sabrosos retratos de época, donde no siempre salen bien parados  escritores y amigos; con todos, con los que lo eran, amigos, Ezra Pound, Joyce, o no amigos, los de Bloomsbury, con todos, digo, polemizó. Son, digo también, unas sabrosas memorias literarias de esas primeras décadas (inglesas) del siglo.


James Joyce (1920)

Yolanda Morató, que el jueves 18 de febrero dará una conferencia en la Fundación Juan March sobre Lewis, está preparando para Impedimenta la traducción de dos novelas, The Apes of God y Tarr, que creo que fue su primera novela. Es sorprendente, y yo en la medida que soy al menos dueño de estas palabras en El pizarrín me confieso sorprendido y culpable, que tan sólo hace cinco años, en febrero de 2005, Alfaguara, en una colección que tengo la impresión de que no acabó de cuajar, Clásicos modernos, publicó, en versión de Miguel Temprano, la primera traducción en España de una novela suya, Dobles fondos, ambientada al principio en la guerra civil española –ese asunto que interesó tanto a toda una generación de ingleses, como la de Lewis-, y que lleva en la contracubierta una de esas frases exageradamente significativas pero que arrastran al lector a caer en la tentación: “El único escritor inglés comparable a Dostoievsky”, firmado: Ezra Pound. Pues bien, me ha costado diosyayuda encontrar este libro, descatalogado, desubicado, desnortado: una interesante novela, no extraordinaria, pero muy interesante: el comienzo carcelario a la española tiene algo de tópico y de pandereta con una mujer, bella, agitanada  -volvemos enseguida, sigan líneas más abajo- y un comecuras de cojopanymojo que ya, ya, que bueno, que demasiado. Una novela, en fin, la primera en España de Lewis, de febrero de 2005, desaparecida. Desubicada.


La generación de Wyndham Lewis fue mucho de paradayfonda en España. Ya desde el XIX –George Borrow, éste vendiendo biblias a caballo por aldeas gallegas, que ya es fe, o Richard Ford-, los ingleses se aficionaron a acercarse a esta agrietada piel de toro a ver con qué se encontraban –los más precavidos iban con el colchón al hombro pues no sabían dónde iban a caerse muertos de fatiga de patear caminos, sortear bandoleros o resistirse a las hermosas españolas agitanadas-. Gerald Brenan, don Geraldo, en tierras andaluzas, aunque entró por La Coruña en 1919, qué hermosas son sus memorias, Memoria personal (Alianza Tres, 1976: ¿alguien se acuerda que el 4 de mayo de 1976, el día en que salió el primer número de El País, apareció una página entera a modo de prepublicación de este libro?, sería gestión de Javier Pradera). O Robert Graves, por tierras baleares, cuyas no menos espléndidas memorias, Adiós a todo eso, tradicionalmente en Seix Barral, las acaba de rescatar, en estos días, RBA.

O ese otro gran hispanista irlandés, Walter Starkie, que fue después de la guerra, en los años más duros de la posguerra, cuando la anglofilia se curaba con sulfamida y aceite de ricino, director del Instituto Británico en Madrid (Julio Caro Baroja, en Los Baroja, habla mucho de Starkie). En un curioso libro, Ensayos Hispano-ingleses. Homenaje a Walter Starkie (José Janés Ed., 1948, y que encontré con pequeñas motas de óxido del tiempo y con un exlibris de Josep Mª López-Picó en una librería de lance) Cela traza un rápido fotomatón del irlandés errante e irredento: “… un viajero irlandés, comilón, andarín, bebedor y gordinflón…, poseía todas las sabidurías antiguas…, distinguía el chorizo de Burgos del chorizo de Pamplona…” (y así, al modo putanesco de Cela, pero con cariño). Walter Starkie es autor de muchos libros variopintos y, de los que conozco, el que prefiero es Aventuras de un irlandés en España, viejo austral donde lo leí; rescatado con prólogo de Ian Gibson, otro que tal, en 2006 en una nueva colección de Viajes de Espasa. Este don Gualterio era muy aficionado no sólo al violín, sino a todo aquello que tenía que ver con los gitanos (y las gitanas, que hubiera dicho, en otro tiempo, Ibarretxe), que aparecen mucho en sus libros, no sólo en estas Aventuras de un irlandés en España, que es en realidad el título en español del libro andarín de Starkie y que tradujo en pleno Madrid de 1937 Antonio Espina y es la versión que nos ha llegado. El título original –me informo donde Gibson- es Spanish Raggle-Taggle, y lo de raggle-taggle alude a una balada inglesa, que aparece al inicio del libro y tiene que ver con la decisión que toma una joven recién casada o mal casada ya de pronto, que deja confort, hogar y caballero y se va con un raggle-taggle gipsy, en traducción de Gibson: “un gitano de pelo en pecho”.

Llegado a este punto, hago una pausa y escucho una vieja grabación –años cuarenta- de Djiango Reinhardt, la titulada Gipsy with a song, y suena muy bien.


Starkie, don Gualterio, murió –creo- en un accidente en Madrid en 1976, en circunstancias menos dramáticas que Humphrey Slater, otro contemporáneo de Lewis, que empezó siendo artista abstracto –prometedor, leo en la solapa-, luego se afilió al Partido Comunista, estuvo en España en las Brigadas Internacionales, regresó a su país como subversivo y elemento de cuidado, escribió algunas cuantas novelas y murió en España, en 1958, “en circunstancias desconocidas” –leo en la solapa-, mientras estaba preparando sus memorias. Este pasado otoño, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores rescató dos novelas de Slater, Los herejes, situada en la guerra civil española, y El conspirador, en las que muestra su desengaño político y su despego del comunismo, como les pasó a otros escritores contemporáneos suyos ingleses.

Si Isaiah Berlin consideraba a Slater como uno de los escritores que mejor habían comprendido “la verdadera faz del comunismo”, fe que había abrazado en los años treinta, a su compatriota Evelyn Waugh estas cosas no le pasaban ni por equivocación. Estupendo escritor, bon vivant, católico, conservador desde siempre y como el Papa de Roma mandaba, humorista, viajero incansable de espíritu burlón y mirada traviesa, estuvo por España, también él, a mediados de los años cuarenta, y fruto de ese viaje es una novela, inédita en nuestro idioma hasta ahora, Neutralia. La Europa Moderna de Scott-King, que en edición de Carlos Villar Flor ha publicado Menoscuarto. Como dice Villa Flor no es ésta la mejor novela del autor de Retorno a Brideshead, pero siempre es una curiosidad conocerla y, sobre todo, un placer encontrarse de nuevo con el viejo gordo Waugh (¿la obesidad es de derechas: Chesterton, Waugh, Foxá, Neville?).

Estábamos con Wyndham Lewis y se nos ha colado, con más o menos fundamento, este puñado de ingleses (e irlandés, Don Gualterio) viajeros, y viajero fue también por España Lewis. En 1903, a los 20 años, viajó a Madrid: tenía cita con Goya en el Museo del Prado. Cinco años después visitó –que ya es visitar, digo yo, en 1908- Vigo, San Sebastián –bueno, se comprende- y León –hasta León-. En Vigo intimó con una sirvienta, quien le transmitió –“probablemente”: escribe Alan Munton en un texto sobre la estancia de Lewis en España en el catálogo de la Fundación Juan March que está en preparación- una gonorrea que le dio muchos problemas durante años. Cuando se lo contó a su amigo, el pintor Augustus John, lo de la sirvienta y la gonorrea, el pérfido amigo quiso saber si aquello era “la franqueza española”. La mala educación sexual de Lewis le afectó la salud toda la vida y a comienzos de los años cincuenta entró en un estado de ceguera total con la que tal vez purgaba –no sé si dicho sea lo de purgar en un sentido literal- amoríos variados y juveniles, dos, por lo menos, con españolas, una la sirvienta gallega y la otra una gitana con la que se estableció en Bretaña a comienzos de los años veinte del siglo pasado; como dejó escrito su amigo Augustus John vivió “en estado de copulación con una gitana española errante”.

Curioso estado éste, y la guitarra de Django deja ya de oírse en Gipsy with a song, así que acabo.




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