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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Artificial, querido Watson


No cabe duda de que el Sherlock Holmes de Guy Ritchie tiene todos los elementos necesarios para ser un gran espectáculo, pero eso no lo convierte, ni de lejos, en un buen filme.

Los añejos habitantes de Baker Street son convertidos por el director de Revólver en dos superhéroes con poderes extraordinarios y habilidades físicas e intelectuales ilimitadas, que  lidian contra malos de una pieza en una historia —eso sí— bien ambientada en el gótico Londres del finales del siglo XIX. Ampulosos movimientos de cámara, diálogos afilados, trucos visuales y molestos toques de videoclip acompañan la aventura de Holmes y Watson en una historia contada sin otro fin que el de impactar continuamente en el espectador. Ritchie, en su ambiciosa adaptación del cómic de Lionel Wigram, no sólo maltrata su relato sino que tampoco parece sentir demasiado afecto por sus personajes. Sólo Robert Downey Jr., como el detective protagonista de esta rocambolesca histórica de ribetes góticos, satánicos y satíricos logra, a pesar de todo, dotar de intensidad y matices a un personaje que queda reducido en el filme  a una suerte de Superman de tiempos pasados. La peor parte le toca a Jude Law, totalmente incómodo en el papel de un Doctor Watson apagado y poco verosímil.

La película depara, es verdad, muchas sorpresas y giros de guión, pero casi ninguna secuencia es sincera, y la elaborada fotografía de Phillippe Rouselott, y la enfática banda sonora de Hans Zimmer, no hacen sino subrayar ese carácter de fuego de artificio de la apuesta. Los secundarios son reducidos a la caricatura, pero tampoco los héroes salen demasiado bien parados en un filme de decorados mastodónticos, sustos varios, humor negro y molestos movimientos de cámara que, lejos de aligerar la película, sirven para subrayar de continuo su vacuidad. No hay duda de que podemos destacar —ya lo hemos hecho— una cuidadosa reconstrucción de época, algunos diálogos ingeniosos y situaciones resueltas con soltura, pero no hay atisbo de densidad ni la menor sutileza. Ritchie no profundiza ni en el entorno social en que se mueven los personajes, ni en la lucha entre la razón y lo irracional, ni en la tensión sexual entre Holmes y Watson ni en la delgada línea que separa el “bien” y el “mal”, porque parece demasiado ocupado por el funcionamiento sensorial de su videojuego de más de dos horas.




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