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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Ruido de fondo


Tenía, durante todo el tiempo que ha durado mi lectura de Fin, novela original de David Monteagudo y editada por Acantilado, una especie de banda sonora metaliteraria que, según avanzaba por sus páginas, me llevaba a escuchar ecos de otros autores; ecos apagados, eso sí, pero empastados con artera sabiduría por el autor en su impecable texto; un ruido de fondo que me traía lejanas voces de gente tan diversa como Sánchez Ferlosio, Stephen King, o Sánchez Piñol; también de algunos de los experimentos apocalípticos de Jim G. Ballard, padre de los realismos imaginarios ─a los que sin duda podría adscribirse esta magnífica primera novela─ y del apocalíptico más reciente, Comarc McCarthy, en especial de una de sus mejores obras, La carretera.

Porque la novela del debutante Monteagudo remite a todos ellos a lo largo de sus páginas, pasando del realismo social al terror psicológico para rematar con un fin del mundo a caballo entre la metafísica especulativa y la ciencia-ficción.

El argumento gira en torno a unos compañeros de estudios que pasados veinticinco años se reúnen de nuevo en una acampada a la que se habían comprometido años atrás. Unos están solteros, otros separados, y los casados acuden con sus esposas. Uno de ellos falta a la cita, el llamado Andrés, al que apodaban El Profeta por su santurronería y que fue víctima de una broma cruel en la última quedada. Al principio no se nos explica con claridad qué sucedió exactamente, pero fue algo turbio de lo que ninguno de ellos parece estar muy orgulloso. Iremos descubriendo pistas de esta especie de ángel exterminador que desata los demonios interiores de cada uno a través de las conversaciones de una galería de personajes dibujados con inusual profundidad psicológica y representativos de una generación que ha rebasado la cuarentena y se enfrenta de cara a sus propios miedos y frustraciones hablando del paso del tiempo y de lo que éste ha supuesto para cada uno de ellos. Repentinamente, empiezan a suceder cosas insólitas y una naturaleza amenazante emerge a su alrededor. A partir de aquí empieza la pesadilla.

Como se ve, nada demasiado original, e incluso, a primera vista, puede sonar a tópico o leído muchas veces antes. Pero no nos llamemos a engaño, Monteagudo distribuye todos estos materiales reciclables con una singular pericia estructural, y pasado el primer tercio de la novela, ésta se levanta con fuerza imparable, olvidándose de todos los convencionalismos del género, en una creciente y obsesiva escalada de terrores internos, mil veces peores y espantables que cualquier monstruo o amenaza exterior. Y todo ello remarcado con una prosa asfixiante que no necesita de trucos para retratarnos el horror de sus personajes al enfrentarse con sus inseguridades y temores ancestrales y al hecho de no saber nunca qué está pasando y a lo que se enfrentan. Mientras ellos se desmoronan, y asistimos a la rebelión y hundimiento de todo lo que les rodea, la carga alegórica de la novela va remontando gracias a un ejercicio de estilo inimaginable en una primera novela que engancha y seduce al lector con el enfrentamiento dialéctico de sus personajes por un lado, y sus descripciones magistrales de un entorno natural de sobrecogedora belleza que poco a poco va mostrando su potencial destructivo y devastador.

Una novela singular, como lo es su propio autor, obrero en una fábrica de cartonajes, que lleva años devorando buena literatura y escribiendo sin parar; hombre de talento natural, fuera de los circuitos literarios, al que ——no creo equivocarme— le espera una fecunda carrera literaria para bien de la narrativa nacional.




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