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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Entre tumbas y fantasmas


Alguien que me conoce bien deslizó entre los regalos de Reyes un precioso libro de los etiquetados bajo el epígrafe de literatura juvenil con el sugerente y reminiscente título de El libro del cementerio (Roca junior). Cuando vi el nombre del autor, Neil Gaiman, una gran y satisfecha sonrisa de agradecimiento alumbró mi rostro. Tenía entre mis manos la última novela del autor inglés que junto al dibujante Dave McKean revolucionó la novela gráfica de los noventa con la creación de la serie sobre Sandman (un personaje muy conocido del folklore anglosajón) que se desarrollaba en un mundo prodigioso y onírico situado en los antípodas del de los superhéroes que copaba el mercado por entonces. Debería confesar antes de proseguir que soy fan irreductible de esta saga que ha ganado todos los premios posibles en su categoría alrededor del mundo, así que lo hago y, de paso, queda explicada mi alegría ante el regalo.

Pero la actividad de Gaiman no sólo se ha centrado en este mundo del cómic y la novela gráfica, su obra incluye también algunas novelas de género fantástico como Stardust (1997), El libro de los sueños (2002), Los hijos de Anansi (2005), y la genial Coraline (2002) por citar sólo las que he leído.

En el epilogo de El libro del cementerio, el autor nos confiesa algo que durante la lectura del libro ha estado rondando insistentemente por mi mente de lector y que como he apuntado anteriormente el título ya anticipa que no es otra cosa que su deuda con el escritor anglo-indio Rudyard Kipling, y muy en particular con su novela El libro de la Selva.

Esta es la historia de un bebé que escapa a la masacre de su familia a manos de un asesino y gateando llega a un cementerio cercano donde un matrimonio allí enterrado decide salvarlo y adoptarlo. Durante quince años el bebé renombrado como Nadie crecerá entre las lápidas y aprenderá de los muertos residentes en Highgate una forma de vida asombrosa y diferente en la que vivirá una serie de espectrales y asombrosas aventuras. Cuando el asesino regrese para completar su obra, Nadie deberá enfrentarse solo a los peligros del mundo exterior, pero la experiencia y bagaje adquiridos le van a servir para sobrevivir.

Los paralelismos entre la historia de Mowgly y la de Nadie son evidentes ─y asumidos por el autor─, así como los que hay entre la composición, el argumento y los personajes de ambas novelas; pero esto no es obstáculo para que Gaiman dibuje sobre la brillante idea de partida una cartografía de un mundo de singular atractivo para lectores de todas las edades. Narrada con sencillez y eficacia, cada historia de los distintos personajes va engrosando, como si de un afluente se tratara, la corriente central del libro que debe ser considerado como un extraordinario relato gótico, menos oscuro y desasosegante que Coraline, pero mucho más rotundo y acertado en su resultado final que cualquiera de sus libros anteriores.

No me resisto a dejar de transcribiros una lista de criaturas que aparecen por la novela: están los vivos y los muertos, claro; pero además, los moradores de la niebla, los ghouls, los grandes cazadores y los sabuesos de Dios, que demuestran la creatividad del autor, su tino para captar la esencia poética del terror y su talento y gracejo en la construcción de personajes como el del vampiro Silas, o la deliciosamente licántropa señorita Lupescu, o el del cónsul romano, primer habitante del cementerio; la dama Gris y otros tantos que van a acompañarme durante bastante tiempo.

Resumiendo, si queda en vosotros algo del niño que fuisteis ─esto sería un plus pero no es en absoluto un criterio restrictivo─, disfrutaréis al máximo con la lectura de este libro que además contiene unas excelentes ilustraciones de Chris Riddell y que acaba de obtener los premios NewBery y Hugo (una especie de Pulizter americano para obras de fantasía y C.F.) Sí aun así no os animáis a leerla, os anuncio que Neil Jordan (En compañía de lobos y Entrevista con el vampiro) ya está preparando su versión cinematográfica.




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