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Errata

Evaristo Aguirre

Esos diarios


Pidió, hace unas semanas, nuestra estricta directora Eva Orúe, unas recomendaciones de libros para dejar colgadas en esta web durante los días de Navidad. Entre otras cosas, escribí esto: “Andrés Trapiello, Troppo Vero (Pre-Textos). Aún no lo he leído, pero puedo asegurar que será tan bueno como el resto de entregas de sus diarios. Y como bonus, Vidario (también en Pre-Textos), un ensayo colectivo (hay algún divertino entre los autores) sobre la obra diarística de Trapiello, su Salón de pasos perdidos”.

Pues era verdad; ya me he metido en vena las 790 páginas de Troppo Vero; sí, me ha gustado mucho, (man)tiene todo la excelencia de los quince volúmenes anteriores. Tengo con esta obra de Andrés Trapiello una buena y constante y satisfactoria (satisfactoria para mí) relación; la primera de estas Erratas, en junio de 2003, estuvo dedicada al tomo de aquel año, El fanal hialino; quiero escribir otra vez sobre estos diarios, pero no sé muy bien qué decir… Y he visto que la dificultad para hablar de ellos se le presenta también a gente mucho más lista, instruida y sagaz. Y lo he visto en ese Vidario, ensayo colectivo al hilo de los quince primeros tomos de Salón de pasos perdidos.


Lo primero: parece que resulta muy difícil, casi imposible, hablar de los diarios de Trapiello sin hacerlo de uno mismo (pasa en el 99% de las colaboraciones de Vidario), pero si te paras a pensarlo, es normal; aunque solo sea por todo el tiempo que cualquiera de sus lectores ha pasado pegado a estos libros (uno de ellos dice que son más de 8.000 páginas…), que es lo mismo que estar pegado a la vida del narrador, solo por ese tiempo, se trata de una cuestión personal: lo seguidores de los diarios los tienen incorporados a sus vidas.

Lo segundo: todos destacan lo mismo, alaban lo mismo y critican (poco, es un libro de homenaje y, por lo que se dice en sus textos, de amigos, muy amigos), critican lo mismo. El que sean todos amigos/conocidos de Andrés Trapiello quizá sea una pequeña desventaja para el resto, pues la inmensa mayoría de sus lectores no le conocemos, claro, y es una desventaja porque hablan/escriben cosas que nos podrían distorsionar la imagen que de él tenemos, pues el Trapiello que esa mayoría conocemos es el narrador de los diarios que, dice él y dicen sus comentaristas, poco tiene que ver con el ciudadano de carne y hueso.

No sabía, ya he dicho arriba, qué decir para hablar de nuevo de los diarios, por lo que voy a utilizar lo que dicen dos escritores en el libro.

Felipe Benítez Reyes: “En sus diarios, Trapiello hace lo que suele hacer cualquiera: se enfada, se venga, se entristece, se regocija, se aburre, se exalta, se chuflea, divaga, se lamenta, se encrespa, se justifica, se echa las manos a la cabeza o se pone la mano en la cintura si toca desplante, teoriza, se abruma, pasa revista, celebra, conjetura, dictamina, se sacude la mosca que tiene detrás de la oreja, se arrepiente, se crece en el castigo, se emociona, se obceca, se sosiega, se derrumba, aplaude o abuchea… Creo que, méritos literarios al margen, ahí reside la grandeza de estos diarios: ofrecernos el pensamiento íntimo de un hombre, y ofrecérnoslo sin más maquillaje que el propio de una narración artística”.

Martín López-Vega: “… es el dueño de la mejor prosa castellana de hoy. Sin embargo, a mí sus diarios no me gustan por eso, o al menos solo por ese. Me gustan porque su personaje me cae bien”.

Esto último tiene que ver con lo que decía antes: nos cae bien el personaje (aunque seguramente nos caería bien la persona, si hacemos caso de sus amigos).

eaguirre@divertinajes.com




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