Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El pizarrín

Javier Goñi

Fúlgidos campos del nevero ilimitado


Déjenme que les diga que en esta reciente noche de Reyes, cuando en Barcelona Clara Sánchez obtenía el Premio Nadal, cuando en Madrid se anunciaba nieve y andaba el municipio echándole sal a las esquinas para darle sabor a la intemperie, yo buscaba el calor del radiador –una chimenea encendida, ay, sugiere compañía, ay- y leía un hermoso libro, Estaciones –empieza con el invierno, éste-, del italiano Mario Rigoni Stern, que me ha traído el cartero, en los primerísimos días de enero, de parte de los amigos de la editorial Pre-Textos.


Uno es poco de nieve, y menos alpina. Uno, cuando sueña que sueña sueña con ella: pantalones de pitillo –ella no fuma, yo tampoco-, jersey de cuello vuelto, una chimenea, unos leños ardiendo como una pasión por llegar, una alfombra mullida, y una copa, o dos, y ella. Detrás de los cristales, fuera, nieva. Y la ladera, y los saltos austriacos de Año Nuevo para ellos, los deportistas. Y yo leo, solo, Estaciones, de Mario Rigoni Stern. A éste, de complicada biografía, la que asoma en la contracubierta, le nacieron allá en el Norte –nevado- de Italia, no un día de aguacero, como el París del verso de César Vallejo, sino un día, acaso, de ventisca. La nieve, confiesa Stern, soldado italiano en la estepa de Rusia, superviviente afortunado, los italianos son –se sabe- poetas, acaso amantes, pero no, nunca –afortunados ellos- soldados; la nieve, confiesa Stern, siempre estuvo presente en su vida, y con ella inicia sus hermosas Estaciones, el libro con el que he comenzado el año, que para todos nos sea propicio.

Recuerda Stern fragmentos de canciones, como esa que servía de himno a los esquiadores alpinos cuando la Gran Guerra: “En los esplendentes y fúlgidos campos del nevero ilimitado/ sonriendo a nuestro destino…”


Este libro, se lee en la contracubierta, es la historia de una vida, la de Mario Rigoni Stern, ese regalo italiano, alpino, que me hace Pre-Textos. Y ya puestos, con otras vidas –improbables o no- quisiera uno gastar el pizarrín, éste primero de 2010, que acaba de dar sus primeros pasos –huellas en la nieve, sal municipal-, y ya estamos recordando, el otro día, que hace 50 -1960, aquel año- murió Albert Camus. Qué foto de actor, de seductor. El cigarrillo en la comisura de los labios. ¿Se puede seducir sin un cigarrillo en la boca, el humo achinándote los ojos, nicotinándote los dedos?


Jesús Marchamalo, que es escritor, periodista y, además, amigo, hace unos libritos muy bonitos por estas fechas esquinadas, para cambiar de año, de tiradas inciertas, acaso caprichosas, 73 ejemplares en este trueque 2009/10 –a mí me ha tocado el número 10, ¿consideración, veteranía, azar?-. 73, ni uno más, ni uno menos. 73, tantos quién sabe como los hombres que fueron ese YO del viejo poema –tan hermoso, tan sencillo, tan profundo- de Borges, que se titula, como todo el mundo recuerda, Le regret d´Heraclite, y dice eso que tantas veces nos hemos apropiado, con chimenea de leños encendidos, o no, para ella. Esos versos, estos:

“Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”.


Qué quieren que les diga, en esta noche de Reyes melancolizada por el anuncio de nieve en Madrid –uno es que vive en Madrid-. A mí este poema me conmueve tanto, como aquel otro de Ernesto Cardenal, que no llegó a serlo, pero sí monje, y ministro de Cultura, y nicaragüense, y monaguillo reprendido en público por Juan Pablo II; ese poema, ese epigrama perfecto:

“Me contaron que estabas enamorada de otro
Y entonces me fui a mi cuarto
Y escribí ese artículo contra el Gobierno
Por el que estoy preso”.

Ah, por cierto, este epigrama de Cardenal que tan sólo fue monje y sandinista, en Epigramas, en Tusquets, mi edición: febrero 1978. El poemilla de Borges, en Obra Poética, en Emecé Editores, Buenos Aires, 1964, mi ejemplar atrapado en el tiempo, papel amarillento como las hojas perdidas de otoño, como las nieves de antaño: 27-X-1973, y mi nombre puesto por mano ajena. Ah, por cierto; ay, por todo.


Marchamalo ha preparado —…decía…— para los amigos —¿73, yo el 10?-- este librito de cambio de año, El don de la impaciencia –que supongo que la posee usted, querido ciberlector—, y cuenta en sus escasas y cuidadas páginas un fragmento antiguo de amores complicados, si no imposibles, entre la poet(is)a Idea Vitale y Juan Carlos Onetti, uruguayos ambos, y así me entero cómo Idea, allá por 1974, se puso delante del portón de la cárcel de Montevideo, a esperar que saliera su amor, Onetti, un Onetti perjudicado por un malentendido de milicos: los milicos de entonces, ya se sabe, encarcela(ba)n, tortura(ba)n y mata(ba)n por un simple malentendido. Como el de Onetti.

Idea, delante del portón, y Onetti saliendo. Y el perfil es de Marchamalo: “…vistiendo un viejo traje oscuro que le quedaba holgado, el rostro pálido, la camisa que parecía también haber envejecido como un mantel antiguo”.

E Idea y Onetti se fueron a tomar un café. Y el silencio entre los dos –terco, sostenido- los enfrió, los cafés, e Idea susurró: “¿Nos moriremos sin aprender a hablarnos?”, y Onetti, apurando el café –tibio, ¿gélido?-, asintió: “Siempre nos costó, sí”. Y añade Marchamalo: “No volvieron a verse”.

Y como los poetas se purgan de penas y decepciones con lo que más a mano tienen, Idea Vitale, estupenda poet(is)a uruguaya, escribió, años después, el que Marchamalo considera el poema más triste por él jamás leído (ignoro todo lo que ha leído en materia poética Marchamalo, preciso). Ese poema que acaba:

“No me abrazarás nunca
Como esta noche,
Nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir”.


Quizás este poema, de conocerlo, de haber existido entonces, le hubiera valido a María Casares, eximia actriz, exiliada española en París, hija de notable republicano y gallego, la mujer en la sombra de Albert Camus, gran seductor, mujeriego no sé si por convicción o por francés, suavizadas las manos de acariciar por la brisa mediterránea y argelina. Escribe Jesús Marchamalo de Camus en su excelente 44 escritores de la literatura universal, y otros tantos retratos del pintor Damián Flores: todo ello en Siruela, terminando el 09. Escribe de Camus que se mató en un estúpido accidente de coche, un día de éstos ya pasados de este inicial enero, hace 50 años; estrellándose contra el único árbol que había en esa carretera, esos árboles de entonces que llevaban una franja con una mano de cal a modo de advertencia. Lo recuerda Marchamalo: “… seductor, con el cuello subido del abrigo, el pelo engominado y un gauloise en los labios”. Era, añade, “serio, algo tímido –mujeriego también”.

Mujeriego. María Casares. La recuerdo, mujer mayor, pelo a lo chico, sonriente, la cara cruzada por esas cicatrices de la vida, que un leve maquillaje –aplicado, quizás, saliendo de Vitoria, todavía no era Vitoria-Gasteiz, venía en tren desde París- no lograba disimularlas, al contrario, acentuaba esos rasgos, hermosos, vividos. María Casares, eximia actriz. Primera hora de la mañana. Julio de 1976. Estación de Chamartín. Periodistas, admiradores, compañeros de profesión, José Luis Pellicena, acaso, José Luis Alonso, director teatral que un día, años después, creyó ver las respuestas que no existen en el suelo de un patio de luces, Madrid, barrio de Salamanca, creo. Regresaba la eximia Casares. Venía a estrenar El adefesio, de Alberti. Y se le dio, 18 de julio, 19, créanme, un cóctel de bienvenida en Mayte Commodore –bastión franquista que había sido, allá en la plaza de los delfines, cuando el tardofranquismo-. Y allí estaba la Casares, y la farándula teatral. A uno, periodista bisoño, le mandó mi jefe del viejo Informaciones a hacer la crónica social (cultural) del evento. Y pon muchas negritas, me apremió Juan Pedro Quiñonero, corresponsal hoy de ABC en París. Las negritas, entonces, de Alfonso Sánchez, aquel crítico de cine, feo, seductor y gangoso, imitado por Martes y Trece, hacían furor, entonces, en el viejo Informaciones.

En fin, Camus, María Casares, Idea Vitale, Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges, Ernesto Cardenal… La nieve del italiano Mario Rigoni Stern. La otra noche de Reyes, al calor de la calefacción –no de la chimenea con ella, ay-, y el tiempo amenaza nieve en Madrid –está nevando-, y suena en mi equipo Kind of Blue, de Miles Davis, dos cd´s y un dvd, adquiridos –aquí tengo el comprobante-, no descargados. Miles Davis en concierto, 1959, 50 años. Albert Camus, en una carretera, enero de 1960. 1959/1960. Dos fechas, dos nombres esquinados, y 50 años para celebrar, ideales para empezar 2010, ¿no? Aquí estamos.





Archivo histórico