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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Una sesión doble

Las fiestas pasadas dieron para mucho cine, aunque no siempre plenamente satisfactorio. Dos ejemplos: Un tipo serio y Todos están bien.

Un tipo serio, pero menos


Esta es la crónica de la desintegración existencial de Larry Gopnik, un gris profesor de física que vive inserto en una microcomunidad yiddish en la Norteamérica profunda de finales de los años sesenta.

En tono de comedia negra y sátira de costumbres, los realizadores de Fargo y Barton Fink vuelven a contarnos una historia de violencia contenida, soledad y desarraigo, aunque en esta ocasión su producción sea más modesta y el tono declaradamente autobiográfico. El derrumbe profesional, conyugal y psicológico de este “hombre común” nos viene ofrecido con su habitual estilo narrativo: cortante, eficaz, lleno de sabiduría audiovisual, pero tentado por el efectismo, la simbología y la retórica. Si Un tipo serio no funciona del todo, a pesar de su astuto guión, de la brillante fotografía de Roger Deakins y de su cuidada reconstrucción de época,  es porque de nuevo los Coen han optado por la brocha gorda y el chiste cruel en su manera de definir de entrada a los personajes. De este modo, el viaje sensorial  que nos proponen a un mundo provinciano, asfixiante, egoísta, hipócrita y en crisis solo funciona a medias.

La búsqueda emprendida por Gorki —a través de  esos ridículos rabinos, consejeros  y abogados— de soluciones espirituales a una crisis que, en el fondo, es  profundamente terrenal se desarrolla sin demasiada sutileza y encanto, aunque con sobrado oficio. Todas las piezas de este puzle acerca del descenso a los infiernos de un tipo mediocre encajan, y el filme resulta, cuando menos, original, visualmente atractivo y finalmente impactante. Algunas secuencias son de gran belleza formal, en otras sobran los diálogos sentenciosos, y ciertos toques de humor son más propios del peor Woody Allen. Con todo, Un tipo serio es una de las películas a la vez más ácidas y contenidas de sus realizadores porque vuelcan, sin ningún tipo de miramiento, todo su desdén por un tipo de sociedad que, bajo su pátina de religiosidad y buenas maneras, oculta  siempre un  motor materialista y un excesivo culto a lo externo.

Con remedos del cine clásico y del cómic, con buenas interpretaciones y con una narrativa solvente, Un tipo serio es una desoladora fábula moral sobre las costumbres, el dinero y el fanatismo que, debido un molesto tono ligero, se queda a medias en sus propósitos.

Todos están, bueno, bien


He aquí un fallido remake a cargo de Kirk Jones del filme de Giuseppe Tornatore Están todos bien, realizado en 1990.

Un contenido y humanísimo Robert de Niro sustituye a Marcelo Mastroiani en el papel de viudo que recorre el país en busca de sus ocupados y esquivos vástagos, sobre los que sabe pocas cosas y cuya verdad tarda demasiado en averiguar. El filme arranca con sobriedad y tiene algunas ideas  narrativas interesantes, pero se ve lastrado argumentalmente por viejos trucos que acercan progresivamente su trabajo al telefilme lacrimógeno.

La película se hace tediosa en su parte central debido a la falta de química entre De Niro y los actores y actrices que lo rodean, algunos reducidos a la caricatura gruesa. No hay verdadera fuerza en el retrato de este abuelo confuso y sus cuatro hijos mayores, por lo que el filme avanza sin atisbo de acidez, poblado de buenos sentimientos, escenarios de diseño y personajes que quedan desdibujados tras la mirada otoñal de un actor de demostrado talento. Así, la comedia familiar da paso al melodrama ejemplarizante y a un canto, típicamente estadounidense, a los “valores familiares”. Pese a todo, podemos apreciar que Jones ha conseguido cierta solidez narrativa y que, gracias a la potencia de la idea de partida y a algunos puntos audiovisuales atrevidos, su historia, plagada de tópicos, no desfallece del todo.

Todos están bien nos deja un amargo sabor a decepción porque el director se decanta por el tono discursivo y los elementos dramáticos más fáciles con una falta de agudeza impropia de un relato lleno de posibilidades dramáticas. La banda sonora de Dario Marianelli y los diálogos convencionales no hacen sino subrayar esta carencia de verdadero atrevimiento y pasión. Ninguno de los hijos de Jones logra conquistar nuestro interés y contemplamos el desmoronamiento de un filme en el que  cada secuencia resulta menos interesante que la anterior y casi todas las buenas ideas se queden en el tintero.




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