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Errata

Evaristo Aguirre

Ociosos


Venía pensando en hablar aquí de otra cosa, pero empezaba a nevar cuando llegaba a casa, con un frío tremendo, y me apetecía sentarme un rato, a leer, a dar un par de cabezadas si se podía; y he echado mano de un mini libro que compré el otro día. (Un inciso: cómo molan esos libritos que los libreros listos colocan en la mesa donde tienen la caja –ahora ordenador–; suelen ser pequeños, de tamaño y de longitud, y no habías pensado en ninguno de ellos, ni siquiera los conocías, cuando entraste en la tienda, pero los ves allí, mientras esperas tu turno, los hojeas y te llevas alguno: es el caso). En defensa de los ociosos, de Robert Louis Stevenson, está publicado por Gadir y traducido por Carlos García Simón: tiene, de texto real, una veintena de páginas.


El título dice casi todo. Stevenson empieza pidiendo respeto para quienes dejan de lado las ansias de ganar dinero y de hacer una gran carrera profesional por preferir otro tipo de vida. Es verdad que en estos días no hay que frivolizar con el trabajo (¡¡3,9 millones de parados en España!!), ni siquiera el dilema nos lo planteamos, en general, así, pues aunque no busques una carrera brillante, a base de pisar cabezas o de dedicarle al trabajo cada minuto y aliento de tu vida, lo de tener un empleo tiene tintes de privilegio y hay poca alternativa, aunque hay grados, claro, en la dedicación y el entusiasmo (y conozco –todos conocemos– gente poco o nada entusiasta del trabajo pero que son buenos o buenísimos en lo que hacen).

Stevenson sigue en su corto ensayo por otro camino, alabando la necesidad de parar en la actividad cotidiana, de hacer novillos, pues no solo airea el espíritu sino que también enseña; ay de quien no sea capaz de sacarle provecho a esos momentos, a esas lecciones de vida en crudo, viene a decir el escritor. Para mí, la lectura de este librito ha tenido algo de esas pellas (ya he dicho que tenía otra cosa en la cabeza). Y esto ha sido leer, que todavía lo tenemos clasificado entre las actividades que están bien, pero ¿qué pasa con tirarse en un sofá y meterse en vena un par de horas de televisión? Hombre, si es una costumbre diaria… regular, pero si no, está muy bien. Pero a mí el texto de Stevenson me ha hecho pensar en otras actividades, en otras costumbres contemporáneas que hemos dado por casi obligatorias, a la cabeza de las cuales está viajar. En cualquier concurso de la tele en el que el premio sea una cantidad normalita de dinero (si es mucha pasta, todo el mundo quiere comprarse una casa), los participantes aspiran a hacerse un viajecito. Pues la intención de este libro, ahora, podría aplicarse a quienes no quieren viajar, por ejemplo.

eaguirre@divertinajes.com




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