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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Juegos de sexo y muerte


Vale, lo confieso: he sido un adicto a la obra de Palahniuk desde El club de la lucha. Me encanta la fisicidad en que se mueven sus personajes, el minimalismo cuasi cinematográfico de su escritura, el riesgo de sus propuestas y sus delirantes temas que podían servir como guiones para video-juegos de acción.

Alumno aventajado de la escritura  del riesgo propugnada entre sus pupilos por el maestro Spanbauer, destaca entre todos sus compañeros de la artificiosa next generation (de la que también forman parte Michel Chambon, Jonathan Franzen, David Foster Wallace y David Sedaris por citar a algunos) con una  obra rigurosa y extrema no apta para estómagos con problemas digestivos.

Especie de último romántico de la  ultra-violencia, Palahniuk, sin embargo, hace pasar a sus protagonistas por duras pruebas con el fin de conseguir, finalmente, una especie de redención a través del amor, como sucedía  en las novelas clásicas del romanticismo; sacrificando su unicidad en un intento de formar parte  de la sociedad y, de paso, comprometerse con otra persona. Títulos como Asfixia, Nana, Superviviente, Fantasmas lo atestiguan.


Nos llega ahora su último experimento literario titulado Rant, la vida de un asesino (¿era necesario ese subtitulo aclaratorio en la edición española?), en el que siguiendo su  idea de que los libros actualmente deben competir contra videojuegos, videos musicales , televisión, deportes y el resto de cosas que ocupan el tiempo libre de la gente, monta  una  falsa biografía de la que se sirve para dar credibilidad a una historia tan violenta  y salvaje como todas las suyas: una crónica oral de la vida y milagros de un vulgar y paleto asesino en serie, Buster Casey. Esta nos es  narrada  tras su muerte, por un coro de amigos, enemigos, admiradores y detractores que  intentan recomponer para nosotros, a través de sus testimonios orales, la corta y famosa vida y muerte del descerebrado protagonista. Eso da por resultado  una historia rayana en lo increíble aunque el contexto en que  nos es presentada la hace absolutamente verosímil. Estamos en un futuro próximo  o un presente alterado en que la sobrepoblación y la masificación ciudadana  ha hecho necesario dividir a la población de las mega-urbes en dos: los que pueden salir de día y los que pueden salir  de noche. Estos últimos se dedican a pasar sus horas de ocio viendo o participando en  choques de automóviles, los llamados choque-juerguas, buscando en ello una especie de maridaje entre violencia, sexo y accidentes en un extraño juego de deseo y muerte.


Esta revisitación en clave de farsa del universo que J. G. Ballard creara en su famosa novela Crash, donde éste ya denunciaba la perversidad moral que supone el sentir  y usar el automóvil como un objeto sensual, alcanza en manos de Palahniuk el grado de experiencia total, atrapando al lector en la reconstrucción comprensiva de las reacciones físicas de sus personajes, primando  ésta sobre la de sus  comportamientos éticos o mentales.

No me parece su mejor obra, pero sí un experimento en clave de literatura  equivalente del género de lucha en los videojuegos que funciona siempre y cuando el lector interactúe con el zapping  de información múltiple que el autor le propone para dibujar la semblanza de Buster Casey, su protagonista; y con ella la de toda una sociedad esquizofrénica y abocada al caos en la que ya nos estamos convirtiendo.




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