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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Baile sí, victoria...


Nuestra propuesta para el Oscar: una irregular producción en la que Fernando Trueba adapta, sin demasiado éxito, una novela de Antonio Skármeta.

Ambientado en las calles de Santiago de Chile, el último trabajo del director de Belle Époque esconde dos relatos: el de Ángel (Abel Ayala), un joven que, recién salido de prisión, encuentra a Victoria (Miranda Bodenhöfer), una joven bailarina que perdió el habla durante el secuestro de sus padres bajo la dictadura de Pinochet; y el de Nicolás (Ricardo Darín), un hombre maduro, recién salido de la cárcel, que trata de salir de apuros, olvidar el pasado y reencontrarse con sus seres queridos.

Como en otras ocasiones, Trueba nos cuenta historias de amores juveniles y desencantos adultos, picaresca y contrastes sociales, aunque nuevamente la cursilería, el humor fácil y la afectación estropean la fuerza del material de partida, y la literatura y el énfasis narrativo empañan  los mejores momentos de una película terriblemente desequilibrada. El esfuerzo desesperado de Trueba para que sus relatos de amor y desamor resulten poéticos y conmovedores pone en evidencia, a pesar de su sólida producción, su incapacidad para darles verdadera intensidad.
Muchos escenarios, un buen reparto, historias que arrancan con interés y una narrativa ágil se ven limitados por el lugar común y la sensiblería en un trabajo en el que el director y los guionistas utilizan el trazo grueso para definir a los secundarios, y no profundizan demasiado en la psicología atormentada de los protagonistas.

Así, El baile de la Victoria se nos ofrece como una historia de amor sin verdadero amor, un fresco social sin fuste y una historia de traumas en la que el efectismo y la ramplonería empañan el potencial de sus vidas cruzadas. Una película llena de pretensiones pero de narrativa pueril y resolución apresurada. Un argumento cuyos protagonistas, a pesar del esfuerzo de los actores, carecen de entidad. Un trabajo cuya cuidada ambientación y elaborada fotografía no logran ocultar los defectos, sino que subrayan una tendencia a limitarse a arañar la superficie del relato.




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