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El pizarrín

Javier Goñi

Hasta las jaras olían


Muñoz Molina

Déjenme que les diga que aquel sábado hasta las jaras olían en Madrid. Eso dicen que dijo su editora en la presentación de su libro, casi mil páginas, que en esa novela, La noche de los tiempos (Seix Barral), de Antonio Muñoz Molina, hasta se podían oler las jaras del Madrid de aquel sábado. Eso dijo Elena Ramírez, su editora.

Casi mil páginas tiene también Troppo vero (Pre-Textos), de Andrés Trapiello, tomo XVI de su Salón de pasos perdidos, su novela en marcha, sus diarios, éste del año 2001, publicado ahora acabando 2009: he descolgado el teléfono de la agenda y me voy a dedicar en estas entrañables fiestas que nos derrumban a hincarle el diente a AMM y a AT, cuál será el jijona, cuál el alicante, cuál el duro, cuál el blando; qué sofoco hispano éste de tener que optar, con lo fácil que es acumular. AT con una mano escribe sus ocios y sus días en sus cuadernos de hule negro y cuando, con la otra mano, los pasa a limpio, los expone, años después, le sale una suerte de novela, ésta, novela en marcha, Troppo vero, la última entrega, ésta.


Pino

Pues bien, en pág. 690 y ss, a AT, personaje de su novela, le ocurre que, o hace que ocurra, no sé, camino de Santander, en un avión pequeño –a menor tamaño mayores atenciones-, atravesando el espacio aéreo de Valladolid, lee en un diario que le trae la azafata –a qué hora volaba, qué compañía era ésa, a santo de qué le ofrecen gratis un periódico; en fin, ficción- que se ha muerto X, “el querido poeta del Pinar de Antequera”, Pinar de Antequera, en los alrededores de Valladolid, de ahí la ironía del espacio aéreo. X, poeta, o sea, para el siglo, para el ramo textil local, al que perteneció él, el poeta, en vida, y su familia, y para no andarnos con más rodeos, Francisco Pino. Y en Pino, o en X, sea, vale, se detiene, y como a AT no hay cosa que más le guste que poner las cosas claras, a su modo y manera, nos recuerda que el 18 de julio cayó, “como sabe todo el mundo”, en sábado, y al otro día, como era domingo, los bien pensantes, los devotos, los incautos, “los que estaban subidos a un guindo”, fueron a misa, con traje de domingo, como X, o séase F. Pino; así que, como era domingo, al ojeo estaban apostados, ellos, los milicianos, que fueron haciéndose con las devotas perdices a la salida de los templos. Unos a la trena, entre ellos Pino, otros de paseo.


Trapiello

A AT la guerra civil, nuestra guerra, que se decía antes y siempre había uno que se revolvía inquieto: será la guerra de usted, a mí que me registren, pues eso; a AT la guerra civil le parece “el mayor acontecimiento histórico desde la expulsión de los moriscos”. Así que ya me dirán ustedes cómo no hablar de ella –de la guerra civil- continuamente, y como no escribir sobre ella –de la guerra civil- continuamente.


Delibes

Sí, sí, ya sé que Isaac Rosa se purgó el corazón con aquella segunda novela –que tenía más de acto fallido, que de audaz-, que tituló, como no podía ser de otra manera, ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! Y es lo que ha escrito, otra maldita novela, o no, AMM, poniéndose en casi las mil páginas sin apenas esfuerzo, o sí, que La noche de los tiempos -Las guerras de nuestros antepasados, tituló una de las suyas Miguel Delibes, vallisoletano de secano que la hizo, la suya, la suya de usted, de marinero raso en un barco rebelde-; que decía que La noche de los tiempos es, entre otras cosas, una novela de amor y violencia, una suerte de menage à trois, que no hay una ni dos Españas, sino tres, por lo menos, o más, o bien visto una por cabeza, cabeza de chorlito o catada como un melón de temporada en ese célebre cartón goyesco de dos españoles zurrándose, en el teatrillo de nuestra triste historia, metidos hasta las rodillas en las arenas movedizas de nuestra identidad nacional, dirimiendo sus causas a garrotazos, esa peculiaridad. Oír se les oye poco, aunque de poder hacerlo, estarían a gritos, pues ya se preguntaba León Felipe por qué los españoles gritan tanto, y él se contestaba –poeta en activo- que porque los españoles hablan siempre desde el fondo de un pozo –acaso fosa séptica-, desde tiempo inmemorial, por lo menos desde la expulsión de los moriscos, AT, por lo menos.


Cela

El 18 de julio, a lo que iba, fue sábado, y aquel día estaba dedicado en el santoral, como sabe cualquiera, a San Camilo de Lelis, celestial patrono de los hospitales, patrón muy oportuno por el derrame sanguinolento que se avecinaba, y a esa festividad –vanidad onomástica aparte- le dedicó Camilo José Cela una excelente novela, San Camilo 1936 (Alfaguara, la de Huarte, el constructor, años sesenta; en bolsillo después, Alianza Editorial), y que ahora la repesca RBA. Si en la novela de AMM huelen las jaras de Madrid, en la de Cela, excelente –a pesar del personaje, antipático como pocos, es autor de algunos memorables libros-, huele todo, suda el honrado pueblo de Madrid, rompeolas de las Españas, capital de la gloria, y suda, suda, aquellos días –horrorosos- de julio, el pueblo de Madrid en una nueva colmena, alborotada por el olor de pólvora, ese atroz juego a la gallina ciega que tanto gusta por aquí. La gallina ciega, aquel diario del regreso en 1969 del exiliado Max Aub, que vino malhumorado porque al superponer el mapa de la España que se había llevado en el 39 no le coincidía –cuestión de tallas- con el del 69.


Aub

A mí Max Aub me gusta más que a AT, que corrige estos días a marchas forzadas, para que salga a principios de año, una nueva edición, aumentada, corregida y matizada, de su célebre ensayo sobre Las armas y las letras, que publicó hace años Planeta, luego lo cogió Península y en 2010 lo edita, aumentado en un tercio, Destino. En este ensayo de ahora, en ese fresco o personal mosaico, en el que salen, a la manera unamunesca –si escribo unamuniana, el corrector me hace poner unánimemente, y no es precisamente unanimidad lo que se ofrece en este excelente trabajo-, hunos y hotros, todos con pluma en trinchera (incluso algunos con pistolón y correaje, azul, rojo, qué más da el color, correaje y pistolón, sin duda), quizá AT matice entusiasmos –que nunca fueron muchos- por, acaso, Max Aub, o aparezca Luys Santa Marina, uno, rojo, aquel, otro, azul, éste, y tan amigos de correrías literarias antes de la guerra, los dos, amigos.

En el bestiario de AT sale desde luego Luis Narciso Gregorio Gutiérrez Santa Marina Santa Marina Gimeno, para abreviar Luys Santa Marina, de Colindres (Cantabria), a quien el joven poeta aragonés Juan Marqués le ha dedicado una muy interesante –es de suponer- tesis doctoral, que dirigida por Maestro José Carlos Mainer leerá un día de éstos en la Universidad de Zaragoza. A Luys Santa Marina se lo encuentra –si vale la licencia poética- el joven Marqués pegando tiros por la Rambla barcelonesa el 19 de julio. De este camisa vieja, poeta, escritor de un barroquismo nacionalsindicalista, amigo de Max Aub, ha publicado una antología poética y una modélica introducción, titulada En el alba no hay dudas, en la colección La Veleta, de la editorial Comares, de Granada.


Santa Marina

A mí Luys Santa Marina siempre me provocó sensaciones contrapuestas; además de por su amistad con Max Aub, porque en el Colegio Alemán de Zaragoza, donde me desasné un tiempo, el profesor de dibujo era un militar de cuidadoso bigote, paracaidista, creo, y que había participado en la secreta guerra de Ifni, de la que no se podía saber nada, y por lo tanto, tiernos infantes nosotros, toda referencia bélica sugerida nos conmovía. Aquel profesor de dibujo, militar, afable, que quería a los niños, nos hablaba –mal- de Azaña, y nosotros escribíamos Hazaña, por unos tebeos apaisados de entonces, Hazañas Bélicas (en una novela del andaluz José María Vaz de Soto, luego llevada al cine, y situada en los jesuitas del Puerto de Santa María también los niños escribían clandestinamente en los muros colegiales ¡Viva Hazaña!). Pues bien, este profesor de dibujo nos entretenía la tarea –pintar un volcán cortado por la mitad, pongamos por caso (real)- leyéndonos una biografía de Cisneros, mis cañones, mis poderes, etc. La biografía de Cisneros la había escrito Luys Santa Marina; aquí tengo el ejemplar, tal como lo recordaba de entonces –las librerías de lance sirven para esto, para poner por un puñado de maravedíes paños tibios en las atormentadas memorias, lastimadas de melancolías insanas-, Editorial Yunque, Barcelona, segunda edición, 1939, Año de la Victoria. Y ese inicio tan sonoro: “¡Tierra de Campos! Cielos altos y anchos sobre hazas albares; ruinas de castillos, y ríos y fuentes claras, árboles de sombra y fruta en sotillos y huertas, y doquiera, el anual y tremendo azar de los trigales… ¡Tierra de Campos, de Campos Góticos, amada –a la africana- de soles, y donde se loa a la nieve…” Como nos enseñaban en aquel colegio alemán: und so weiter.

Oh, prosa de Luys Santa Marina, 1939, Año de la Victoria. A qué olían las jaras en el Madrid de aquel sábado de tres años antes.




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