Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Erizos y perdedores


A mí me hubiera (o hubiese) gustado que El erizo me hubiera (o hubiese) gustado porque lo tiene casi todo para lograr que la platea se le rinda: un estupendo material literario de origen en uno de esos best-seller orejeros de la temporada pasada titulado La elegancia del erizo, de la francesa Muriel Barbery ─eso sí, adaptado muy, pero que muy libremente por Mona Achache─ ; una puesta en escena lo suficientemente Kitsch para lograr  ese costumbrismo ameliniano al que últimamente es tan aficionado el cine francés ─y que tan buenos resultados le da en taquilla, aunque al que esto escribe le provoque calambres estomacales─; un buen elenco de intérpretes ; y, por último, una elevada dosis de buenrollismo a la hora de plantear la posibilidad de entendimiento entre distintas clases sociales y culturas que no hay quien se lo tragué ni con todo el chantilly del mundo chorreando por los bordes del  discurso, pero que  a muchos espectadores, estoy convencido de ello, les  va a encantar.

Las andanzas de la epigramática,  repelente ─todo hay que decirlo─  y con tendencias suicidas, niña protagonista, podrían haber dado  cancha a una visión más crítica de la sociedad francesa actual; pero como ya he apuntado, la directora ha preferido  transitar los cómodos caminos amelinianos a intentar una relectura de la novela en clave Michael Haneke, o, más lejos en el tiempo, Louis Malle, que hubiera estado más acorde, a mi entender con el original literario.

Ayudada por la carismática Josiane Balasko en el papel de portera-erizo  ─que guarda celosamente los secretos de la cultura tras la puerta de su chiscón─, y una forma bastante conseguida de mostrar el  arriba-abajo de las relaciones del inmueble, la película desemboca sin estridencias en su final aleccionador de cuento urbano para mentes creyentes en la armonía social.

Lo dicho: me hubiera (o hubiese) gustado que me gustara, pero no ha sido así.


La que si me ha gustado, y mucho, ha sido Mal día para pescar del uruguayo afincado en España Álvaro Brechner. Una película que sin duda alguna le hubiera gustado rodar al gran Clint Eastwood. Una fábula de perdedores en clave de western que se  basa en un cuento magistral del gran escritor Juan Carlos Onetti y que narra las aventuras crepusculares de un antiguo campeón de lucha olímpica  y su representante, que malviven  en la actualidad a costa de timar al prójimo que se deja, envueltos en el  doloroso recuerdo de lo que fueron y nunca volverán a ser.

Primer largo de Brechner  ─no lo parece en absoluto─, tiene una puesta de escena clásica, afinadísima; preciosamente realizada, donde la sencillez es marca de fábrica y vehicula perfectamente esta  triste y patética historia de desamparos, y donde, también, las palabras se vuelven disparos en unos diálogos de medida perfecta que denotan la potencia de su original literario y su impecable adaptación al medio cinematográfico.

Narrada en una misteriosa y prolongada vuelta atrás llena de firmeza expositiva, y a través de tres puntos de vista, la historia fluye con  la elegancia, plena de nostalgia y desesperanza, que Brechner ha sabido retratar con mano maestra en sus personajes y que los hace tan reales y desamparados como el paisaje que los rodea.

Un reparto sin fisuras en el que sobresale Gary Piquer, perfecto en su papel de príncipe Orsini, redondea esta hermosa película que habita los paisajes de la desolación y habla de la esperanza de los que ya la han perdido en las vueltas de la vida.




Archivo histórico