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Errata

Evaristo Aguirre

Llegar al final

Hace unos años (jo, el tiempo que lleva en marcha esta Errata), terminé un comentario sobre ¡Tierra, tierra!, segundo tomo de memorias del escritor húngaro Sándor Márai (1900-1989), preguntándome si tendría más obra autobiográfica, además de éste título y de Confesiones de un burgués. Soy de los que descubrieron a Márai a finales de los noventa, cuando se publicó su novela El último encuentro (y luego supe que ya en los años 50 y 60 había tenido entre los lectores españoles un cierto éxito), una novela ésta que me gustó mucho; pero me enganché mucho más a su literatura memorialística.


Hace un año, Salamandra tradujo al español (obra de Eva Cserhati y A.M. Fuentes) el último tomo de los diarios de Márai, los comprendidos entre 1984 y 1989. El escritor, ya anciano, vivía en California, adonde había llegado décadas atrás, autoexpulsado del paraíso socialista. Su mujer está enferma. Él lee; mucha poesía húngara (con una actitud muy crítica) y grandes obras de la literatura. Quiere escribir; al menos quiere terminar una novela, policiaca; anuncia de vez en cuando, en las entradas del diario, que eso de escribir se va a acabar. Comenta algunos asuntos de actualidad, de política; parece que está algo enfadado con el mundo. Hay muchas miradas hacia el pasado, inmersiones en el recuerdo; pero son cortas, no se recrea. Son unos estupendos diarios.

Pero lo mejor (que a la vez es lo peor por la tristeza, la resignación, la sensación de final) es el retrato que aparece en estas páginas de un hombre en los últimos momentos de su vida. Las muertes de los pocos que conforman su familia (su mujer, su hermano, su hijo adoptivo) le dejan solo. Sigue leyendo por las noches, pero su vida le parece ya innecesaria. No quiere terminar en manos de médicos, a quienes aborrece. No encuentra motivos para vivir, pero tampoco para morir porque sí. Durante la triste agonía de su mujer, compra un revólver (o una pistola, no sé la diferencia); para eso está en EE.UU., ¿no? No es que vaya a utilizar el arma ya, quiere saber que podría hacerlo (ahora sabemos que, finalmente, lo hizo).

Lúcido, muy lúcido hasta el último momento, Sándor Márai fue un hombre que vivió mucho; en ocasiones muy bien, en otras algo peor. Al principio, cuando reseña sus lecturas nocturnas (Marco Aurelio, el Quijote…), piensas “qué bien, estar con ese interés, con esa cabeza hasta esa edad…”, pero luego te paras un momento y dices “¿para qué?”. El otro día, JC decía que quizá fuera mejor acercarte a la muerte habiendo perdido una parte de la conciencia; y pensé en Márai, con la cabeza funcionando tan bien a los 88 años, a los 89… Puede que sea verdad, que desconectar del mundo antes de terminar sea una ayuda (para ti, no tanto para quienes te rodean). Pero el caso es que no podemos decidirlo. Ahora, creo que preferiría llegar como este escritor; dentro de dos días habré cambiado de opinión.

Y una súplica a la editorial: Por favor, traduzcan más diarios de Sándor Márai.

eaguirre@divertinajes.com




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