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El pizarrín

Javier Goñi

Los cócteles la sostenían


Déjenme que les diga que, según decía, nunca quiso ser escritora; se conformaba con ser una mujer corriente: feliz, pasiva y protegida. Se llamaba Ellen Gwendolen Rees Williams, había nacido en 1890, en Roseau, isla Dominica, Indias Occidentales, Antillas, Mar de los Sargazos; como Gwen Williams desembarcó en Southampton, Islas Británicas, en 1907, toda una señorita de 17 años. Soñaba, quizás, ser feliz, pasiva y protegida. Casarse se casó, y se complicó. Pero acabó convirtiéndose en escritora, y la admiramos como Jean Rhys.


Ford Madox Ford

Tuvo varios maridos y amoríos, incluso a los veinte años con un hombre muy mayor, que la abandonó, aunque le dejó una pensión. En 1923, ya casada, conoce al escritor norteamericano Ford Madox Ford, del que se hace amante, aunque antes –o a la vez- le alienta a que escriba, a que se convierta en Jean Rhys. Ford Madox Ford es el autor de El buen soldado, esa extraordinaria novela que tanto gustó a varias generaciones de lectores –a la mía, lo recuerdo-, ahora en Edhasa, yo la leí en Planeta; y en Planeta la tenía la actriz Virginia Mataix, profesora de literatura de pipiolos con las hormonas a punto de caramelo y con pocas ganas de leer un libro gordo, aquel que le presta a aquel alumno guapo y adolescente, en Pares y nones (1982), la primera película de José Luis Cuerda. En Planeta posiblemente la leyó, allá en Mágina, o Úbeda, no sé bien, Antonio Muñoz Molina, quien incluye una cita de El buen soldado en inglés –tiene casa con ventanas en Manhattan- de pórtico de su voluminosa novela, calentita como el pan recién horneado, La noche de los tiempos (Seix Barral). De Ford Madox Ford hace unos meses Lumen editó, en primicia carpetovetónica, El final del desfile, una trilogía con una pinta increíble, que aguarda turno para despegar en ese montón inestable que todo lector embriagado de papel pone delante de un espejo para no asomarse a él y ver su rostro con los chorretones del quiero y no puedo. Leer más.


Ford Madox Ford salía como personaje literario en el París de la generación perdida, el de los años veinte, el del jazz y la absenta, el de los americanos ricos y escritores desocupados, en la película Los modernos (1988) de Alan Rudolph; mientras me viene a la memoria un fotograma de una cama de sábanas arrugadas o un frío paseo nocturno por un puente parisiense, oigan como silbo su hermosa música –en realidad, ni ustedes oyen, no yo sé silbar-. Qué habrá sido de Alan Rudolph, al que seguimos mucho, algunos, por los ochenta del siglo pasado, el autor de aquella película que marcó época –tendencia, no se decía-, Choose Me, Elígeme (1984), Chúsmi, vamos, que hasta dio nombre a un garito por Malasaña, San Vicente Ferrer, dónde andas Víctor Claudín, aquella peli con el Karradine, que les gustaba a las chicas, y a los chicos ella, Lesley Ann Warren (también Geneviève Bujold en otra película de Rudolph), aquel vaquero tan vivido y arrastrado, entrevisto a través de la barra, aquella mujer dueña de aquel tugurio, mujer de esas con enigma, con surcos de alcohol y desamor en el rostro, ay, Lesley Ann Warren, ay, Chúsmi, Chúsmi, o tempora, o mores!


En fin… Dónde se nos habrá quedado Jean Rhys. Este largo rodeo venía a cuento, o no –disculpen si le dan a esta opción-, de que en Los modernos, de Rudolph, también aparecía, o no –disculpen si comprueban que esta opción es la correcta-, Jean Rhys, una gran escritora británica, de vida tumultuosa, de amores contrariados, de escaseces afectivas y económicas, que murió hace 30 años. Los mismos que hace que se publicó, póstumamente, su “autobiografía inconclusa”, Smile Please, Sonríe, por favor, entonces, Fondo de Cultura Económica, México, en traducción de Juan José Utrilla, y ahora, Una sonrisa, por favor, en traducción de Catalina Martínez Muñoz, que acaba de sacar –y mi alborozo lector da para este pizarrín, y que ustedes lo disfruten- Lumen, junto a, en versión de la misma traductora, su libro más conocido, El ancho mar de los Sargazos. Esta novela al ser publicada en Inglaterra en 1966 rescató del olvido a esta vieja escritora, que parecía, en aquellos años –los sesenta en Londres, y todo aquello- una reliquia del pasado, una mariposa atrapada con riesgo de hacerse polvo en otro tiempo, los locos años veinte.

Como este pizarrín no lo patrocina nadie, ni Lumen tampoco, déjenme que les diga que qué hermosas ediciones –las dos- prepara Lumen, qué ganas nos está dando a ustedes y a mí de dejar en este punto el pizarrín inconcluso, como la autobiografía de Jean Rhys, e irnos cada uno a su rincón –y la lectura en el de todos- a leer, releer y ojear. La Rhys se lo merece.

Pero déjenme también que les diga, pues hay que tener memoria histórica asimismo en el mundo editorial, que en el mismo año 1966 cuando apareció en Inglaterra Wide Sargasso Sea, Andrés Bosch (un olvidado escritor de novelas y un traductor del inglés, entre otros de Virginia Woolf y Faulkner) ya tradujo para Noguer Ancho mar de los Sargazos (Catalina Martínez Muñoz le ha agregado para Lumen el artículo) y esa misma traducción la recuperó en 1990 Anagrama, quien a su vez ya había incluido en su catálogo la colección de cuentos Los tigres son más hermosos, en traducción de Enrique Hegewicz, que es –o era, creo, esto y lo del apellido- el escritor y editor Enrique Murillo.


Lumen anuncia el rescate de varias novelas de Jean Rhys, no sé si en nuevas traducciones, o recuperando las que publicó, en los años noventa, en versión de Gracia Rodríguez, la editorial Grijalbo en una muy añorada colección “El espejo de tinta”, que promovió y dirigió Laura Freixas. En esta colección apareció una breve biografía de Rhys, escrita por Carole Angier y traducida –también- por Gracia Rodríguez. En esta biografía, breve, como lo es su autobiografía inconclusa –en Rhys todo era delicado, menudo, pero rotundo también-, Carole Angier es quien dice de ella que quiso ser una mujer corriente, feliz, pasiva, protegida, y no escritora. Y añade Angier una idea que me parece fundamental: lo moderno fue su manera de escribir, las modernas fueron sus heroínas (“solitarias sin hogar en un mundo cambiante, incierto, peligroso”), moderna fue su voz (“inestable y desilusionada, honesta y burlona”).

Y sus heroínas, su voz, ella misma, modernas absolutamente, están en sus libros, descatalogados, reaparecidos o por salir a nuestro encuentro. Están en –cuánto me gusta ese título, desde siempre- Que usted la duerma bien, señora (“Sleep it off Lady”), en traducción de Salustiano Masó, en Bruguera, 1985, o en esa otra novela, Después de dejar al señor Mackenzie, en traducción de Andrés Bosch, en Noguer, 1983 y esa frase que la tengo subrayada –quién sabe a estas alturas por qué- desde que la leí: “Cuando una tiene diecinueve años y la plantan por primera vez, una no hace escenas. Una tiene la impresión de que le hayan partido la espina dorsal, de que jamás podrá moverse otra vez. Pero una no hace escenas”. Genial la frase, genial Jean Rhys.


Y como hemos llegado al final por esta semana y uno siente la lengua seca por todo lo escrito, les retengo un poco más para decirles que en 1990 el mismo mexicano Fondo de Cultura Económica –ecuménica dicen que iba a llamarse pero la errata hizo fortuna, quedó, dicen- editó Las cartas de Jean Rhys, preparadas por Francis Wyndham y Diana Melly, y en una de éstas, de un domingo 23 de marzo de 1931, Jean le escribe a su amiga Peggy Kirkaldy: “Los cócteles me sostuvieron. Debo admitirlo. Me sentí muy dichosa”.

Sea lo que fuese lo que bebiste anoche, Jean Rhys, lo queremos probar. Que nos sostengan también esos cócteles, y de lo mismo. Y va por ti, Jean Rhys. Que usted la duerma bien, señora.





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