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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Civitas Dei


Decir a estas alturas que E.L. Doctorow es uno de los grandes de la literatura norteamericana del siglo XX, puede sonar a obvio, pero hay que repetirlo una y otra vez, porque a veces su personalidad tiende a ser eclipsada por la sombra de otros escritores de la talla de Samuel Bellow, Philip Roth o Paul Auster con los que comparte nacionalidad, origen judío y pasión por Nueva York (un lugar que para él representa lo que la vida es).

Tal vez su voz esté situada un grado más a la izquierda ─como apunta cierto sector de la crítica norteamericana─ que la de sus ilustres compañeros; yo no me atrevería a refrendarlo porqué las implicaciones políticas de su obras nunca me han resultado lo suficientemente evidentes ni siquiera en novelas tan políticamente incorrectas como Ragtime o El Libro de Daniel, que se mueven más bien en un terreno lleno de ambigüedades y en las que parece haber tenido muy en cuenta las palabras del poeta W. H. Auden cuando decía: las ideas políticas son tan peligrosas para un escritor como la codicia. Sin embargo, en Poetas y Presidentes (Muchnik, 1996), una colección de artículos que resumen a la perfección las puntos maestros de su obra, se despacha a gusto contra el vasallaje político de sus colegas conservadores a la vez que examina con lupa la obra de otros escritores de la década de los treinta que se acercaron en mayor o menor medida a las postulados izquierdistas.


Miscelánea reedita ahora La ciudad de Dios (existe una anterior, de 2002, de Muchnick) que aun siendo una obra importante, queda bastante por debajo que la media de calidad del autor. Obra de lectura complicada debida a una estructura narrativa violentada en extremo, el lector puede perderse en la mixtura de diversos textos ─ensayos, poemas, canciones, relatos, observaciones sobre la creación del Universo o la percepción de lo sagrado que se imbrican unos en otros al modo de su referente literario, del mismo título, original de San Agustín─ y corre el riesgo de abandonar por empacho; pero si es capaz de llegar a la narración del padre de Sarah sobre su vida de niño como mensajero en un gueto judío durante la segunda guerra mundial se verá recompensado, porque a partir de ahí podrá ir entendiendo los nexos de unión que comunican unos textos con otros. Aunque esto no es suficiente, o al menos, no con lo que debe exigírsele a su autor.

Un suceso trivial: el robo de una cruz de latón que desaparece del altar de una iglesia episcopaliana del East Village y aparece más tarde sobre el techo de una sinagoga del Upper West Side, le sirve a Doctorow para poner en marcha este artefacto literario en el que el párroco de la iglesia expoliada, el libre pensador Thomas Pembertton (una libérrima reencarnación de San Agustín) entra en contacto con Everett, un autor (sosias del novelista) en busca de inspiración al que el suceso parece interesarle dada su rareza; y con el rabino Joshua Gruen y su mujer Sarah. El cruce de estos personajes, el relato de sus historias y conversaciones , de sus idas y venidas, están orquestados en una partitura discontinua que pretende aumentar la tensión del relato, aunque no siempre lo consigue, y que remite más a ciertos recursos estilísticos de las vanguardias del siglo XX que a un afán de experimentación metaliteraria por parte del autor.

Y no me quiero olvidar de ese aroma wittgenstteniano ─un filósofo a retomar, un tanto agustiniano, a su manera─ que entreveran ciertas reflexiones del texto, y que decía aquello de que sobre lo que no se puede hablar lo mejor es callarse. Tomo nota.




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