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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Luciérnagas


Pequeñas y en apariencia suaves, casi efímeras, casi inexistentes...
Son los fragmentos de los recuerdos más cálidos de los muertos o de los que están a punto de partir hacia ese otro lugar, otro lugar... Lugar incierto pero certero, lugar que tal vez no existe, lugar de la nada que ninguno sabemos abarcar, que ninguno sabemos soportar como tal.
La nada, de donde salen las pequeñas y cálidas luciérnagas, luces breves que intentan contarnos lo que unos labios ya no pueden pronunciar, lo que unos ojos ya no pueden transmitir.
Las Luciérnagas de la Muerte. Las Luciérnagas de las penúltimas expectativas alumbradas por el hilo fino, fino, finísimo de la conciencia en extinción del que va a morir, del que parte hacia ese otro universo, que tan sólo, a veces, nos deja unas cuántas pistas auténticas o quizás falsas... pero pistas esperanzadoras de que hay un algo que va más allá de nosotros, de nuestros pequeños cuerpos que ya exhaustos mueren, mueren, mueren... a veces después de un combate largo y de un duelo presentido, de un duelo anticipado incluso.
Y ellas... Las Luciérnagas revolotean, antes alrededor de la cabeza del que va a morir y revolotean después llevando en sus luminosos y minúsculos cuerpecitos esas llamas de sueños nítidos o turbulentos, sueños que para el que muere se confunden durante horas o días con lo cotidiano, con la realidad, con las costumbres del cuerpo... De cómo uno caminó, besó, habló, cantó, amó, dijo, quiso, tuvo... De cómo uno podía hasta hace apenas nada; levantarse, moverse libremente de un lugar a otro, abrazar, agarrar, tocar, rozar, sostener, tener. Hacer, ser, estar... 
Alicia:Dichosos sin embargo aquellos que morirán llenos de amor, llenos de confianza en que han sido vistos, en que han sido apoyados por otros, en que han sido amados igual que han amado.
Dichosos los que mueren con una imagen luminosa en la retina, aun después de haber escalado túneles de dolor y miedo. Dichosos los que no estuvieron solos, los que dieron su mano y su sonrisa, los que entregaron sus besos y cedieron el terreno, los que ofrecieron el corazón para refugio de otros que tuvieron menos.
Dichosos los que han sabido que todo ha merecido la pena y dichosos los que aun sin saber lo que la vida era, vivieron.
Adriana:No estés triste.
Hay una pequeña luciérnaga cerca de tu hombro que te quiere contar algo. Mira su lucecita que arde cálida. Mírala y escucha.


Con amor dedico estas palabras a todos los que ahora y aquí no estáis conmigo aunque de alguna manera siempre permanecéis cada vez más cerca.
Os digo sin embargo que yo me quiero quedar todavía un poco más, un poco más...
¡Os quiero!




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