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El pizarrín

Javier Goñi

El Club de las Maridas


María

Déjenme que les diga que María iba siempre a toda velocidad, pero a pie, con su sombrerito, y un abrigo de petit-gris –qué sabe uno qué sea eso- y su piel de ardilla, entonces al parecer muy de moda. Concha era nadadora, conducía un veloz Citroën, y amante sufridora entonces de Luis. A otra la apodaban “la americanita”, aunque tenía un desahogado estar alquilando pisos a extranjeros y otras minucias por el estilo. De ésta escribió Maria Teresa unas palabras con mecha corta, para que estallase –leídas las palabras ahora- pronto, y con estrépito: “Fue la suya una decisión hermosísima: vivir al lado del fuego y ser la sombra”.


María Teresa

Qué tremendo, qué generosidad: vivir al lado del fuego y ser la sombra, ella, “la americanita”, de él, el fuego. Y de sí misma, María Teresa escribió también: “Ahora yo soy la cola del cometa. Él va delante. Rafael no ha perdido nunca su luz”. Delante. Luz. Cola del cometa. Tremendo. Esa cola del cometa, ella, María Teresa, que se veía, ella y ellas, capaz, capaces de adelantar el reloj de España. Qué horas indica ese reloj marca España, ¿sumergible, indestructible?, a qué huele, a qué duele España, España como problema, como enigma, a qué llamamos España. España, España, España: calma, calma, calma. Todavía no han entrado los ejércitos victoriosos en Madrid a incautarse del edificio y convertirlo en el Círculo Medina, donde se reunían las de la Sección Femenina: mujeres, mujeres, mujeres.


Concha

A las anteriores, a aquellas mujeres, María, Concha, Zenobia, Victoria, Elena, Ernestina, María Teresa, les había dado por reunirse y crear, al modo anglosajón –como todo lo malo, aquello también vino del exterior-, un Lyceum, un club de damas, eras las maridas: ¿fue Juan Ramón quién las denominó así? Todas las maldades ingeniosas se las atribuyen al Poeta, al marido de “la americanita”, el fuego, ella, sombra, y a su sombra vivía, de los pisos y de las menudencias. Como era hombre que no dejaba nada al azar, tenía su epitafio para ella: “… la adoró como a la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz”. Lo copio del estupendo Álbum dedicado a JRJ que editó –espléndidamente- la Residencia de Estudiantes antes del verano. Y también esta frase de JRJ, que se las sabía todas, y tenía una frase para cada momento y una seguridad en sí mismo a prueba de cualquier tonto desfallecimiento: “Procurad no ser inferiores a la idea que tenéis de vosotros mismos”.


Maruja

Con que las maridas, ¿eh?, sí lo eran, mujeres, algunas, no todas, de prohombres de la época, o hijas de, o hermanas de. Y se reunían, en Infantas 31, en la conocida como “La Casa de las Siete Chimeneas”, y celebraban sus conferencias, y no había prohombre de la época que se resistiese a su invitación, a darla, la conferencia, o a armarla: Rafael Alberti –lo cuenta en La arboleda perdida, sus memorias- la dio acompañado de una paloma enjaulada, un galápago en la otra mano, levita, pajarita, actitud de clown, recitó un poema y arremetió contra todo lo humano y lo divino, contra la república de las letras. Eran otros tiempos, cuando Dámaso Alonso et alii orinaban en los muros de la Academia, la patria de las palabras, Maruja Mallo daba en bicicleta una vuelta entera por el interior de una iglesia –de Arévalo, no me hagan mucho caso, yo no estaba allí -a la hora de la misa mayor, o le superaba al mismísimo Alberti en una competición de blasfemias en las escaleras del metropolitano de Sol –creo, no me hagan mucho caso, yo no estaba allí-. Creo que Maruja Mallo no fue socia del Lyceum, buena era ella para ser marida de nadie.


Zenobia

Todos, sí, empeñados en dar una conferencia, incluso llegó a darla un señor –no me consta el nombre, y a mis fuentes tampoco- que hizo una memorable alabanza de la mujer gorda –sin menosprecio de la fina, desde luego-, pues una madre debe ser –decía, o dicen que dijo- gorda, esto es, “es preciso que una madre sea la mayor cantidad de madre posible”. Todos, pues, menos don Jacinto Benavente, célebre también por sus espantadas ingeniosas: se le requirió para darla –la conferencia, ¿recuerdan?-, y se excusó por la falta de tiempo, pues, claro está, adujo: “yo no puedo dar una conferencia a tontas y a locas…” Qué derrame de ingenio, don autor de La malquerida, diga usted que sí, “a tontas y a locas”, no te digo. Y eso que Maria Teresa escribe en sus hermosas memorias, que aquellas mujeres, aquellas maridas, crearon el Lyceum en 1926 para adelantar el reloj de España. Qué mujerío, que decía por entonces Ernesto Giménez Caballero, aquel que quiso casar a Pilar Primo de Rivera con Hitler, y se la transmitió –la idea- al mismísimo Goebbels, y señora, en un delirio surrealista con esvástica al fondo, que gracia, la justa. Después del 1 de abril, según Giménez Caballero, pájaro de cuenta, embajador de Franco en Paraguay, la cosa se virilizó. España pasó a ser cosa de hombres –lo escribió-. Y a las mujeres, a éstas, a tantas, se les debió parar el reloj: adelantos los justos.


Victoria, Ernestina, Elena

Éstas,            

María… de Maeztu,           

Concha… Méndez,           

Zenobia… Camprubí,           

Victoria… Kent,           

Elena… Fortún,           

Ernestina… de Champourcin,           

Maria Teresa… León,

y una legión de amazonas más. Reloj no marques las horas, canción melódica.


De muchas de éstas, maridas, socias del club Lyceum, se ocupan, con una curiosa manera investigadora, a modo de faena detectivesca, con pistas más o menos conocidas que interpretan, a su modo y manera, José Antonio Marina y María Teresa Rodríguez de Castro en el libro, que sale estos días, editado por Anagrama, La conspiración de las lectoras. Es un libro de aproximación al tema que tiene una suerte de poso melancólico, en la que mujeres brillantes y rompedoras, de diferentes procedencias ideológicas y de finales vida contrapuestos, lograron crear un club de debate y de tensión intelectual, cuya final brusco –el huracán incivil del 36-39- las dispersó (es muy significativo el capítulo final, el de los adioses y el de los accidentados regresos de algunas de ellas). Para Marina este club de maridas, como las vengo denominando, como las consideraron, tiene algo de parábola histórica. De lo que pudo ser, y no fue.


Y ya que estamos. La escritora y periodista Inmaculada de la Fuente publicó en Planeta, en 2006, un libro de lectura apasionante, La roja y la falangista. Dos perfiles de la España del 36. Dos hermanas, Constancia de la Mora, la roja, la comunista, Maruchi de la Mora, la falangista, ambas nietas de Maura, el político conservador, primas de Jorge Semprún, el ministro y escritor. Constancia –hay unas memorias suyas, Doble esplendor, recuperadas por la editorial Gadir en 2004; yo creo recordar haber hojeado una edición de 1977, en la editorial Crítica, creo- se casó con Ignacio Hidalgo de Cisneros, jefe (comunista) de la aviación republicana, y también, creo, con memorias aparecidas en los años de la transición, ¿en Laia pudo ser? Ambas tenían un chalé en Alcalá, creo, que tal vez, creo, tuvo algo que ver con la muerte –atroz, eso sí, creo- del anarquista Andreu Nin.

Marichu de la Mora, madre del cineasta Jaime Chávarri, fue una falangista cañón que se enamoró –amores sublimados, creo- de José Antonio, buen mozo, y de Dionisio Ridruejo, magro y todo sustancia. Por cierto, Inmaculada de la Fuente en su interesantísimo libro habla de “la bella y sensual condesa Von Podevils”, una espía alemana, malmaridada, de una belleza irresistible, al decir del magro Dionisio, que cayó rendido; los hombres, ya se sabe. Al parecer, Dionisio que andaba ennoviado con Maruchi de la Mora, en plan –acaso- madrina de guerra, encontró en la condesa alemana, en palabras de Inmaculada de la Fuente, “la carnalidad y el sexo, durante meses y meses sublimados”. Dionisio y sus amigos, entre ellos Torrente Ballester, la apodaban, a la guapísima espía, Hexe, “bruja”, y mucho fuego hubo –dicen- en esa relación, aunque, a los pocos meses, en palabras de Inmaculada de laFuente, “el poeta agotó y canceló su relación con Hexe”, y conoció en seguida a una joven catalana, Gloria de Ros, con quien asentó la cabeza, a la manera española, o séase, casándose, y muchos años después, a la pareja –a Ros, que era catalana, más, se supone- le debemos la traducción del maravilloso El quadern gris, ese dietario juvenil de Josep Pla, lleno de esas hojas doradas de otoño que dan los años, y que apareció, en primera edición castellana en Destino, en octubre de 1975, un mes de partes médicos diarios.

De la condesa Mechthild Von Hese Podewils-Dürniz publicó hace unas semanas, el domingo 15 de noviembre, El Mundo, un estupendo reportaje José Rey-Ximena (y a él me remito). Por cierto la condesa vive hoy en Sotogrande (Cádiz), con 95 años, recordando aún –dicen- a Ridruejo.

A la condesa –desordenadas las consonantes, desleída la diéresis, alborotadas las haches intercaladas- la llevaba yo en la memoria desde hace tiempo, pues hace muchos años, en 1946, uno de los amigos de Dionisio, Gonzalo Torrente Ballester, publicó en Ediciones Nueva Época el Requiem y Las elegías de Duino, de Rainer Maria Rilke, en una hermosísima edición, que me costó un potosí en una librería de lance, donde se lee: “texto original alemán con versión castellana e introducciones por Gonzalo Torrente Ballester”. El ejemplar está firmado a estilográfica –firma ilegible- y en su interior, en la versión alemana (“Wo ist ein Mann, der Recht hat auf Besitz”, “dónde hay un hombre que tenga derecho a poseer”) y en la española hay leves subrayados verticales: varios, como para reconstruir, verso a verso, aquella lectura antigua de esa firma ilegible (¿hombre, mujer?, no sé).

Pues bien, en 1992 la Biblioteca de Traductores de la editorial Júcar repescó esa edición bilingüe con las introducciones de Torrente Ballester (acaso, como vamos a ver, no sabía alemán, pero siempre fue un gran y perspicaz lector). En esta edición de bolsillo, que preparó Federico Bermúdez-Cañete, ya aparece, en igualdad de condiciones, Torrente Ballester y quien tradujo a Rilke con él. Efectivamente, Mechthild von Hese Podewils. El propio Torrente le pidió a Bermúdez-Cañete que así constara en la edición. Le contó que en 1946, en esa edición tan hermosa, el editor, un librero alemán, un tal Kadner, propietario de Nueva Época, editorial de la que no sé nada, prefirió suprimir, por oportunidad política, el nombre de la condesa nazi de sensibilidad rilkeana. Era 1946 y no hay Reich que –afortunadamente- mil años dure. Qué historias más antiguas éstas. Las que han salido.




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