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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Dos historias


Sin nombre es un filme desesperanzado que ahonda en dos realidades incómodas de la actualidad mexicana de hoy día: la inmigración hacia EEUU y las tribus Mara Salvatrucha.

Dos historias extremas se cruzan en un relato violento, narrado de forma a la vez pausada y enérgica, en el que ambas situaciones se cruzan aunque la cinta no profundiza demasiado en ninguno de los temas. A pesar de lo cual, se erige como un eficiente melodrama romántico, suspense con acerados toques de denuncia social. Sí, el debut en el largometraje de Cary Fukunaga es áspero aunque a la vez terriblemente tentado por el efectismo y un cierto sentimentalismo, y si el debutante sortea ambos peligros es gracias a su dirección sobria y a una fotografía bella y poderosa.

Esta es la historia de Sayra (Paulina Gaitan), una joven hondureña que huye con su padre  y su  tío hacia EEUU cruzando México en tren, y el drama de Casper (Edgar Flores), un joven perseguido por los miembros del violento clan del que formaba parte. Sin nombre está lleno de fuerza gracias a las trabajadas interpretaciones de esos dos jóvenes protagonistas y a la falta de pretensiones de una cinta que, no obstante, tiene inequívocos ecos del western y un exceso de truculencia y sentimentalismo.

Un trabajo valiente que se atreve a denunciar de forma descarnada realidades sangrantes que azotan a la sociedad latinoamericana de hoy en día, fue premiada en el festival de Sundance. La opera prima de Fukunaga no es perfecta, pero el director consigue, gracias a una realización visualmente imaginativa y transparente, un ritmo sostenido, un sólido elenco y una hermosa fotografía de exteriores —que huye de todo esteticismo— un alegato sobrecogedor donde, a pesar de su apabullante humanidad, apenas brillan breves destellos de esperanza.




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