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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Soy niebla


Soy niebla... Soy Niebla.
Un nombre que me pusieron al nacer para despistar a los nazis que me habían engendrado. Mi madre me odiaba y me amaba por igual. Soy niebla. Soy niebla que distrae a todo aquel que confía en la claridad excesiva de su vista. Soy niebla cálida que descoloca a los soldados que vigilan a mi grupo. Al grupo de mamá. Mamá es casi tan pequeña como yo. No en tamaño, sino en actitud. Su turbio corazoncito late deprisa cada vez que el soldado corpulento número uno se acerca. Es mi papá número 1. También el papá número 2 pega a mamá y la insulta y después le revienta las caderas con sus sucios dedos y su sucio pantalón, de sucio soldado, bajado hasta los tobillos. El cinturón de papá número 2 es menos duro sin embargo que el cinturón de papá número 1 y más duro que el de papá número 3, que tiene unos ojos azules como el cielo que nunca se ve azul desde que yo nací. Sus ojos azules brillan, brillan, brillan y casi muerden de rabia cuando poseen la frágil cintura de mamá niña, mamá mujer muerta, mamá heroína de nada y de nadie, mamá superviviente a base de embestidas de mis papas enfurecidos por una especie de claridad cegadora, de una certeza soleada, de un dogma nítido que los ha hipnotizado a todos. A todos. A todos mis papás. Hasta que yo nací. Y mamá me llamó Niebla, para poder mantenerme escondida entre mis propias brumas, entre los barrotes de madera que se pudre entre sus manos mientras me introduce sus pequeños pulgares en la boca, para a su vez ejercer sobre mí, otra hipnosis, la hipnosis de que estoy siendo amamantada, nutrida, alimentada... Así mamo yo. Amor de mamá de sus pulgares que son duros, duros, duros... pero llenos de amor, llenos de odio. Al fin y al cabo el amor desbordante y el odio desbordante son más, mucho más que la nada, que la nada que se ha ido tragando a todas las compañeras de camarote de mamá. Es que mamá me cuenta que en vez de en una celda, estamos navegando en un barco grande, enorme... lleno de camarotes. Navegamos y sobrevivimos gracias a la niebla que a las dos nos acompaña todo el tiempo, todo el tiempo... Mamá me mira. Es la única que me ve. La única que me distingue, la única que aguanta sin pegarme un bocado de hambre envenenada, de hambre de vida. Si sus compañeras, ahora casi todas desaparecidas en la nada, me hubiesen visto al nacer, me hubiesen deseado como a un pedazo de gárgola golosa, un pedazo de conejito suave y tierno. Me hubiesen comido entera esas hembras despojadas de su humanidad, de su dulzura, de su fuerza, de su esencia humana e íntima. Papá número 4 es más joven incluso que mamá y cada vez que mira a mamá llora. Llora pero la golpea después y también le tira de su pelo castaño y aún dorado, su pelo que parece como alas de pájaro... Es asombroso según comentan todos, cómo mamá conserva todo su pelo, cómo su pelo aún brilla entre la oscuridad de las estancias, entre la oscuridad de las almas que deambulan perdidas para siempre. Mamá es como un colibrí que envía señales de color de cuando en cuando entre la niebla que hay por donde yo voy. Mamá que quiere más niebla aún para que no me encuentren, se esconde el pelo debajo de gorros que se fabrica de restos de telas, tejidos que ya no se distinguen de otras materias, restos de ceniza, restos de deshechos de hembras muertas, restos de cuero gastado de las suelas de los zapatos en algún tiempo negros, de los soldados... Mamá es un colibrí y yo soy Niebla. Yo soy escasa, diminuta y mugrienta, dice mamá pero resisto, resisto, porque mi sangre arde de furia y de fuerza, porque mi sangre es la sangre de las víctimas y de los verdugos, es la sangre del odio y del amor, es la sangre de todos los gritos posibles de miedo y de júbilo, la sangre de los que en otros tiempos serán las víctimas de sus víctimas que serán entonces sus verdugos.... Es mi sangre de niebla que se desplaza despacio pero cien por cien amplia y segura hacia el abarcar todos los lugares y todos los resquicios que se puedan abarcar en este barco lleno de camarotes donde las hembras desaparecen entre la pudredumbre de la tierra que han estado escavando apenas unos minutos antes de morir con un grito. Un grito que corre por mis venas. Mientras mis papas gritan de gloria y poder entre los muslos de mi mamá. Otro grito más. Este grito de mis papás también es mío. Me pertenece. También corre por mis venas. Esta soy yo. Esta. Esta niebla que se escurre entre los dedos huesudos y pequeños de mi pequeña mamá niña que está muriendo también mientras yo vivo. Yo vivo. Yo vivo.

Pequeños Deberes- Deja que poco a poco una cálida y suave luz, se adentre en el alma de tus antepasados y que los significados ocultos de su historia queden iluminados al menos para ti...


... "Que los padres sean padres y den, principalmente, la vida, y que los hijos sean hijos y que tomen, principalmente la vida"...
B. Hellinger

 

Fotos-Eva Davidova-"Wedding dress"




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