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El pizarrín

Javier Goñi

Sin timón y en el delirio


Déjenme que les diga que Mario Santiago fue un poeta peruano, quizás, o mexicano, no sé, amigo, eso sí, de amigos de farra, melenudos y poetas, privilegiados si serlo es tener libros e intercambiarlos, allá en México, cuando fueron jóvenes los cuatro. He encontrado la foto en Internet. El segundo por la izquierda es Mario Santiago. El primero por la derecha, pelo alborotado, el eterno cigarrillo en la boca es quien me interesa ahora, del que quiero hablar. El tal Mario Santiago (1953-1998), fundador del movimiento infrarrealista, es el autor de este breve poemilla, “si he de vivir que sea/ sin timón y en el delirio”.


El poemilla lo encuentro a modo de paseusted en la novela La pista de hielo, que acaba de publicar Anagrama, como también editó, el pasado mes de septiembre, del mismo autor, Una novelita lumpen. Y de ese mismo autor anuncia para enero, la misma editorial, una nueva novela –póstuma, quizás hayan imaginado-, El Tercer Reich, de la que leo en Lecturalia, red social de literatura, comunidad de lectores y comentarios de libros, tan sólo esto: “Durante la celebración de un concurso de juegos de estrategia, al que acude Udo Berger para enfrentarse al campeón norteamericano, desaparece uno de los participantes…”. Y hasta aquí leo, pero no por exigencias del guión, como en aquel viejo concurso de la tele, sino porque no dice más; bueno, sí, dice algo más, para emborronar un tanto así el enigma: “una de las primeras novelas de Roberto Bolaño, recuperada por la editorial Anagrama”.

Efectivamente de Roberto Bolaño quiero hablar.

Para usted, sí, usted, la del fondo, la de los pendientes de plata, qué son, desde aquí no distingo bien, las luces del show, ya sabe, deslumbran; qué son, dice, ¿chacales de plata?, qué lindos, para usted, sí, el premio por haber acertado.


Efectivamente de Roberto Bolaño quiero hablar. 1953-2003. Chile-México-España: Blanes, Girona, y falleció en Barcelona.

En 1996 cuando llegó a Babelia una novela de un chileno desconocido, latinoqué-quién, publicada como a desgana por Seix Barral, La literatura nazi en América, Rosa Mora, mi jefa entonces, me la encasquetó. No era un autor de gama alta, lo sería enseguida: para la siguiente ya la cogió en sus manos Ignacio Echevarría, titular de la cosa, por entonces. Me cupo el honor (Masoliver Ródenas, en La Vanguardia, yo en El País: éstas cosas las lleva con buena cabeza Jorge Herralde, autor de Para Roberto Bolaño, Acantilado, 2005) de hacer la reseña de ese desconocido, en Babelia, y por hacer el servicio completo llamé a prensa, a la editorial, no, no estabas todavía, ¿no?, querida Nahir, a pedir el precio del libro, créanlo, y ahí andaba, pasaba por allí, ese día, ha sido un autor muy peleón y batallador –de creer, y cómo no, a Herralde-, el mismísimo Bolaño que había bajado de Blanes para ver cómo iba lo suyo.

(El libro, a pesar de ser excelente, a pesar de servir de despegue de quien es hoy, sin duda, y sin que los usaamericanos, con chacal o sin chacal, lo hayan descubierto, uno de los grandes escritores de ambas orillas, a pesar incluso de las buenas críticas que obtuvo, no fue demasiado bien y la editorial, jacobina ella -jacobinas son todas-, pasado un tiempo decidió tratar la novela como si fuera una testa coronada del Antiguo Régimen y la mariantonietó: el corrector automático sólo me lo permite si lo explico: guillotinó el libro. Bolaño lloró el hecho violento con el mismo ardor que un viejo monárquico, y razón tenía. En fin.)


Bolaño , aquel día, por llamar yo para pedir el precio me obsequió con todas sus obras, o casi, anteriores. Veamos. Usted, amable lector, quizá tenga en su rincón Bolaño una novela de Anagrama –casi todas lo son, lo fueron, ¿lo serán?-, de 1999, titulada Monsieur Pain, sí, ésa. Pues la escribió Bolaño entre 1981 y 1982 y con el título de La senda de los elefantes, obtuvo en marzo de 1993 el Premio de Novela Corta Félix Urabayen, del Ayuntamiento de Toledo. Bolsa, 120.000 pesetas -¡de las de entonces!- y el patrocinio de Caja Madrid –la misma-. Aquella edición princeps me la envió, dedicada, en febrero del 96, con esta dedicatoria: “Esta es la mejor de las tres –o la menos mala- y también la peor impresa, pues es como el gaucho aquel que invitaba a su casa diciendo: la casa es pobre pero tampoco es limpia. Intenta perdonar las erratas, numerosísimas…”

En el mismo paquete, desde Blanes, Girona, venía La pista de hielo, Premio de Narrativa Ciudad de Alcalá de Henares 1992. Esta novela de un desconocido Bolaño fue premiada –caiga sobre ellos el oprobio de haber tenido olfato- por Fernando García-Pelayo Gross, por la parte institucional, se supone, el multiusos Manuel Rodríguez Rivero y el novelista Pedro Sorela Cajiao –es lo que tienen las imposiciones administrativas, te desvelan un segundo apellido, en principio poco literario-. La edición, como suelen ser las cosas institucionales-provinciales, horrible; pero ojo al catálogo de ese Premio: el argentino Daniel Viñas, el estupendo Pedro García Montalvo, nuestro Eduardo Mendicutti, el paisano de Bolaño, Luis Sepúlveda, el malogrado José Ferrer Bermejo (qué tópico lo de malogrado, pero fue un escritor muy interesante, joven, talentoso, y melenudo, que apareció por los años ochenta en las alfaguaras de papel de desecho, y que murió demasiado joven: no quiere decir nada para ustedes, pero para mí sí: yo creí en su talento narrativo, y creo que Ángeles Martín también).


Pues bien, La pista de hielo ha tenido una curiosa trayectoria. En 2003, en plena inmersión Bolaño en el catálogo Herralde (autor, me repito, de Para Roberto Bolaño, Acantilado, 2005, y me lo envió dedicado, Herralde, y si éste escribe el 17-10-05: “…uno de los primerísimos críticos que alertó del talento de Bolaño”, qué voy a hacer sino dejar constancia de ello en este pizarrín, ¿o no?), Seix Barral la rescató. Es de imaginar que fuese algún acuerdo editorial, pues cuando La literatura nazi… se la contrató Mario Lacruz, después de que se la rechazaran, por lo menos, Alfaguara, Destino y Plaza-Janés, le dieron un pequeño anticipo, lo suficiente como para que Bolaño –un escritor, y sólo lo diré en este inciso, que vivió la fama y el reconocimiento sabiendo que la guadaña de su enfermedad ya estaba rascando la puerta de su talento y no cabía huir, por si acaso, por la ventana y refugiarse en la ciudad lejana; Bolaño ya estaba enfermo, Bolaño escribió forzado por su talento y urgido por la necesidad económica- la retirase del Premio Herralde, donde también la había dejado, por ver qué pasaba. Y ahora –estábamos, ¿recuerdan?, con La pista de hielo- , en noviembre 09, Herralde la incluye en su catálogo de hispánicas con el número 460; el otro día.

(Por cierto, en La literatura nazi en América había una historia espeluznante, la recordará quien la haya leído, de un torturador de Pinochet, aviador y poeta visual, piloto de avioneta de rima libre que escribía hermosísimos poemas de amor dejándolos reposar en el inabarcable papel azul del firmamento, con la estela que fluía de su avioneta. Uno, en su reseña, decía, con esas superficialidades propias del oficio, que detrás de esa historia, corta, a la fuerza, había una novela, y qué novela, suspiraba uno. Pasados unos meses Herralde me escribió una notita de las suyas manuscritas,  en la que me anunciaba la aparición inminente de la que iba a ser la primera novela que él incorporaba a su catálogo, Estrella distante; la novela que yo vi –era evidente- en aquella historia atroz del poeta-torturador. Palabras de Herralde: “…como si te hubiese hecho caso. Poco antes de que saliese tu reseña me la trajo: es una versión ampliada y modificada de la estupenda (y escalofriante) historia del poeta-aviador-torturador…”)


… Cómo vamos de tiempo, digo, de espacio…, habrá que ir acabando…, esto es, todo viene a cuento de aquel envío que me hizo Bolaño en febrero del 96. Y aún queda una novela por citar, y ésta, además, escrita a cuatro manos, también “sin timón y en el delirio”. Es, cronológicamente, su primera novela publicada: Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, escrita al alimón, ya digo, con Antoni G. Porta (un escritor de culto, que recibe desde el exquisito catálogo de Acantilado), y que obtuvo (la novela; obtuvieron, ellos dos) el Premio Ámbito Literario de Narrativa 1984, y publicó una editorial algo extraña llamada Anthropos y subtitulada –como un perfume de marca navideña- Editorial del hombre. Este libro, muy interesante para conocer al Bolaño más primitivo la rescató, en hermosa edición, con prólogo esclarecedor de Porta (o cómo escribir a cuatro manos y con cuál sujetas la copa y el cigarrillo humeante) y otros añadidos, en 2006 Acantilado, que también ha rescatado sus poemas, pues Bolaño es también poeta.

Pero acabo ya, y no he dicho nada de Los detectives salvajes y de 2666, sin duda dos de las novelas más importantes aparecidas en español en los últimos años. No tocaba.




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