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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Pornografía del cascote


Una de las entradas del diccionario de la lengua de la Real Academia Española define a la pornografía como: “carácter obsceno de obras literarias o artísticas”.

Después de asistir a las soporíferas dos horas y media de proyección del último megahit  del señor Emmerich, don Rolando, titulado 2012, no me queda la menor duda de que si  este realizador, empeñado en hacer desaparecer al planeta Tierra en todas las formas de  catástrofe posible, pasa a la posteridad, lo hará bajo el sobrenombre de pornógrafo del cascote, tanta es su obscena afición a cargarse el planeta a base de  ataques alienígenas, cambios climáticos, monos prehistóricos  o profecías mayas ─como en la entrega que nos ocupa─.

Creador de desastres mil, este estilista de apocalipsis fílmicos se embarca en una nueva aventura del fin del mundo tomando  al pie de la letra la célebre frase de otro gran pornógrafo ─éste de los auténticos─ que era don Alfredo Hitchcock cuando explicaba (cito de memoria) “que una  película debía empezar con un terremoto  e ir a más”. Si a eso vamos, 2012 lo cumple a rajatabla: el baile empieza en Los Ángeles, continúa en la India y se extiende a todo el mundo. Uno asiste entre perplejo y maravillado a esta destrucción masiva durante la primera hora de metraje, con la boca abierta gracias a unos efectos técnicos realmente apabullantes; los otros 90 minutos, harto de ver lo mismo, la boca continúa abierta, aunque no de admiración sino de tedio profundo y absoluto, y es entonces cuando uno cae en la cuenta de que está viendo un deslavazado refrito de Independence Day, Poseidon, Deep impact, etc., etc., con ligeras variantes de guión, es decir: una copia de una copia de una copia de la nadería más absoluta. No hay guión, no se necesita, solo millones de muertos entre los escombros  y algunos personajes que, ¡oh casualidad!, son los mismos de I+D, a saber: un padre con familia divorciado con hijita, un presidente (de los USA, claro), un científico incomprendido, un marido medio lelo para la ex mujer, dos docenas de secundarios corriendo de un lado para otro, otros tantos para decir patochadas y hacer reír, y un loco que se las sabe todas. Y mucho ¡Bum! ¡Bam! ¡Crash! para animar la fiesta. Con esos mimbres, los actores hacen lo que pueden (más bien  poco, seamos honestos) para salvar la función: ponen su cara algunos famosos en horas bajas ya que el presupuesto se lo traga la parte técnica y no queda dinero para pagar grandes estrellas.


Sí, sí, ya sé que es cine palomitero y de consumo, y que no intenta dar más de  lo que promete: mucho ruido y pocas nueces; pero aún así uno no puede por más que sentirse estafado ante la desfachatez del señor Emmerich en particular, y de Hollywood en general, empreñados en ofrecernos una y otra vez  la misma película con distintos trajes.

Dejo para el final el final más risible (el público que asistía a mi pase lo hizo: se rió de lo lindo) que se ha visto en el cine desde hace años. Pregunto, señores guionistas: si África se salva de la destrucción  por haber subido muchos metros sobre el  nivel mar, ¿por qué a nadie del continente se le ocurre avisar  al resto de los supervivientes del mundo   de que allí podían estar a salvo?

¡Ah, claro, perdonen! Con tanto cataclismo, los móviles no funcionaban. ¡Estáis avisados!




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