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El pizarrín

Javier Goñi

Certezas de chichinabo


Déjenme que les diga que verán. El otro día acabé Sin tiempo que perder (Alberdania, Irún), última entrega por ahora del dietario del escritor navarro Miguel Sánchez-Ostiz, que abarca buena parte de lo vivido y anotado entre 2007 y 2008. En este libro en el que MSO se remueve incómodo ante las muchas certezas de chichinabo –me encanta la expresión, y me la apropio- con las que tropieza a diario en su insatisfactorio ir y venir, dedica muchas páginas a un viaje largo a Bucarest, al Bucarest actual, pues está empeñado en escribir una novela rumana, MSO; él sabrá por qué.


Jesús Pardo

Queda ahí anotado un Bucarest terrible, antipático, veinte años después de aquella revolución de terciopelo del fin de los Ceausescu (un chiste que cuenta Jesús Pardo en Bucarest, Destino, 1991: “Ceausescu va a Moscú a asistir al entierro de Chernienko, y Gorbachov le dice: Bueno, camarada Ceausescu, ya te hemos invitado a tres entierros seguidos, a ver cuándo nos invitas tú a uno”). A Bucarest, en su momento, había llegado MSO en el Simplon-Orient Express de raíles de papel: por ejemplo, en el libro de Paul Morand, que no conozco, o el de Misión en Bucarest, que sí (Prensa Española, 1965), la novela inacabada de Agustín de Foxá, que iba a formar parte de sus Episodios Nacionales de camisa azul que tú bordaste ayer, ese relato de un españolito de bien que sirve –en un barullo de lealtades, donde prima el cinismo de muchos quilates- como diplomático –Foxá lo era- de la República y, a la vez, del Gobierno de Burgos.

Cuenta Foxá que se encontró en Burgos a Jaime Miralles, quien le invita a su domicilio de la calle Laín Calvo –calle muy comercial hoy día, entonces no sé-. Este Miralles era uno de los cuatro hermanos Miralles, falangistas todos, que dieron, algunos, la vida por sus ideales y que tuvieron calle en Madrid, en el barrio de Salamanca, calle Hermanos Miralles, y que hoy es calle General Díaz Porlier: ya que se le repuso, es de suponer que habría sido un militar anterior al último chandrío bélico. Por cierto, compruebo en Internet que en una subasta se pagó sesenta y tantos euros –ojo al dato, que decía el clásico- por la placa azul, en este caso por municipal, de la Calle de Los Hermanos Miralles.


¿Me creerán si les digo que la otra tarde iba yo por el barrio de Salamanca ojeando un libro que acababa de adquirir, La novela del adolescente miope, de Mircea Eliade, que para Impedimenta ha traducido y prologado Miriam Ochoa de Eribe, y que para no ser atropellado por una bici de ésas que van por nuestras aceras, las de los peatones, como le ocurrió, es sabido, al propio y citado Jesús Pardo, aunque a éste le quiso atropellar un coche testarudo y él cruzaba en diagonal la Plaza de Castilla y estaba, además, leyendo y traduciendo simultáneamente a un poeta húngaro y sueco, o sueco-húngaro, no sé: me creerán que entré, con mi Mircea Eliade, a tomar un café?


Busuioceanu

Pues sí, los frecuentadores del barrio no me dejarán por embustero, el acreditado establecimiento de cafés y licores, a mezclar a discreción, está enfrente del portal de General Pardiñas, 32, que es paralela a General Díaz Porlier, ya saben, y ¿qué dirán que hay puesta en la fachada?, pues una muy señorial lápida recordatorio-funeraria de que “en esta casa vivió Alejandro Busuioceanu, poeta rumano de lengua española”. Este rumano (1891-1961), en los muy primeros años cuarenta, era consejero cultural de la embajada en Madrid. Como los rumanos de aquellos tiempos eran más nazis que los mismos alemanes nazis, Busuioceanu se exilió en el 45 en Madrid y aquí murió en 1961. El agregado cultural se habría reunido con Mircea Eliade, destinado entonces en la embajada en Lisboa, cuando éste, muy interesado por el iberismo del eje Salazar-Franco, viajó por España y se entrevistó con Eugenio d'Ors. Eso lo cuenta Eliade en Diario portugués (Kairós, 2001; la traducción, como tantas cosas buenas rumanas, es de Joaquín Garrigós), donde también alaba, por cierto, el grado de entrega y de sacrificio de D'Ors que todos los años por Navidad daba al fuego purificador el texto más bonito que él creía haber escrito a lo largo del año.


Garrigós también tradujo para Pre-Textos la novela de Eliade Los jóvenes bárbaros (“Huliganii”, en el original), una novela publicada en 1935, a los 28 años, y donde retrataba a su generación –buena parte de ella fascinada por el mal representado por el fascismo y la extrema derecha: y ahí están los pasados de Cioran, de Ionesco y desde luego, posiblemente el que más, de Mircea Eliade-, donde describía a la Gran Rumanía de los años treinta. La novela del adolescente miope la empezó a escribir Eliade a los 17 años, sin buscar inspiración, confiesa, no la necesitaba, sólo escribir todas las tardes sobre su vida, que él, adolescente miope –se consideraba irremediablemente feo-, conoce tan bien. Ese adolescente miope muchos años después, acabada la guerra mundial, incluye en unos de sus diarios franceses (Garrigós preparó una selección para Kairós en 2001) una anotación de septiembre de 1948, donde muestra su preocupación por el destino de la vieja Europa y la necesidad de tener que emigrar al Nuevo Mundo, a América; él se trasladó a Estados Unidos. Subraya la necesidad de abandonar Francia, cree que los rusos van a ocupar Europa entera. Y en una anotación de octubre de esos años, mientras está trabajando en su obra El mito del eterno retorno, se pregunta angustiado cuánto tiempo les queda, cuándo vendrán. Los rusos.


Los rusos llegaron a ocupar Bucarest, y ahí estaba, esperándoles, el gran amigo de Eliade, el escritor judío Mihail Sebastian: entonces, ser judío y rumano llegó a ser peor que ser judío y alemán: los mismos nazis tuvieron que frenar planificándolo el ardor antisemita de los aliados rumanos. A una de las interlocutoras que tiene Sánchez-Ostiz en el Bucarest actual ese diario le parece –ignoro por qué- poca cosa; para mí, en cambio, el Diario 1935-1944, de Sebastian, que ha permanecido inédito hasta hace poco y que en 2003 tradujo –una vez más- Garrigós para la Editorial Destino, es uno de los libros de memorias que más me ha emocionado recientemente. ¿Por qué? Por nada.


Porque Sebastian (algunas de sus novelas en Pre-Textos e Impedimenta) en esos años que abarca su dietario, él que en los años treinta ha sido uno de los grandes escritores rumanos del momento –pero judío-, acepta la deriva ideológica –Guardia de Hierro, el mariscal Antonescu- de su patria, el desarrollo de la guerra, la imposibilidad de poder escribir por ser judío –como dramaturgo de éxito tiene que estrenar con el nombre de otro; años después en EE UU, “la caza de brujas”, La tapadera, aquella película de Martin Ritt, con Woody Allen y Zero Mostel interpretándose a sí mismo de rojo y judío, y haciendo mutis por una ventana de hotel; otra época, otra situación: los inquisidores siempre se tocan-. Y en ningún momento, frente a la adversidad, y lo anota absolutamente, y lo grita patéticamente, renuncia a vivir, a escribir, a enamorar a las mujeres ajenas –al parecer tenía cierta habilidad-,  a vestirse elegantemente, a comer dignamente, a pasear por las alamedas de Bucarest despreocupadamente. Todo lo sufre, todo lo anota. El gobierno rumano pronazi huye, entran los rusos. Y él, rehabilitado, afrancesado hasta el final de su vida, se dispone a coger un tranvía para ir a dar su primer día de clase, para explicar a su amado Balzac. Atrás queda todo el horror vivido, y anotado: ese primer día del futuro un camión ruso accidentalmente lo mata. Cosas como éstas quizás no sean certezas de chichinabo, quizá la expresión le haga torcer el gesto a alguna internauta. Pero me gusta tanto la expresión de MSO, que déjenme que la deje.  




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