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El pizarrín

Javier Goñi

Un bollo de mermelada


Déjenme que les diga que aunque dice el tópico con prestigio de tango que veinte años no son nada, veinte son muchos, y más cuando llueven sobre mojado, con los ya vividos, y todo se amontona y se alborota. No es cierto, no, que veinte años no son nada, y tanto que lo son: no les digo más que este pasado 9 de noviembre fue lunes, y aquel fue jueves, cuando el Muro de Berlín cayó esa noche como un castillo de naipes y los de Telemadrid enviaron a Hilario Pino y a su alegre muchachada a hacer las noticias a pie de obra, entre los alegres y esperanzadores escombros: ahora en Telemadrid no hay más esperanza que Esperanza Aguirre. Uno que ha sido muchas cosas, hacía televisión por entonces en el joven El Mundo y la muchachada de Hilario Pino me regaló –por hablar bien de ellos- un trocito de Muro. Lo conservo no sé dónde.


Estoy leyendo, estos días de cambio de mes, un libro apasionante, de esos que escriben los historiadores ingleses como si fuesen escritores y con plumas –en las alas- de periodistas. Se llama, sin más, El Muro de Berlín (RBA) y lo ha escrito Frederick Taylor. Relata, como no podía ser menos, el viaje, en junio de 1963, de Kennedy a Berlín, cuando dijo aquella célebre frase en alemán: Ich bin ein berliner, que no quiere decir –como creíamos todos- “yo soy un berlinés”, sino, nos aclara Taylor, “yo soy un bollo de mermelada”, que eso era, por entonces, “ein berliner”, un bollo de mermelada. Kennedy debiera haber dicho Ich bin berliner, yo soy berlinés.


En fin, anécdotas aparte, como todos, más o menos, recuerdan qué hacían aquel jueves 9 de noviembre de 1989, hace tan solo –o tanto- veinte años, uno que ya es un señor mayor quisiera recordar, con palabras extraídas de algún polvoriento archivo –que alguna vez pretendió acaso ser novela- de este pizarrín, y amparándose en la libertad que éste le proporciona, lo que hacía otro día célebre de noviembre, éste de 1963, cuando asesinaron a Kennedy y la cosa se pudo ver –ya- por televisión (b/n). Al fin y al cabo, si Enrique Vila-Matas escribió un estupendo libro de artículos de conmemoraciones literarias fuera de fecha, Para acabar con los números redondos (Pre-Textos, 1997), por qué no recordar, ahora, lo de Kennedy del 63 en este noviembre del 09; algo así como: 

Le llamaste por el patio, a gritos, como acostumbrabas, que qué pasaba, Marcos mirando hacia arriba desde la cocina, donde alguien había dejado de batir los huevos de la cena, como si también quisiera enterarse de qué ocurría, a qué venían esos gritos, y tú, que subiera, que se diera prisa, que lo estaba dando la tele, la de tu abuelo, aquel viernes de noviembre, cuando Marcos subió a tu casa, Falo, y tu abuelo, serio, muy serio: qué desastre, qué desastre, decía, y Marcos en voz baja: qué pasa, qué pasa, y tú en un susurro: han matado a Kennedy, a Kennedy, macho, a Kennedy, y aquel locutor de televisión, Eduardo Sancho, con la noticia al alcance de todos los españoles.


Ich bin ein berliner, ich bin ein berliner: herr S. emocionándose en clase –Colegio Alemán, Zaragoza-, aquel rudo nazi desmemoriado o ganado para el futuro por reconstruir de Adenauer, dictando esa frase, ich bin ein berliner, que había pronunciado Kennedy en Berlín, dictándola como ejercicio de caligrafía. O tal vez fue fräulein A., y se le saltaban las lágrimas, que era de lloro fácil, que bien lo mostró: Franco, Franco, Franco, una mañana que pasó como una exhalación, el Führer Caudillo, con su guardia mora al trote por el Paseo de Fernando el Católico, que iba con el tiempo justo –Franco, Franco, Franco- a inaugurar la Feria de Muestras, allá arriba, o regresaba de hacerlo con un surtido regional de lealtades inquebrantables, y la fräulein, que creía acaso estar todavía en las avenidas de Nuremberg, cuando su juventud, y no en la Gran Vía: kinder, gritad conmigo, alles: Caudillo, Caudillo, Caudillo. A la fräulein, o a herr S., que tenía una regla larga de las de medir en su sueño los límites del Reich, y con la que, en la derrota, golpeaba las nalgas de los niños malos, y todos los niños sois malos, jawohl, y como el ogro que se comía los niños de dos en dos, de un bocado, herr S. ponía al niño bocabajo sobre sus piernas y golpeaba con eficacia teutona. Fräulein, al dictado: Ich bin ein berliner; herr S. de castigo: copien en su Schreibheft cien veces: Ich bin ein berliner. Kennedy, en Berlín, unos meses antes, y ahora lo habían matado. A Kennedy. Jo, tú.


Y tú: di, abuelo, ahora qué va a pasar. Que qué va a pasar, preguntas, que qué va a pasar, a tu abuelo le gustaba tomarse un tiempo antes de contestar, supongo que lo había aprendido de los malos estupendos actores de revista a los que veía, ocasionalmente si había pase de favor o de ex combatiente, para el caso lo mismo, cuando venían de gira a Zaragoza, por fiestas; que qué va a pasar, os miraba a los dos, y aún tenía cuajo para servirse un poco más de vino con sifón. Pues qué va a pasar, estallaba, y resolvía: nada, que Nikita Kruschev –una sopa de rotundas consonantes- nos va a poner otra vez los misiles mirando para acá; pues que los ponga, se airaba, que los ponga, y Marcos te miraba excitado: otra vez los misiles, como cuando la crisis de Cuba, de un año antes.

Son como supositorios gigantes, le habías explicado muerto de risa, la prensa y la radio locales dando la tabarra, y es que resultaba que el jefe ruso -Nikita, os descojonabais en la calle con el nombre, Nikita, ven, Nikita, mariquita, aquí estamos, los de Zaragoza, Nikita, mariquita-  había amenazado con dirigir los misiles hacia todos aquellos lugares donde hubiera una base americana, y en aquellos días de alarma estabais siempre en la calle, Marcos y tú con dolores de cuello de tanto vigilar el cielo. Si serás tonto, le decías, ¿qué crees, que los vamos a ver venir así como así?, decías, y tú: ¿qué sabes?, intentaba justificarse, a lo mejor sí, sí, hombre, le interrumpías con esa impaciencia que en ti ya era señal de personalidad, y uno caerá en el Pilar y no explotará, como aquella bomba. Aquella bomba, cuando la Cruzada de tu abuelo y sus amigos, la soltó un avión rojo, encima del Pilar, qué barbaridad, y no estalló, qué canallada, resumía tu abuelo.

No se atreverá, no, volvía a la carga tu abuelo, a lanzar un misil contra el Pilar. Di, abuelo, ¿hace mucho ruido un misil, di? Pues más que una bomba seguro, decía, y con un efecto devastador. Esta coletilla la repetía mucho cuando la crisis de los misiles, cuando lo de Cuba, se ve que la había leído en El Heraldo de Aragón, se ve. Efecto devastador: era sin duda frase de periódico, afecto, y todos lo eran. De una lealtad de inserción obligatoria. A ver. Aquel noviembre del 63. Aquel noviembre del 89. Este noviembre del 09.




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