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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El segundo obús


Posiblemente sólo un emigrante, un desplazado de guerra, o un refugiado político auténtico, pueden escribir sobre su condición de una manera tan políticamente incorrecta como lo hace Rawi Hage en su novela El juego De Niro. Ningún escritor occidental se hubiera atrevido a dibujar un personaje como Bassam, tan indeseable, tan vividor, tan insolidario, tan lleno de aristas, porque hubiera sido tachado inmediatamente de xenófobo para arriba por la crítica y los lectores. No es el caso de Hage, que salió de Beirut poco después de las matanzas de Sabra y Shatila, vivió unos años en Nueva York y terminó asentándose en Canadá, donde actualmente reside.

Su experiencia de la guerra del Líbano, vivida en primera persona, le otorga patente de corso para retratar en toda su absurda realidad y crudeza la manera de sobrevivir de un sector de la población de su ciudad a lo largo del año 1982 en plena guerra fratricida entre los nacionalistas y falangistas cristianos de un lado, y los guerrilleros musulmanes y de la Organización para la Liberación de Palestina del otro, empeñados ambos en borrarse del mapa mutuamente con la ayuda inestimable, todo hay que decirlo, del ejército israelí.

Este es el tiempo y el lugar elegido para el comienzo de la novela: entre los restos de una ciudad calcinada por las bombas y los combates, Bassam y George, amigos desde la infancia y ahora adultos, deben decidir qué hacer con sus vidas y su futuro. George opta por quedarse en Beirut y hacer carrera en la milicia cristiana como única forma de adquirir con rapidez poder y dinero y para ello estará dispuesto a convertirse en un asesino a sueldo uniformado. Bassam, por su parte, quiere salir de aquel infierno a toda costa, pero esa decisión cuesta un dinero que no tiene, así que se dedica a trapichear, robar y lo que sea necesario hasta que logra dejar el país y llegar a París, donde se da cuenta que siempre hay un segundo obús que cae unos minutos después del primero y que causa más destrucción y un mayor número de víctimas que su antecesor, según le explicaba su padre de la técnica de bombardear de los sirios. De alguna manera, Bassam arrastra con él las miserias de una guerra que ha creído dejar atrás en su huida.

“El aburrimiento desempeña una función importante en las guerras”, afirma Hage. Y uno de los logros de la novela es retratar esa futilidad, aprovechada por cualquier movimiento nacionalista sea del tinte que sea, de encandilar a la multitud de jóvenes desubicados y sin nada que hacer que genera un conflicto armado, a los que si les das un uniforme, un fusil y una paga, por ínfima que sea, los conviertes en incondicionales a la causa.

El juego De Niro es una novela áspera, violenta, y por momentos desagradable como el mundo y las personas que describe. Escrita casi con técnica periodística, su ritmo es, a veces, extenuante y la galería de personajes, numerosa. La voz del golpeado Bassam es quizás su mayor logro narrativo y la mezcla de acción con un contrapunto de lirismo proveniente de la poesía árabe funciona en algunas ocasiones, no todas, lo que desequilibra el resultado final, ya que de haberlo logrado estaríamos ante una novela memorable.

El juego De Niro ha obtenido numerosos premios, entre ellos el Impac, con una nómina de autores prestigiosos en su haber. Tal vez lo haya merecido, pero mucho me temo que más por lo que cuenta (mala conciencia habemus en el mundo occidental) que por la forma en que lo cuenta. Aun así es una novela que merece leerse, y lo que sí es seguro es que a nadie va a dejar indiferente.




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