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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Pintar o hacer el amor


Castillos de cartón confirma que Salvador García Ruiz es uno de los realizadores más personales del cine español actual.

El director de Mensaka (1998) y Las voces de la noche (2003) se apoya de nuevo en un soporte literario para construir una historia personal, sobria, visualmente arrebatadora  y llena de buenos momentos. El gran lastre de es precisamente su endeble premisa argumental: la novela homónima de Almudena Grandes, historia de un trío de jóvenes que exploran juntos el amor, el sexo y la rivalidad mientras acaban sus estudios de Bellas Artes en el luminoso Alicante de finales de los años ochenta.

María José (Adriana Ugarte), Jaime (Biel Durán) y Marcos (Nilo Mur) se conocen y  compaginan los estudios de pintura con el amor a tres bandas y la exploración de sus cuerpos y sus mentes en una plácida, sólida  y a la vez frágil soledad. La película ha sido presentada como una historia de erotismo, pero en realidad es un filme melancólico  sobre la imposibilidad de conjugar el amor y el cerebro, la pasión y el intelecto, la sexualidad y lo racional.


Castillos de cartón bebe demasiado en su primera parte de otros filmes que ya han tratado el tema del triángulo amoroso y su oposición a las convenciones sociales como Jules et Jim de Truffaut o Soñadores de Bernardo Bertolucci, pero la película avanza con sabiduría hacia una desnudez y un ascetismo absolutamente personales, despojándose progresivamente de los diálogos afectados del original literario y de cualquier atisbo de morbo, moralina o tremendismo. Estamos ante una historia de interiores cálidos u opresivos, un relato sobre la dificultad de encontrar el equilibrio, sobre el arte y el amor, sobre los problemas sexuales como metáfora de la mutilación emocional y las luchas de poder; sobre la búsqueda de un ideal afectivo al margen de una sociedad y de un mundo «adulto» que queda exageramente desdibujado.

El guión —obra del también realizador Enrique Urbizu— es extremadamente contenido y atento a los aspectos cinematográficos, incluso en detrimento de los aspectos más dramáticos y de los propios protagonistas de la historia.

Tal vez lo peor del último filme de García Ruiz sea que, a pesar del esfuerzo interpretativo —particularmente el de Adriana Ugarte y Biel Durán—, los actores no están a la altura de los personajes de un relato sobre la soledad y la búsqueda de la estabilidad y el éxito en el seno de una sociedad gris y asfixiante que queda totalmente fuera de campo.




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