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El pizarrín

Javier Goñi

V certamen Campo de los Patos


Déjenme que les diga que estoy leyendo, con verdadero placer, Mis premios, un libro inédito de Thomas Bernhard (Alianza Literaria), en donde el escritor austriaco, que renegó de su país y de su paisanaje, no sé si también de su paisaje, va recontando, con ácida ironía las más de las veces, los premios que recibió y las circunstancias que rodearon la entrega de los mismos.


El peruano-hispalense Fernando Iwasaki publicó el mes pasado una divertida colección de cuentos, España, aparta de mí estos premios (en Páginas de Espuma, dónde si no), donde incluye varios relatos supuestamente premiados en los más disparatados concursos o certámenes provinciales y tiene la humorada, Iwasaki, de incluir las bases y el jurado, cuya composición varía salvo en un fijo, el gran escritor de cuentos y todavía mejor persona, Hipólito G. Navarro, conocido en el gremio como Poli.

En los jurados reales, y no imaginados como éstos, suelen aparecer, por cierto, como piezas fijas, Fernando Marías (éste es un escritor de Bilbao que anda por la vida literaria con éxito pero sin papeles: le oí en cierta ocasión a Javier Marías que aunque había por ahí un escritor de Bilbao con ese nombre, el único Fernando Marías auténtico era su hermano, historiador del arte; palabra) o Espido Freire o Ángela Vallvey. Estos son –casi- fijos.


A Bernhard los premios le arreglaron la vida –como a Ángeles Caso, ganadora natural del Planeta último-, éste para pagar el primer plazo de esa vivienda digna que todo escritor que se precie debe poseer, o aquel otro para tapar algún agujero; y así. Hasta pudo comprarse, con uno de ellos, un coche de lujo que dejó destrozado –siniestro total- en una carretera balcánica. Ignoro, en cambio, qué hizo con aquellas perras el ganador –entre otros tropecientos mil- del Segundo Premio del XIV Certamen Literario María Agustina (perseverancia: en el XVI Certamen obtuvo el Primer Premio), del III Certamen Ciudad Encantada, del X Certamen Villa de Sonseca, del V Certamen Campo de los Patos, del IV Certamen Ciudad de Dos Hermanas, y fue finalista –incluso- en el XVI Concurso Ciudad de Tudela, o en el IV Premio Max Aub.

Este escritor, laureado y fogueado en la geografía provincial de los certámenes varios, nacido en 1970 en Baracaldo (Vizcaya) y crecido en Zamora, la tierra de sus padres, que ha llegado –incluso- a escribir una Tercera –el otro día; una o varias- de ABC, una tercerita que decía Umbral, tenía o tiene –de creer al taimado Trapiello, que lo contó conteniendo la risa en uno de sus recientes diarios- en su casa de la calle Leganitos –esta calle salía en el Monopoly, ¿se acuerdan?- toda una estantería con estos y otros muchos trofeos a modo de exvotos de su larga, trabajada y fecunda vida (premiada) literaria, a pesar de su insultante juventud.

Pero déjenme que les cuente un sucedido real sobre los certámenes provinciales, esos premios modestos o no, a los que no concurrió, de todos modos, Thomas Bernhard, y ocurrió en la fría y machadiana ciudad de Soria en un certamen poético en honor de las virtudes de Leonor, y en el que, por rebote que no viene al caso, acabaron de jurados dos jóvenes entonces promesas de la crítica (el arriba firmante) y de la crítica y de todo lo demás el otro (llegó hasta ministro de Cultura): presidía el elegantísimo don José García Nieto, que entre galanteadas a una conocida arpista española y palabras tranquilizadoras a su señora madre –de la arpista- supo mover el bombo de las bolitas ganadoras. El leño de la discrepancia ardía en la fría ciudad soriana y varios veteranos no se dejaban doblegar por el ardor guerrero del señor García Nieto, garcilasista en su juventud y el hombre que mejor ha paseado el sombrero por las calles de Madrid camino de su empleo municipal y había que verlo cómo echaba la mano al sombrero si se le cruzaba una mujer –cualquiera, La Mujer-. Pues bien, sigo: estaban en discusión para que no se lo llevase un tal JM, de Sevilla, muy trincón de premios por entonces; dicho sea sin ánimo de ofender –JM no era, claro está, Carlos Murciano, de Arcos de la Frontera, que los tuvo todos, en otras épocas-. El presidente, sabio, nos supo conducir hacia un poemario, interesante –de haber dicho excelente, hubiera alertado la liebre-, escrito por un latinoamericano –argentino, acaso, dedujo García Nieto por algunas particularidades rioplatenses, añadió-, y poco a poco, nos fuimos decantando por el rioplatense. Ganó. Se oyó a uno de los sudados veteranos, comprometido en parar los pies al señor Presidente del Leonor de Poesía de aquel año: por lo menos no lo ha obtenido JM, de Sevilla, se enjugó el rostro con un pañuelo de lunares. El resto se lo pueden imaginar; es obvio: abrióse la plica y el de las peculiaridades rioplatenses era –efectivamente- JM, de Sevilla. Don José García Nieto se había levantado ya discretamente dejándose seducir por los ecos de un arpa que sonaba al final del pasillo: por la tarde, en la proclamación oficial, actuaba la hermosa arpista: María Rosa Calvo Manzano




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