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Sara Orúe

Halloween y otras americanadas


—¿De qué te disfrazaste en Halloween?
—Como me preguntas Tío Ra, si salimos juntos.
—Por eso te pregunto, porque te vi, durante varias horas de hecho, y todavía no sé de qué carallo ibas disfrazada.
—¿Y por qué no me lo preguntaste?
—Me daba miedo. En serio, no sé de que ibas, pero miedo dabas, ya lo creo que dabas.

Es verdad, este Halloween mi indecisión me jugó una mala pasada. Les cuento.

—No hace falta que cuentes nada.
—Sé que no hace falta, pero quiero hacerlo.
—No me parece bien que uses esta plataforma de cultura y ocio para exorcizar tus demonios más temidos.
—Y a mí no me parece bien que me des la tabarra, Julieta, por todos los santos.

El caso fue que, desde que vi las fotos en Internet lo tenía decidido. En Halloween me iba a disfrazar de las hijas de Zapatero.

—De cual de ellas.
—De las dos, total, tenían la cara pixelada.

Sin embargo, en el último momento, leí la historia de Agassi y las pelucas y, natural, me entraron las dudas.

—¿Agassi lleva peluca?
—Llevaba, Tío Ra, llevaba.


De hecho dice que la final de Roland Garros que jugó  en 1990 la perdió porque llevaba una peluca que se le movía y estaba mucho más concentrado en que su bisoñé no saliera volando por los aires que en el triunfo. De re-hecho dice que, su auténtico triunfo, fue terminar la final sin que se descubriese su gran secreto.

—¿Qué era gilipollas?
—No que era calvo.
—Pues eso, calvo y gilipollas.

Nunca más miraré a Agassi con los mismos ojos.

—Lo que sí es verdad que nunca, le mires con los ojos que le mires, le verás con los mismos pelos.

Y, de cajón, una vez conocida esta historia, comenzó a tambalearse mi firma convencimiento de disfrazarme de hija de Zapatero y, en mi aturullada mente, cobraba forma la idea de disfrazarme de Agassi con pelucón.

—Ajá, ahora lo entiendo todo.
—¿Qué entiendes?
—Por qué ibas con Doc Martins, con sayas negras y con un pelucón rubio ochenteno con cinta en la frente.
—Efectivamente. Impactante, ¿no?
—Bueno, parecías una versión gótica y algo absurda de Eva Nasarre.

Claro, que de haber visto antes las fotos de Mrs. Obama disfrazada de…. leopardo domesticado o algo similar, no me lo pienso dos veces, y añado a mi apañadísimo disfraz de Agassi Zapatero Espinosa, una camiseta de estampado felino.

—Un hubieras dado susto, hubieras dado risa.
—Puede ser.


Para reírse o para asustarse, todavía no lo tengo claro, el asunto ese de los dos pilotos americanos que, enfrascados en una discusión por sus nuevas condiciones laborales, olvidaron que debían aterrizar y se pasaron unos 250 km. De su destino.

—¿Se olvidaron? ¿Y no se lo recordó nadie?
—Parece que sí, que desde la torre de control por radio. Pero, como estaban discutiendo a grito pelao, no se enteraron.
—La noticia dice que estaban inmersos en una conversación.
—Pues eso, que estaban inmersos en una conversación a grito pelao.

El caso es que se dio cuenta una azafata de que no descendían y les avisó. Total, que no hubo heridos ni nada, pero aterrizaron con más de una hora de retraso (no, no eran pilotos de Iberia) y les han quitado la licencia de pilotos. A la p--- calle, por poco majaderos.

—No es para tanto, pienso yo. A mí una vez me paso lo mismo. Iba en el Ave a Zaragoza, me distraje y me fui a Madrid. Nadie me quitó nada ni me regañó ni me sacó en los periódicos ni ná de ná.
—¿Tú eras el maquinista Tío Ra?
—No, era pasajero de normal, ni siquiera de preferente.
—¿Tenías tú la responsabilidad de parar el tren?
—¡Qué voy a tener! Yo lo que tenia era sueño y me distraje durmiendo.
—Pues no te pasó lo mismo. Ni parecido.
—Si tú lo dices.
—Yo y el sentido común.

¿Por qué será que los americanos protagonizan gran cantidad de noticias absurdas? ¿Porque son muchos o porque son… muchos?




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