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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Resurgir del agua

Hubo una vez un real sitio llamado La Isabela, un balneario de aguas benefactoras ya conocidas desde la época romana ─Ercavica, una de las ciudades más importantes de la Hispania romana estaba a tiro de piedra en la margen opuesta del Guadiela─ situado a poca distancia de la villa de Sacedón entre las provincias de Guadalajara y Cuenca.

Fue Fernando VII, el deseado para algunos, el que a instancias de un tío suyo, el infante Don Antonio, enamorado del lugar y de sus aguas medicinales, construyó en torno al manantial uno de los lugares más idílicos y hermosos de nuestra geografía. Cada año, hasta el reinado de Isabel II que se decantó por San Sebastián, la corte pasaba allí una temporada de verano. Se construyó un palacio, una casa de baños y un pueblo completo tirado a compás rodeado de bosques, huertas y jardines para hacer más grata la visita de los reyes y sus acompañantes. Tras la deserción real pasó a manos privadas y fue lugar de reposo preferido de la alta burguesía madrileña durante todo el final del XIX y principios del XX por la belleza del lugar y la bondad de sus aguas medicinales.

En los años veinte del pasado siglo un nuevo propietario remozó el balneario completamente, dotándolo de los últimos adelantos científicos con el sueño de convertirlo, y a punto estuvo, en un émulo de Mariembad, Badem-Badem o Vichy por citar algunos de los mejores establecimientos europeos de la época y conoció un resurgimiento glorioso que se extendió hasta la guerra civil en que fue convertido en hospital psiquiátrico y tras ella, con la construcción del embalse de Buendía se firmó su sentencia de muerte, y quedó para siempre inmerso en la profundidad de las aguas del remansado Guadiela de las que sólo emerge cual un Brigadoom patrio en épocas de sequía propiciadas por la avidez incontrolada de un levante derrochador e insolidario.

Pero La Isabela sigue viva en la memoria de la memoria de muchos de los que allí vivieron o por allí pasaron alguna vez. Guiada por un flechazo inesperado, este hermoso enclave, ya perdido irremediablemente, ha sido elegido por Teresa Viejo, periodista de justa fama y autora hasta ahora de dos libros de autoayuda, como escenario para el desarrollo de su primera novela de título La memoria del agua que hace escasamente un mes apareció en las librerías.


Le basta a la autora una breve introducción en la época actual y un prólogo con la presentación de unos pocos personajes, para atrapar al lector. Unos personajes que más tarde, a lo largo de la narración irán uniendo los mimbres sueltos que parecen ir quedando en la historia y que remataran una novela que se lee con creciente interés y en la que varios géneros: negro, costumbrista, romántico se van solapando con soltura técnica en su primera parte, y que en su segunda adquiere un tono decididamente más dramático y testimonial.

Estamos en Junio de 1922 y La Isabela comienza como cada año su temporada de baños. Cinco días decisivos y unas muertes inesperadas van a alterar la apacible paz de este edén alcarreño. Gracias a los ojos de la adolescente Amada, hija del dueño del balneario y de algunos de los protagonistas iremos descubriendo una serie de dramas públicos y privados narrados con una pericia inusual en una primera obra; y a través de ellos descubriremos también la cartografía del lugar y de sus gentes. Conoceremos la casa de baños, la fonda, la posada, las calles, las casas, los paseos, los jardines, las fuentes, las huertas y el bosque en un decorado que emerge rescatado del olvido en el ámbar de la memoria.

Avanza el tiempo y los años pasan narrados en escuetas pinceladas y con la ayuda de alguna atrevida elipsis para situarnos en 1937, en plena guerra civil, cuando Amada, ya mujer, vuelve dispuesta a rescatar unos muebles del ya desvencijado, y reconvertido en hospital psiquiátrico, balneario. Apenas nada le recuerda al mítico lugar que había sido años antes, pero le sirve para, en sólo cinco días, descubrir la nueva y aterradora realidad del lugar y, de paso, encontrar a alguien que va a cambiar su vida para siempre.

Levantar ese mundo mítico de La Isabela y reconstruirlo casi «físicamente» ha requerido a su autora una larga y minuciosa investigación, pero el resultado final es tan atrayente que deber estar satisfecha del resultado. A mí, como lector interesado (llegué a conocer el lugar en pleno desmantelamiento en los primeros cincuenta cuando aún era un niño) me ha devuelto muchas de las historias, no tan lejanas de la ficción urdida por Teresa Viejo, que se contaban en casa sobre el esplendor y la magia de un lugar como La Isabela.




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