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El pizarrín

Javier Goñi

Micciones de Borges


Déjenme que les diga que el otro día anoté no sé donde una cita de Arsène Wenger, cualquier francés que lleva el acento, como Arsène, mirando hacia ese lado es, sin duda, un auténtico homme de lettres, además de …dorsales, dado que es el manager del Arsenal, en la que hablaba, Arsène, de los egos de los futbolistas, que había que cuidarlos de forma especial. Y se me ocurrió que podía compararlos con el de los escritores, que los tienen, vaya que si los tienen, y se me ocurrió, el jueves 22, mandarle un e-m a Juan Cruz, que sabía, por su blog, que estaba en Buenos Aires. Sobre el don de ubicuidad –que no de la ebriedad, sólo bebe agua con gas, a poder ser Perrier- de Juan Cruz hay una leyenda no urbana, sino ultramarina que afirma que en cierta ocasión se cruzaron, en mitad del Atlántico, dos aviones y en los dos, afirman testigos cualificados –interrogados por separado- viajaba Juan Cruz.


Pues bien, el jueves 22, un día como otro cualquiera, en un Madrid lluvioso a ratos, ventoso también, un día en que El Mundo celebraba, a lo grande, sus veinte años o lo que es lo mismo la entronización de un yo superlativo, un ego como para decir basta, el de su director, un día cualquiera en el que dos políticos de raza, el alcalde Gallardón y la tigresa de la Comunidad llevando ella, maternal, en un brazo a su vicepresidente Ignacio González, se montaron en plena calle una extraordinaria sesión de pressing catch, con un Rajoy de árbitro, tirado al suelo, para ver quién mordía totalmente la lona de asfalto, ese jueves de egos (políticos) revueltos y de vientos desapacibles le mandé –digo- a Juan Cruz un mensaje, a ver si podía utilizar, en este rincón, los suyos, sus egos (literarios) revueltos. Y desde Buenos Aires me contestó –periodista informado siempre- espera hasta mañana: a las tres horas de recibir su prudente contestación ya estaba en Internet que había ganado el Premio Comillas dedicado a memorias y biografías, que promueve Tusquets, con su libro Egos revueltos.


Antes del verano Juan Cruz me envió una primera versión de este divertido bestiario sobre los egos revueltos de los escritores (los escritores siempre desayunan egos revueltos allá donde van, es sabido), que comienza con un Cela desamparado y despótico en un hotel de Tenerife, con un joven Cruz de solícito ayuda de cámara, y acaba con un Benedetti fallecido tan sólo hace unos meses en Montevideo. Hay muchos egos revueltos a toro pasado –buena parte del libro es una larga, emotiva e inevitable necrológica colectiva-, y otros están muy vivos y coleando –Herralde y Vallcorba, por ejemplo: Egos revueltos son también las memorias de un editor, que lo fue, en los años noventa, en Alfaguara-. A casi todos los apreció y estuvo cerca de ellos, pero Juan Cruz, fiel a la verdad, o en todo caso a su verdad, no se resiste a subrayar anécdotas o situaciones que alimentan como la yema de un huevo, y que es la esencia de su texto premiado.


Sobre las micciones del celebrado autor de Ficciones Jorge Luis Borges hay leyendas como para llenar un contenedor. Igual que como cantaba –en un siglo pasado- Mari Trini quién a los quince años no dejó su cuerpo abrazar, quién que se precie de ser alguien en el mundo de las letras –si fuera francés y con el acento mirando hacia allá sería, sin duda, un auténtico homme de lettres- no ha acompañado a Borges al servicio, Marcos Ricardo Barnatán en el Palace, Juan Cruz no recuerdo ahora –de memoria- dónde. Porque las micciones del escritor ciego –dice Juan Cruz, creo, que Cabrera Infante, creo, le dejó un día en mitad de un paso de peatones en una calle londinense, y ya se sabe que los ingleses aparecen siempre por otro lado a poco que te descuides, y el poeta ciego, más rápido que un beatle en coloreada funda de disco de vinilo se puso, ágil y veloz como un guerrero de saga nórdica, a buen recaudo-, decía antes que las micciones del autor de Ficciones pueden dar para escribir un buen anecdotario.


Al parecer la cuestión se complicó en casa de Mario y Patricia Vargas Llosa, en Lima, pues urgido Borges por esa humana necesidad se hizo acompañar –no les digo más que acaso por el propio anfitrión, no sé, estas cosas no hay que dejarlas al capricho de la memoria, que es traidora- hasta el cuarto de baño y el poeta ciego, elegante y caballeroso, sabiendo que quizás junto al recipiente aliviador podía haber puesto Patricia un buen juego de toallas, o una ensaladera de flores secas o un conjunto de jabones bien olorosos, pidió con esa dulzura borgiesca al alma caritativa que le acompañaba hasta pie de obra –pensando quizá en la famosa frase del lúcido Bergamín: con los comunistas hasta el final, pero ni un paso más- que si podía ir un poco más. Y al parecer su acompañante, acaso el anfitrión, se la encauzó. Dicen.




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