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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Hypatia y los sectarios

Sábado 17 de Octubre, después de comer empieza a rugir la marabunta de la manifestación zigotense en los alrededores de mi casa, cierro ventanas y procuro olvidarme de ellos. Están en su derecho de manifestarse, me digo; aunque no estoy tan seguro que ellos opinen lo mismo de mis contrarías opiniones, pero esa es otra cuestión. Por puro masoquismo me asomo a cierta ventana-cloaca televisiva y veo que andan como siempre confundiendo churras con merinas y malmetiendo, que diría mi madre, al personal. Transmiten el evento con la palabrería sibilina y torcedora de Torquemada y el fervor forofo y triunfalista de un partido de fútbol donde desde el comienzo se canta la goleada: ¡hemos metido dos millones, o dos millones quinientos mil goles al gobierno!, ¡que dimitan todos!, es su mensaje. Tantas personas no pueden estar equivocadas, deben pensar. Así andamos a estas alturas del siglo XXI.

¿Donde han metido tanta gente?, me pregunto. Ni siquiera los gays lo consiguen en su carnaval y eso que su recorrido ocupa el doble de espacio y es mucho más concurrido. Apago desolado la tele, me tomo una infusión y pienso que el día anterior, en el mismo lugar y a la misma hora, otros protestábamos contra la pobreza y la miseria en el mundo. No vi a nadie del PP oficial; quizá, no lo dudo, habría por allí alguno de sus votantes; tampoco vi ni curas, ni monjas, ni defensores de zigotos, todos ellos despreocupándose de los millones de hambrientos y desheredados del mundo (para eso está el Domund se dirán, y sus conciencias reposarán tranquilas). Todos los que allí estábamos ─pocos, la verdad─ estábamos contra la pobreza, la de aquí y la de allá, a nadie se le pedía militancia, ni se le preguntaba por sus creencias, solo se exigía solidaridad y respeto mutuo; en la otra, unos, a la sombra de las banderas adornadas con águilas imperiales, pedían la vuelta a las esencias patrias y la dimisión de Zapatero, mientras que otros se escudaban en motivos éticos para ocultar su cobarde hipocresía.


Un tanto deprimido decidí ir a ver Ágora, la recién estrenada película de Amenábar ─que la élite crítica del país en general ha tachado de fría y distante, no así el público que ha respondido en masa─ dispuesto a sumergirme en el túnel del tiempo cinematográfico para trasladarme a una ciudad, Alejandría, por la que he sentido fascinación desde mi temprana juventud, y donde me di de bruces con una situación que demuestra bien a las claras lo poco que hemos cambiado los humanos a lo largo de los siglos cuando la religión( sea del signo que sea) se mezcla con el poder que inevitablemente siempre desata luchas fratricidas.

De hecho no es otro el mensaje que Amenábar y su co-guionista Mateo Gil nos presentan en este hermoso, espectacular, brillante y atemperado film que demuestra tanto la maestría técnica de su director como su enorme cultura y la integridad de su discurso. Y su defensa a ultranza, a través de los hechos y las palabras de aquella sabia y fascinante mujer que fue Hypatia (famosa de la noche a la mañana gracias a la película) de pedir transigencia frente a cualquier tipo de intolerancia.

Ese es el discurso que esgrime una y otra vez frente a sus alumnos pertenecientes a las tres religiones que entonces convivían en la ciudad: la pagana, la judía y la recién institucionalizada de los cristianos, cuando estos últimos desatan las primeras revueltas destinadas a erradicar el resto de religiones del imperio romano. Dentro del Serapeum, donde imparte sus clases de matemáticas, geometría y astronomía, Hypatia, ante esos disturbios, les dice:


«Pase lo que pase ahí fuera, dentro de estas paredes todos somos hermanos. Hermanos en la ciencia y la sabiduría. Nunca lo olvidéis.»

Obviamente la mayoría de ellos lo olvidaron.

Amenábar retrata el fanatismo creciente de un sector de los cristianos, los parabolanos (una especie de guerrilleros de Cristo Rey avant la lettre), y sus consecuencias, que culminan con la quema y destrucción de la Biblioteca y sus libros; de la pérdida de todo el conocimiento del mundo antiguo, arrasado por una nueva visión de éste; del vuelco que esto supuso para el futuro de la humanidad (explicado en esa inversión de la cámara que considero un hallazgo visual de primera categoría). Como lo son también los planos cenitales y acelerados de toda la muchedumbre destructora capitaneados por los parabolanos que como un ejército de minúsculas y organizadas hormigas, arrasa todo lo que se les pone por delante en nombre de la única y verdadera religión, la cristiana.

Muchos le reprochan al director el abuso de las tomas espaciales, cuando en realidad con ellas nos está dando la clave del auténtico descubrimiento de Hypatia: que el planeta Tierra y sus habitantes no son más que un punto en la inmensidad del universo, una nada insignificante en el devenir del cosmos; que no somos su centro y no giramos alrededor del sol sino todo lo contrario. A partir de ese descubrimiento trascendental, ella intenta ser coherente con su propia filosofía y cuando rechaza ser bautizada, es raptada, tratada como furcia y hechicera y finalmente lapidada porque según las palabras de aquel nefasto gentil, Paulo de Tarso, convertido al cristianismo y creador de la iglesia tal y como la conocemos, y leídas por el obispo Cirilo, la mujer debe callar en las reuniones y ser cabeza del hombre como éste es cabeza de Dios… ¿os suena el discurso?

De factura técnica irreprochable, se respira verismo en la reconstrucción de Alejandría y del Serapeum antes y después de las revueltas, ya convertido en templo cristiano. El cuidado del detalle, de la puesta en escena, del rigor histórico, aunque existan algunos anacronismos en aras a la continuidad de la historia, convierten Ágora en una película que hace reflexionar y engancha y nos ofrece uno de los finales más emotivos y mejor resueltos de la historia del cine.




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