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El pizarrín

Javier Goñi

Nastassja y la serpiente


Déjenme que les diga que Nastassja es la Kinski, una bellísima mujer, qué quieren que les diga, de turbulenta leyenda, de movida –o desinhibida- adolescencia, y cuyo padre -el actor alemán Klaus Kinski o la cólera de Dios, azote de directores, no sólo de Werner Herzog: Dios encolerizado los creó y ellos se juntaron-  escribió unas extraordinarias y terroríficas memorias, absolutamente brutales, que Tusquets, hace unos años, las mandó directamente a su colección erótica de La sonrisa vertical. A Nastassja y la serpiente –recorriendo su piel; la foto es Richard Avedon-, la tentación y el reptil, aquí no hay manzana que llevársela a la boca, la tengo aquí delante, junto al teclado, pobres dedos que sólo pueden tocar una a una las letras que van apareciendo, una a una, en la pantalla de mi ordenador. Es en horizontal, o en vertical, aguanta perfectamente, la invitación a la exposición, Lágrimas de Eros, que en el Thyssen seguramente habré podido ver, ayer tarde, 20 de octubre, de 20:00 a 22:00, en una visita profesional a la que he sido invitado.


Déjenme que les diga que Nastassja se ha colado como una hermosa serpiente, pues en el pizarrín de esta semana yo les quería hablar –vaya por dios: Dios en minúscula como lo escribe José Saramago en su recientísimo Caín, Alfaguara: dicen que un encolerizado Juan Ramón Jiménez, caprichoso con las jotas y las ges, le abroncó, Juan Ramón o la cólera de Dios/dios, a Gómez de la Serna por escribir siempre dios en lugar de Dios, vaya por ¿Dios, dios?-. Que yo les quería hablar, más bien, de amor. Y de una novela, y de un autor, o tal vez –seguro- de dos novelas, de dos autores. Y mientras escribo en mi pizarrín algo de ambas, tengo en mi memoria –la pillé el otro día en Digital+- esa escena que todavía conmueve de aquella vieja película Philadelphia, que tanto hizo –vía Hollywood- por el SIDA de finales del siglo XX, cuando Tom Hanks, abogado gay atrapado en el mal, le traduce a un perplejo y hetero afro-claro-americano Denzel Washington, lo que canta la genial María Callas en un pasaje –creo- de Andrea Chénier: “Yo soy el amor”, se lamenta la Callas, traduce el abogado gay, sujeto al suero y bañado en lágrimas, rebelándose contra las manchas de su piel.


De amor real y cotidiano se habla también en El relámpago inmóvil (Destino), la última novela de Pedro García Montalvo, un magnífico escritor de sensaciones que merecería un mayor reconocimiento lector, eremita en su tierra murciana. Piensa Montalvo –o un personaje de la novela, ahora dudo- que es más fácil explicar el motivo de nuestros odios, que el de nuestros amores, pero con qué pasmosa facilidad –y riesgo, lo corría: romperse la crisma, abismándose- habla de la fragilidad del amor, de cómo éste puede ser una cáscara de nuez sometida a la locura del mar enfebrecido.


También le parece un despropósito, al autor o al personaje, según, de El amigo del desierto, explicar las razones del amor y lo piensa, o lo afirma, intentando, vanamente, encontrar sus huellas en el mar desértico del Sahara, allá donde el oleaje de la arenisca te posee como –tal vez- la serpiente a Nastassja. La novela, bellísima, es de Pablo d´Ors (de los prolíficos descendientes de Eugeni o Eugenio D´Ors, el más elegante uniformado de aquellas tristes falanges, aquel que le hizo a Pío Baroja jurar por los Ángeles Custodios), que es sacerdote católico, leo en una solapa anterior, y que ha publicado Anagrama, aunque d´Ors no sea el capellán del catálogo de Herralde, sino un originalísimo escritor. Montalvo y d´Ors, dos narradores singulares, muy al margen de lo trillado en la narrativa hispana. Déjenme que se lo diga.




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