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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Alienados

...Nos equivocamos. Nos hemos vuelto a confundir. La verdad es que este no es el camino hacia el alivio.
Alicia: ¿A quién le hablas? ¿A quién te refieres?
Adriana: Nos hablo a ti, a mí, a nosotros, a todos nosotros...
Alicia: Vaya... No esperaba menos. Tenía una pequeña y vaga esperanza de que te hubieses domesticado, de que por fin te hubieses hecho más modosa, más humilde, menos descarada en tus intentos... y escúchame bien; intentos, que no logros, de comunicarte con los demás. No sé, tal vez un simple diálogo entre tú y yo hubiese sido suficiente... o mejor aún, un monólogo... Sí, podrías haber optado por un monólogo silencioso, incluso. Un monólogo mental, ni siquiera pronunciado, ni siquiera escrito, ni siquiera nombrado.
Adriana: ¿Estás tan enfadada conmigo que hasta me odias? ¿Me odias un poco? ¿Me odias? Oh... eso es terrible, eso sería terrible.
Alicia: Sí, estoy enfadada. Muy enfadada.
Adriana: Te equivocas. No estás enfadada conmigo. Estás enfadada con algo que te da mucho miedo. Y como no te atreves ni siquiera a pensar en lo que es, pones mi rostro como diana a tu enfado, que simplemente quiere cobrar forma, existir, darse a conocer y le da igual hacia quién, contra quién... y allí está la confusión. Tu confusión y tu equivocación.
Así que vuelvo a decir lo que estaba iniciando al principio... Nos hemos equivocado al coger el camino torcido, el que nos aleja del alivio.
Alicia: Habla, grita si quieres... me da igual. Yo no te escucho, ni siquiera te oigo. Tus palabras son como aire transparente para mí. Ni aire. Sólo vacío. Espacio hueco. Algo completamente intrascendente.
Adriana: Tú no me oyes, pero yo te hablo y eso es importante, ¿por qué? Porque demuestra que me importas, que te quiero, que te tengo en cuenta... que deseo que me oigas, y deseo que me oigas porque me importa que mis palabras te lleguen, te rocen, te acaricien o te conmuevan... Te quiero Alicia, aunque estés tan cegada por tu enfado que hasta me odias un poco o mucho, que hasta me odias... porque te quiero tanto que te permites ver en mi rostro el rostro de tus mayores miedos. Te quiero tanto que te permites proyectar en mí, un enemigo, un enemigo inventado contra el cual puedes luchar a gusto, sobre todo porque sabes que nunca, nunca, nunca querría hacerte daño.


Pequeños Deberes- Te propongo un juego... ¿más juegos? pensareis que no escarmiento, y es así, tendréis razón... pero os lo pido, juguemos una vez más, un poquito más... Me resisto a dejar de intentarlo, me resisto a rendirme, no entra en mi carácter y ellos, "que simplemente resultarán ser una baraja de naipes" lo saben... y Alicia lo sabe, y Adriana lo sabe... así que cerrad una vez más los ojos y dejaros llevar;
Yo cuento hasta tres y tú tomas aire y cuentas despacio...
1... 2........ 3....................
Después, imaginas que frente a ti, están todos, todos, todos tus miedos y los miras con calma, sabes que nada te pueden hacer aquí y ahora, sabes que simplemente, por fin, después de tanto tiempo, los puedes tener solo para ti, todos juntos y disponibles... Ahora es el momento de que no te confundas, de que no te distraigas, de que no te pierdas la oportunidad de decirles todo lo que te apetece para combatirlos, para afrontarlos, para borrarlos o simplemente hacerlos desaparecer sin más. Y mientras tienes a tus miedos frente a ti, date cuenta de que no tienen el rostro de nadie que está cerca tuyo, ni en tu corazón, no son el otro. Son, eran, simplemente unos miedos. Tus miedos. A los cuales eres perfectamente capaz de vencer. Tú sabes hacerlo. No necesitas alienarte, disimular, enfadarte con los demás, esconderte, castigarte, castigar, huir, increpar... No necesitas nada que te aleje de aquello que amas, de aquello que es bueno para ti, de aquello que está todavía, aún... a la espera de que le pidas perdón, a la espera de un abrazo, de tu abrazo.
Ahora,
¡abre los ojos, toma aire... y sigue!




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