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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Si la cosa funciona


Es la vuelta de Woody Allen a suelo neoyorquino tras su desigual periplo europeo. El realizador se decanta por una apuesta fílmicamente modesta –e incluso algo plana– para contarnos la historia de Boris Yellinkov (Larry David), un anciano misántropo, intelectual, neurótico y pesimista, y su relación con una joven procedente de una familia sureña ultraconservadora.

El problema de Si la cosa funciona es que Allen se decanta por un tono teatral y algo vodevilesco en el trazo de las situaciones y los personajes, restando fuerza a su inflamable material de partida. Sus criaturas no tardan en caer en la caricatura y la inteligencia se queda en el tintero. Woody Allen arremete sin demasiada sutileza contra los valores instalados en la sociedad estadounidense de hoy a través del choque de dos modos de entender el mundo agazapados en el interior de un mismo edificio cultural.

Lo mejor es la esforzada interpretación de Larry Davis en quién el propio Allen delega las funciones de actor y demiurgo de una historia sobre la falta de fe en el ser humano. El tono resulta altamente discursivo, sin gran esfuerzo por que la evolución de los personajes resulte creíble y las situaciones de liberación, desinhibición y cambio interno lleguen al espectador más allá de las bambalinas y el tópico. Allen traza una fábula cínica y con algunos diálogos, situaciones y puyazos llenos de astucia, pero tras su apariencia de crítica social y humor cáustico se esconde una rara candidez y una falta de ritmo y contención indignas del autor de Hannah y sus hemanas o Match Point. En definitiva, una historia sobre la soledad, las relaciones de pareja y la búsqueda de la felicidad en la que Allen cae en la autocomplacencia y la comodidad narrativa malgastando el esfuerzo de sus intérpretes y el suyo propio.

Un filme hecho para incondicionales aunque muy próximo a la decepción.




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