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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Suburbio y policiaco de los cincuenta

Una feliz coincidencia ha hecho aparecer casi a la vez en las librerías dos clásicos de la literatura de género de la década de los cincuenta. Dos obras que yo conocía antes por su adaptación cinematográfica, pero que no había tenido la suerte de poderlas leer. Me estoy refiriendo El hombre del traje gris, de Sloan Wilson, y Disparen sobre el pianista, de David Goodis.


El éxito de la primera novela de Wilson fue fulminante en Estados Unidos, y propició un cambio de actitud social entre la clase de ejecutivos que retrata haciendo que cambiaran su estilo de indumentaria para ir al trabajo. A ello ayudó bastante su rápida adaptación al cine y el que estuviera interpretada por muchas de las grandes estrellas de la época, nombres como los de Gregory Peck, Jennifer Jones, Frederic March, Lee J. Cobb, todos ellos dirigidos por Nunnally Johnson que se encargó también del guión. Fue un éxito absoluto en todo el país y aunque su calidad es bastante inferior al de su original literario, en una reciente revisión he comprobado que se mantiene bastante bien y estoy seguro que Sam Mendes la tuvo muy en cuenta al adaptar a la pantalla la obra de Yates, Revolutionary Road de temática tan similar.

La novela refleja, a partir de las propias vivencias de su autor, la inquietud de toda una generación de americanos embaucada por aquella falacia que dio en llamarse el sueño americano. Es también el pilar fundacional sobre el que después se desarrollaría la literatura de suburbio entendido a la manera americana; esa cuyos protagonistas viven en chalets unifamiliares con su césped bien cuidado en el frente y un patio trasero, con garaje y coche incluido que cada día iban y venían a las grandes metrópolis del país para realizar sus trabajos de ejecutivos. A medio camino entre el objetivismo de Ayn Rand y la crítica social, la historia de Tom Rath, publicista felizmente casado y con tres hijos que está a punto de ser promocionado en su empresa cuando un episodio de su pasado durante su estancia en Italia en la guerra viene a complicar su idílica existencia, abrió el camino de esa literatura de tema suburbial tan genuinamente americana que ha llegado hasta casi nuestros días a través de autores como Cheever, el citado Yates y el ensayista Jonathan Frazen, que prologa esta edición.


El caso de David Goodis (Filadelfia 1917─1967), es otro más de esos escritores que en vida se les negó el pan y la sal y sobrevivió a base de escribir literatura de consumo y guiones de serie Z ,y que a su muerte se le encumbró al Olimpo de los grandes de la literatura negra sobre todo gracias a una novela que es un clásico entre los clásicos del género policiaco titulada Disparen sobre el pianista, historia de un virtuoso del piano que cuando empieza la novela (un soberbio primer capítulo digno de figurar en cualquier antología) sobrevive como pianista en un tugurio de mala muerte de Filadelfia intentando olvidarse de un pasado que, repentinamente, con la visita de un hermano malherido se le echa encima con la fuerza del fatum griego. A partir de ahí se verá perseguido por dos matones empeñados en darle caza y se irá topando con una serie de representantes del hampa, de unos hermanos codiciosos y otras gentes de mal vivir empeñados en borrarle del mapa; le acompaña en esta aventura una vital y tontorrona camarera dispuesta a jugarse la vida con él y todo ello contando con una considerable dosis de humor y cierto nihilismo marca de la casa.

Como en el caso de El hombre del traje gris, la novela fue llevada al cine, aunque esta vez en Francia, de hecho fue el segundo largometraje que realizó en 1960 François Truffaut, que venía del éxito indiscutible de Los cuatrocientos golpes, su primera película. He vuelto a verla y he vuelto a disfrutar de la atmósfera sombría y fatalista con que Truffaut inundó su adaptación, aunque sigo sin entender por qué obvió cualquier referencia al pasado del protagonista con lo que su forma de actuar y su devenir a veces deja estupefacto al espectador; posiblemente son cosas de la artificiosidad con la que a veces, bastantes, la nouvelle vague nos quería hacer comulgar con ruedas de molino.

En fin, mejor os leéis la novela que es una muestra perfecta de la excelencia de la serie negra americana de la década de los cincuenta, y de Truffaut elegís para ver La sirena del Mississippi que sigue siendo una ejemplar adaptación del original del gran William Irish.




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