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El pizarrín

Javier Goñi

El olor más dulce


Déjenme que les diga una cosa, que he buscado en el diccionario de la Moliner, formato papel –pág. 694, segundo volumen, Gredos, 1998, segunda edición-; pizarrín es una “barrita de pizarra blanda o de otra sustancia con que se escribe en las pizarras”, o sea, tiza, o no, que ya he cerrado el Moliner.

Déjenme que les lleve muy atrás, hace años, a una ciudad castellanovieja, de triste historia como son todas las historias –desde el verso mal recordado de Gil de Biedma- de este país, y a una calle principal, la calle Santiago, por ella va y viene, viene y va, Agatha Lys –actriz, guapa del Un, dos, tres, consulten Wikipedia-. En esa calle había un periódico azul, Libertad llamado sin pudor, y a media tarde sacaba una pizarra enorme con las noticias del día escritas a tiza, y la gente se paraba a leerlas, delante de la pizarra, del pizarrín, que así lo llamaba un asturiano universal que se había encallado en Valladolid y que cruzaba la calle, tras trajinarse los vinos de rigor, para ver lo que decía la pizarra, el pizarrín.


Déjenme que les diga que el otro día me paré en el VIP`s de Velázquez esquina con Ortega y Gasset, antes Lista, como es leyenda que decía el airado Savater en los Congresos de Filosofía de su mocedad: déjenme que les diga que dice el joven Prada, que se lo oí el otro día, que lo trasgresor hoy es escribir a favor de Rouco, pues eso; déjenme que les diga que en ese VIP´s, entre algunos libros de novedades tienen expuestos, como esas vírgenes que iban, antaño, de casa en casa para catastrar la devoción vecinal, en estuche de madera y fachada de cristal y ranura para las dádivas, uno o dos pizarrines, que diría aquel asturiano de Valladolid, de esos que llaman ventanas al futuro, e-books, o algo así, y uno, deslumbrado, se ha asomado a ver lo que está por llegar, por ver, por leer.

Tocar, no ha tocado, pero sabe que en esos pizarrines puede mejorarse la letra y, con suerte, subrayar, escribir al margen, todo, como en este pizarrín que empieza hoy y déjenme que les diga que no sé a dónde nos llevará, si es que nos lleva a alguna parte, que a alguna parte será. Y como en aquella pizarra de fachada azul con las noticias del mundo, convenientemente escritas a mano, como estos textos que se dejan leer –a modo de prueba, tal vez de lanzamiento navideño, ya se verá– en esas pantallas de muestra del VIP`s, aquí cabrá, en este pizarrín, un poco de todo, un poco de nostalgia, si toca: por ejemplo, estas líneas subrayadas de El mundo de ayer, esas memorias de un europeo como Stefan Zweig, que tradujo hace unos años El Acantilado, y éstas son: “no me avergüenza confesar que para mí, bachiller de diecinueve años recién salido del instituto, el olor más dulce del mundo, más que la esencias de las rosas de Shiraz, era la tinta de imprenta”. ¿A qué huelen las rosas de Shiraz -218.000 entradas en Google-; a qué la tinta de imprenta? ¿Importa?

Y hablando de Zweig: el otro viernes me pareció oportuno desempolvar de mi biblioteca un viejo ejemplar de Austral, décimotercera edición, 21-III-1949, de aquel célebre ensayo suyo, Brasil. País del futuro. Y déjenme que les diga que ya en 1552, Tomé de Sousa, primer gobernador general de Brasil (369.000 entradas en Google), escribió de Río de Janeiro: “tudo é graça que dela se pode dizer”. Y déjenme que les diga que ese mismo viernes negro, o no, a las pocas horas, un taxista madrileño –este honrado pueblo de Madrid cómo es, las coge al vuelo- me comentó que ya había lema para el 2020: Tengo una cabezonada. Pues eso.




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