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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El salón de Sophie


En contadas ocasiones como lector un libro como El viajero del siglo de Andrés Neuman, premio de novela Alfaguara 2009, me ha dejado tan absolutamente convencido de estar ante una verdadera obra maestra.

Con sólo tres novelas, varias recopilaciones de relatos, y libros de poesía, su autor, un joven argentino de origen polaco y afincado en Granada, toca el cielo de los maestros indiscutibles de la narrativa mundial y de la hispana en particular. La calidad no es producto del azar y Neuman ya venía anunciando su poderío narrativo en una obra anterior, no muy extensa, pero de una multiplicidad y fecundidad apabullantes.

Una vez Argentina (2003), su obra anterior, era ya una novela asombrosa, que anunciaba su categoría de escritor que ahora se ve refrendada y catapultada por esta nueva obra que amalgama géneros y estilos con una pericia y dominio del castellano que pocos autores que escriben en nuestra lengua serían capaces de mostrar.

El viajero del siglo juega con la literatura fantástica porque su escenario, Wandernburgo, es una ciudad móvil, que cambia de lugar y de aspecto continuamente; también podría ser considerada una novela policiaca porque hay un asesino que mantiene la tensión durante toda la narración; o un libro de viajes, porque sus protagonistas viajan por todas partes y nos va narrando sus aventuras e impresiones; también contiene una selección de ensayos y críticas literarias que son realizados por los asistentes a un salón literario a la manera de los que se celebraban en el siglo diecinueve, el de madame Sophie, donde delicadas e instruidas damas convocan a las mentes más preclaras de Europa que van de Schopenhauer a Schlegel por citar algunos, y donde es un gusto ver como estas mujeres, en debates de gran calado filosófico no reñidos con la ligereza de exposición, ponen en un brete los argumentos de sus afamados asistentes.


Estamos en la Europa posnapoleónica, una época agitada como pocas, llena de grandes contrastes culturales, movimientos fronterizos, debates sobre el papel de la mujer en la sociedad del nuevo orden europeo y donde el temor a lo extranjero hacía crecer la xenofobia. Todos estos materiales trufan el libro sí, pero la intención del autor no es la de escribir una novela histórica al gusto del diecinueve, sino recrear aquel tiempo en clave del siglo actual donde estos problemas siguen vigentes. No persigue con ella un afán historicista, ni político social, ni siquiera culturalista. Neuman ordena con sabiduría arquitectónica todos sus materiales para desde este presente siglo XXI interpretar el pasado a través de esos elementos, logrando una obra de ficción llena de inacabables recursos estilísticos y de registro sobre la cultura europea del XIX.

Virtuoso del lenguaje, engancha desde la primera hasta la última línea, ofreciendo al lector una obra ambiciosa, compleja, llena de matices donde brilla su bagaje cultural sobre el mundo germánico y su maestría en la utilización de un castellano que bebe en las fuentes de nuestra mejor tradición clásica.

La descripción de Wandernburgo al comienzo de la novela y la del viento hacia el final son sólo son dos ejemplos de una pericia narrativa que pocos escritores son capaces de ofrecer, y forman una especie de paréntesis donde la magia de la literatura brilla como pocas veces nos es dado vislumbrar.

Una novela absolutamente recomendable para todos aquellos que quieran disfrutar del placer de la lectura.




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