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Los minutos de la basura (y 3)

por Rodrigo del Lago

http://www.rodrigodellago.com/

« Los minutos de la basura (2)


Coño con el tío de la tónica, pensé. Con lo salao que parecía y su perenne gesto de felicidad que me había acompañado durante tantos años, no era más que una elaborada fachada que ocultaba a otro fracasado. Uno más que añadir a la lista. Sin embargo, la seguridad y énfasis con que decía aquellas afirmaciones consiguió que por primera vez en mucho tiempo sintiera una especie de hormigueo en el estómago que generó una erupción de sensaciones y energía positiva en rápido ascenso por mi cuerpo hasta morir en las pupilas, dilatadas y brillantes desde entonces por el fuego de la venganza. Porque ese era su legado. Inocular en mi alma tan ancestral veneno, despertando así oscuros sentimientos, quizá en estado latente, que jamás hubiera pensado yo que llegase a desarrollar algún día. Crueles instintos primarios escondidos en un perdido rincón de mi ser que de pronto saltaban a la palestra con la naturalidad de unos viejos conocidos. La potente energía que emanaba de la rabia de Le Coq me atravesó como un rayo, ejerciendo de percutor anímico que activó mis sentidos hasta dejarlos en condiciones óptimas para la misión asignada. Un curioso proyecto en el que asumiría una doble responsabilidad, la de satisfacer los anhelos de ajustar cuentas del tío de la tónica y de paso, los míos propios, que tampoco eran mancos.

—Eso es así —sentenció Bernad Le Coq mientras asentía mirándome fijamente a los ojos, como si aquel gesto y aquella frase rubricasen inexorablemente la tarea que me acababa de endosar el hijoputa.

Y ni corto ni perezoso, abandonó aquel extraño mundo al que había descendido durante unos breves minutos para volver de nuevo a su microcosmos particular, un lugar donde sonreír melancólicamente hasta que los materiales de su cárcel de papel comenzasen a cuartearse por el paso del tiempo, o lo que es mejor, hasta que yo me hartase de su presencia por interrogarme constantemente con su mirada para ver cómo   llevaba los objetivos, y finiquitase su patética existencia en un peculiar entierro vikingo en el que ardería flotando sobre el agua de la bañera.

Huérfano otra vez en el universo de remembranzas y postales del pasado, comencé a digerir mi futura empresa mientras contemplaba de soslayo de vez en cuando al particular visitante. Esa especie de apocalíptico emisario que adaptaba el aterrador cuervo de Poe y su famoso nunca más a la peculiar cosmogonía de un cuarto donde el reloj se había detenido en la década de los ochenta.

La aventura en la que iba a embarcarme requería de buenas dosis de rencor, osadía y algo de buena suerte, si es que aspiraba a escapar de rositas, claro. Instintivamente comencé a elaborar en mi mente una lista de jefes infames que me habían arruinado la vida hasta ese momento. Al final, curiosamente, no eran tantos como pensaba. Bueno, la verdad es que no había trabajado en tantos sitios como para generar un extenso listín vengativo. Tan sólo se dibujaron en mi mente cinco nombres. Quizá no estaban todos los que eran pero indudablemente sí eran todos los que estaban. Cuatro tipos que me habían maltratado en el pasado y otro, mi pesadilla en esos momentos, que lo hacía a diario en el presente. Tenían sus días contados. Aquel pobre chico que ellos conocieron no tenía nada que ver con el peligroso vengador que pensaba conducirlos personalmente hasta el infierno sin mostrar jamás el más mínimo rastro de compasión.

Tristemente, aquella atípica inyección anímica duró apenas media hora. Quizá lo que tardó mi cuerpo en consumir la energía que el bueno de Le Coq me había irradiado. Una vez sudado el odio, el espíritu retornó a su estado normal, cubriéndome de nuevo con el manto de la melancolía, etérea seda donde aparecen claramente marcadas las cicatrices del fracaso, esas que duelen tanto en noches de recuerdos. Fui poseído por la apatía, virus crónico que cada cierto tiempo vuelve a anidar en su inquilino preferido una vez que éste deshecha los sueños que jamás intenta cumplir. Me derrumbé de nuevo en la cama y expiré a la nada aquellos restos de efímera rebeldía que aún tenía pegados en el alma. No sería la última vez. Desde aquella noche las apariciones se han repetido con cierta periodicidad, salvo que en lugar de tener la exclusividad con el tío de la tónica, también aparecen de vez en cuando en escena Los Barón Rojo, abriéndose paso entre múltiples cintas de cassettes; Naranjito, incrementando endiabladamente su tamaño de llavero del mundial ochenta y dos hasta llegar casi al metro de diámetro, como si de una naranja washingtona mutante y parlanchina se tratase; incluso el terrorífico payaso Penywisse, prácticamente regurgitado de las entrañas de uno de mis libros de cabecera, me soltó también la clásica retahíla de abusos, maquillajes corrosivos y miles de horas extras sin remunerar al que el diabólico Stephen King le tenía sometido en su archifamoso It.

En esto se ha convertido mi vida. Una especie de montaña rusa emocional en la que tras breves minutos de ilusión desmedida provocada por las absurdas visitas de los habitantes de mi pequeño museo, viene una fuerte depresión motivada por el odioso día a día en manos de un jefe que alimenta su despotismo con los nutrientes de mi fracaso. No sé si la absenta actúa como enemiga o aliada. Si es culpable de la falta de energía para enfrentarme a mis miedos, o bien es la chispa mágica que genera tan extrañas visiones para dejarme luego abandonado a mi suerte. Quizá me haya vuelto loco, es posible, pero mientras lo averiguo, seguiré gozando de estos breves momentos de gloria en los que, gracias a las arengas de mis sufridos sparrings ochenteros, consigo sentirme como un tío de verdad, aunque sólo sea durante esos minutos de la basura a los que todo perdedor tiene derecho.

FIN




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