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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Escritora, novela, directora, película

Dos mujeres, Josiane Balasko y Lucía Puenzo, escribieron sendas novelas y decidieron después convertirlas en películas. Una, La clienta, viene de Francia; la otra, El niño pez, ha cruzado el charco.

La clienta


Es, hasta la fecha la película más sólida de una solvente actriz y mediocre directora: Josiane Balasko, una artista muy popular en Francia y mal conocida por estos de lares.

Tras el relativo éxito de público de Felpudo maldito, Balasko se adentra de nuevo en los dilemas amorosos, sexuales y en la cambiante realidad socioeconómica de la Francia de hoy. Basada en su propia novela, La clienta tiene una hábil premisa argumental, buenas interpretaciones —si exceptuamos el molesto histrionismo de algunos secundarios— y momentos donde la directora afina mucho frente a otros en los que se decanta por un tono ligero y algo banal o sentimentaloide que estropean un filme amable y dotado de cierto encanto. Balasko ha conseguido cierto dominio del lenguaje cinematográfico en un terreno tan arriesgado como la comedia romántica y la sátira de costumbres, pero sus personajes no acaban de alcanzar la densidad necesaria porque la realizadora sigue abusando de la brocha gorda en momentos que hubieran necesitado madurez, elegancia y contención.

Con todo, La clienta sobresale con cierta dignidad sobre otras comedias francesas del año gracias a la fuerza de la protagonistas femeninas (Natalie Baye e Isabel Carré) que le roban casi todas las secuencias a Eric Caravaca, que solo aporta cierta naturalidad al papel de un joven común que divide su jornada entre el trabajo de obrero y prostituto. El protagonista masculino se ve escindido a su vez entre el amor por su esposa y su mejor clienta, por su anodino núcleo familiar y por un mundo de falso glamour, así como la película se encuentra escindida entre la comedia y el drama, la sátira inteligente y la astracanada comercial.

La sensación que nos deja La clienta es extraña porque no la realizadora ha optado por soluciones fáciles a problemas difíciles, tanto en el argumento y la definición de los personajes como en la resolución narrativa y visual del mismo. La clienta es una historia sobre la necesidad de amor y seguridad en una sociedad presentada como banal y estúpida, un relato de amistad y guerra íntima entre dos hermanas y una disección de la Francia de hoy que se queda a medio camino y opta por evitar los aspectos más espinosos de su inflamable material de partida.

El niño pez


Aquí está la segunda película de la realizadora Lucía Puenzo tras su sonado debut con XXY, un filme más valorado por su temática (el hermafroditismo) que por sus desiguales resultados artísticos.

Con El niño pez, Puenzo se consolida como una directora inquieta y dispuesta a hurgar en los misterios de la feminidad juvenil, de la sexualidad fuera de la norma y en las tripas mismas de la sociedad argentina. De nuevo la protagonista es Inés Efrón, una joven actriz de limitados recursos, que da lo mejor de sí misma interpretando a Lala, una muchacha de la alta burguesía del país, locamente enamorada de La Guayi, quién trabaja como criada en su casa familiar. Una historia de amor desesperada, interclasista e interracial, tratada en clave de fábula onírica, tal vez lastrada por el excesivo amor de la directora por las metáforas de su original literario (ella es la autora de la novela de la que nace la película) pero salvada por la forma de acercarse a las actrices, tratar con sinceridad los aspectos más espinosos del relato y no abusar de escenarios ni personajes tópicos.

El niño pez es la historia de un amour fou que parece condenado al fracaso cuando Lala asesina a su padre y decide vender sus pertenencias, pero que es salvada por la directora a través de una pirueta narrativa bastante lograda en la que se nos muestra en la que la sociedad en la que viven y se aman Lala y La Guayi sigue siendo una sociedad dominada por el machismo y la corrupción en todos los estratos.

Puenzo se arriesga al unir a dos personajes muy diferentes en una relación extrema tratada con una mezcla de naturalidad y onirismo y, aunque no escatima frases cursis, algunos secundarios presentados con trazo grueso, encuadres rebuscados ni algunas imágenes relamidas, aprovecha de forma inteligente esos tonos apagados y esa fotografía a la vez bella y tenebrista que ya utilizó para contarnos la odisea de la protagonista de XXY en busca de su identidad sexual y social. Maltratada por la crítica, El niño pez es un filme imperfecto pero lleno de sensibilidad y pequeños logros que nos acercan a la vida, el sexo, la familia, el dinero, el amor y la muerte de una forma peculiar, intimista y arriesgada.




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