Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

De la T (de Tarantino) a la X (de Coixet)

La coincidencia de fechas de estreno de la últimas películas de dos realizadores tan distintos en su forma de entender y realizar el cine como son Quentin Tarantino e Isabel Coixet, y el hecho de haberlas visionado con apenas veinticuatro horas de diferencia, me ha llevado a pensar que por encima de resultados tan distintos en el conjunto de su obra, ambos son poseedores de un estilo propio, de una especie de marca de agua que define perfectamente sus películas frente a posibles imitadores. Su talento consiste en ver el mundo de una determinada manera, en saber mostrárnoslo según esa óptica, y en ser fieles a ella película tras película. Que los resultados luego convenzan o no a todos los espectadores es otra cuestión. El cine de ambos realizadores es de los que, o te hacen abandonar la sala, o te atornillan a la butaca sin remisión.


A Tarantino podemos considerarlo como un habilísimo fagotizador de géneros a los que ha ido imponiendo su propia y entusiasta relectura sin ningún tipo de aspavientos revisionistas: su eclecticismo es tan grande como su cultura cinematográfica. Así sucedía en Resevoir dogs, su particular visión del cine de gángsteres de los setenta; en Pulp Fiction, que puso patas arriba la forma de narrar del cine negro clásico; en Jackie Brown (mi favorita entre todas sus películas), basada en una afamada novela de Elmore Leonard con el de Blaxploitation; y en las dos entregas de Kill Bill con el cine hongkonés de artes marciales, por citar sólo algunos títulos. Otra constante de su obra es que casi todas sus películas, más que hablar del tema en que se basan, suelen tratar de las películas que se han hecho sobre ese tema: cinefilia en estado puro es el nombre del juego.

Malditos bastardos no es una excepción a estas coordenadas de su creador. Esta vez le tocó el turno al cine bélico europeo de los setenta, cine con hechuras de espagueti western realizado en coproducción de Italia, España y Alemania mayormente. Malditos bastardos es el más claro ejemplo de película hecha sobre las películas del tema y ya nada será lo mismo a la hora de plantearse una película de guerra en el futuro.

Tarantino tenía las mejores bazas sobre el papel y un elenco de actores, sobre todo un increíble Christoph Waltz, que cumplen perfectamente con sus respectivos roles de buenos y malos, para lograr una película redonda, y sin embargo ─y a pesar del nuevo montaje realizado tras su pase en Cannes─ se queda a medio camino de muchas cosas. Un arranque espectacular y la secuencia en el café, modélica en el maquiavélico arte de crear tensión a través del lenguaje, no son suficiente para mantener el entramado. Los malditos bastardos del título ─un grupo de judíos americanos creado para ir cargándose nazis en la Europa conquistada por éstos─ apenas si aparecen veinte minutos de metraje y es la parte más floja de la película y la que hace cojear a todo el conjunto; pero, pese a esta descompensación narrativa, el filme no defraudará en absoluto a los tarantinófilos de pro y, probablemente, a los que no lo son tanto.


Lo mismo podría decirse de los admiradores del cine de Isabel Coixet, a la que le han llovido críticas que oscilan entre templaditas a gélidamente demoledoras de un gran sector de la crítica sobre su último trabajo, Mapa de los sonidos de Tokio, pero que en taquilla se está defendiendo bastante bien como suele pasar con todas sus películas. Le reprochan a la directora lo inverosímil de la trama, su esteticismo de catálogo, su impúdica manera de retratar el sexo (¿?), su afición a los escenarios lejanos y sofisticados y etc., etc., etc.

Y llevan toda la razón, pero es que esa es la esencia de su cine y su marca personal, a la que es fiel a ultranza como Tarantino lo es a la suya. La película puede provocarte un orgasmo, o llenarte el estómago de bilis según en qué bando milites, pero no se puede negar que esta truculenta historia de amor entre una japonesa, asesina a sueldo, y su víctima, un vendedor de caldos español con el telón fondo de en un Tokio coixetiano, lleva su impronta personal desde el título hasta el desenlace.

Con el desparpajo que la caracteriza la directora fusiona cine negro con romanticismo en constantes idas y venidas de uno a otro género, y a veces, en ellas, pierde el hilo del narrador de la historia. Otras veces roza lo cómico en su sublimación de un lirismo de manual arropado por la música de Anthony and the Johnson, pero a pesar de todo eso, Coixet no deja, en ningún momento, de ser coherente con su propia obra y eso es algo a reseñar y respetar. Cosa muy distinta es que te guste o no, pero al menos hay que reconocerle su valentía a la hora de lidiar con los toros que elige. Y no es por epatar, pero a mí, personalmente, me da la impresión, según pasan los días de haber visto una película que esconde más que lo que muestra, y ahí ando dándole vueltas, cosa que no me sucede con otras.

Pero, a lo peor es que me estoy convirtiendo en un insoportable diletante.




Archivo histórico