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Evaristo Aguirre

Natalia Ginzburg... ¡a estas alturas!


No es fácil explicar la razón por la cual vas dejando de leer a un escritor de quien no tienes más que excelentes referencias –sobre todo, en mi caso, las de A.– y sabes que te va a gustar. A mí me ha pasado con Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1991). Salvo una excelente mini biografía de Chéjov de esta autora, no había leído más hasta hace un año, más o menos, cuando al fin abrí Léxico familiar. Y como ya sabía de antemano, me encantó. Que sí, que no hay excusa para haber tardado tanto, ya lo sé.

Hace unas semanas, volví a la Ginzburg –y lo que me queda…– con un volumen titulado Familias (publicado por Lumen, con la traducción y el prólogo de Flavia Company). Se trata de una recopilación de tres relatos largos, uno de 1942 (El camino que va a la ciudad) y otros dos de 1977 (Familia y Burguesía). Unos adolescentes pobres y canallas protagonizan el primero; un hombre y una mujer que fueron pareja y volvieron relacionarse, el segundo; una triste familia de clase alta, el tercero. Son soberbios…

Dan igual las diferencias sociales, temporales, sexuales, ideológicas, religiosas, numéricas, geográficas (pongan aquí lo que se les ocurra)… todas las familias –es una de las ideas que salen de estas historias–, todas las familias son iguales; mejor dicho, lo problemas, las alegrías, los dramas y las rutinas de todas las familias tienen más semejanzas que diferencias. Pueden ser más extremas, más dolorosas, más lo que sea, pero lees sobre la leve frustración de un hombre que podría haberse malcasado o sobre la mala-buena relación de un padre con su hija o sobre la mirada perpleja de un hombre hacia su hermana y su sobrina, lees esto y es difícil no trazar una o varias líneas hacia tu experiencia, hacia tus vivencias. Natalia Ginzburg tiene un don para contar estas cosas, para exponer miserias sin exagerar, para destacar luces en las vidas de sus personajes, por pequeñas que estas sean.

eaguirre@divertinajes.com




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