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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

iluminaciones

“Tal, por ejemplo, como una niña que yo conocía, que --habiéndosele instruido concienzudamente que una sola cosa terrena es bastante para una niña y que el pedir dos bollos, dos naranjas, dos cosas de lo que fuera atraería sobre ella la terrible acusación de ser «egoísta»-- apareció una mañana sentada en su cama, contemplando con gravedad sus dos piececitos desnudos y murmurando en voz baja y arrepentida: «¡Coísta!».”

Lewis Carroll


Alicia (A) y Adriana (A), están sentadas en lo que parece ser un amplio despacho de una acogedora consulta psicológica, “psico-lógica”, nada lógica ni previsible, ya que detrás de la mesa está Adriana en el rol de la psicóloga y en el sofá-cálido y rojo, está recostada Alicia, moviendo suavemente los pies, que introduce y después vuelve a sacar de unos zapatos de tacón, colocados o mejor dicho, ya descolocados, cerca del sofá.

Adriana observa los movimientos de Alicia y le sonríe ligeramente. También, de vez en cuando, mira hacia una ventana amplia, situada justo detrás de su espalda, que deja ver gran parte de la ciudad, que así parece sacada de alguna serie de televisión y podría ser cualquier gran ciudad bañada por la iluminación nocturna y el despacho podría estar flotando entre los pisos más altos de los edificios de oficinas y hoteles adornados con anuncios de colores eléctricos y electrizantes, que estimulan muy placenteramente el sistema nervioso de cualquier adicto a la sensación de estar acompañado en las horas que se presuponen de soledad. Estar acompañado por señales lumínicas que te acunan entre sus punzadas de colores.

A y A (Adriana y Alicia) podrían estar jugando a…… pero parece que va en serio. Parece que es real y pese a la sonrisa de Adriana, que podría parecer ligera y frívola, como que todo es una broma, un agradable juego entre las dos, jugado por y  para alguien… la verdad es que… parece que va en serio, parece que está sucediendo de verdad.

Adriana saca del cajón de la mesa de trabajo un cuaderno sin empezar aún y lo abre dejando preparadas las hojas blancas y lisas sobre las que se dispone a apuntar. Junto al cuaderno coloca un bolígrafo o rotulador de punta redondeada. Se destensa los músculos de la nuca con un gesto preciso, casi una caricia, y vuelve a mirar hacia Alicia.

Alicia introduce despacio sus pies en los zapatos de tacón y se dispone a hablar.

 

Alicia: Todos esos continuos cambios me sobrepasan y me aturden… Como si mi cabeza se quedara rígida y pesada contemplando las cosas sin poder actuar a tiempo.

Anoche, las luces que alumbran las aceras y las calles, estaban distintas y las fachadas de los edificios cobraban así formas nuevas. Esas formas nuevas me resultaban cautivantes, enigmáticas, hechizantes… despertaban en mí interés… pero a la vez me hacían sentir desajustada, inquieta, arrojada a una aventura imprevista.

Adriana: ¿Y eso te asusta? ¿Tuviste miedo?

Alicia: Tal vez.

Adriana: Tal vez, ¿tuviste miedo? o tal vez, ¿no tuviste miedo?...

Alicia: Es… es algo que…

Adriana: ¿Es lo nuevo lo que tal vez te asusta? Verlo todo iluminado de un modo nuevo, arrojando así una nueva perspectiva sobre las cosas… una perspectiva imprevista. (Alicia mira a Adriana a los ojos, casi desafiante… porque Adriana ha usado de un modo intencionado la palabra “imprevista”, que es la que ella misma acaba de emplear hace unos segundos para narrar lo que le había pasado.)

Alicia: No, no es eso. Tal vez no tuve miedo… Lo nuevo no me asusta. Y lo imprevisto… Lo imprevisto me sorprende pero no tiene porque asustarme si resulta ser algo bueno, algo que me gusta o algo que me hace sentir bien.

Adriana: ¿Y entonces?

Alicia: Lo que me asusta es sentirme amenazada, intuirme en peligro, presentir cosas malas… es como si mi cuerpo me enviara señales de alarma… No quiero que me sucedan cosas malas. ¿Entiendes? Quiero que sólo me sucedan cosas buenas. Las cosas malas me asustan porque no sé qué hacer con ellas. No sé cómo soportarlas ni cómo manejarme con ellas… No quiero que me dañen.

Adriana: ¿A qué tipo de daño te refieres? ¿Dolor físico?

Alicia: No. No. Al dolor físico, específicamente, no. Es otro tipo de daño, es un daño…..

Adriana: ¿A lo que sientes? ¿A lo que piensas?

(Alicia se enfada y se levanta del sofá bruscamente)

Alicia: No. No es eso. Es un daño inespecífico. ¿Entiendes? No, no creo que entiendas nada. Eres una psicóloga bastante inútil y torpe. Eres una…

Adriana (intentando mantener una calma neutra, casi gélida): ¿Te refieres a un tipo de daño como el que tú me acabas de provocar?

Alicia: Eres una impostora.

Adriana: Es ese tipo de daño, ¿verdad?

Un daño que tiene que ver con la identidad amenazada, con la proyección que uno hace de si mismo y que sin embargo siempre puede ser ninguneada o destrozada por alguien, por algo, por lo imprevisto… que en definitiva son circunstancias que ponen en entredicho la identidad, nuestra identidad voluntaria, la que hemos escogido… Las situaciones en las que estamos siendo amenazados o pensamos que estamos siendo amenazados seriamente, nos despojan de la razón, de la lógica de una determinada personalidad y nos ponen justo delante de lo que somos en estado puro. Nuestra identidad más primaria, más esencial. ¿Qué somos entonces? ¿Qué hacemos ante ello? ¿Qué tenemos? ¿Qué nos queda?

Piensa en ello… Es fácil. Simplemente arroja otro tipo de luz sobre tu forma de pensar habitual y casi será como pensar de un modo distinto, nuevo,

Alicia: ¿imprevisto?

Adriana: Muy bien. Es un buen comienzo.


Pequeños Deberes- Si aquello que temes no se puede nombrar, si aquello que te asusta es inespecífico… entonces, ¿acaso hay algo de lo que tener miedo?

A.AliciaNlarealidad@gmail.com 

 

Fotogramas de La Esquina

L.Rabal 




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