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Los minutos de la basura (2)

por Rodrigo del Lago


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« Los minutos de la basura (1)

Me encontraba tumbado sobre la cama, aspirando la melancolía que emanaba de los mil y un recuerdos que tapizan las paredes de mi escueto habitáculo, sanctasanctórum en el que mi osamenta engrasa sus articulaciones con el aceite de la añoranza, único bálsamo que aún ejerce de lubricante para tirar cada día de estos desangelados huesos. Pósters, libros, videos, cintas de música y un sin fin más de parafernalia nostálgica que encierran en el infame cubículo que el sueldo me permite, el limbo de mi niñez y adolescencia. Entre viejas canciones de Radio Futura y Gabinete Caligari cuyos acordes despiertan el fantasma de épocas que la distancia convierte en míticas, y libros de Stephen King y Sven Hassel con los cantos amarillentos y las pastas ajadas por la continua relectura, mi espíritu encuentra aquí un breve remanso de paz tras la dura batalla diaria. Sin embargo, aquella noche la tranquilidad duraría poco.

De pronto, un desagradable silbido quebró en dos la estrofa en la que el protagonista de ¿Cómo perdimos Berlín? agota la morfina de su botiquín, haciéndole temblar la voz con el susto hasta al mismísimo Jaime Urrutia. Me erguí instintivamente sobre mis propios miedos, tensando mi espalda con la firmeza muscular que a veces da el pánico. El silbido se repitió otra vez. Aturdido, mandé callar violentamente a los Gabinete, apagando el equipo de música de un manotazo. Tras recorrer el zulo de un vistazo, sin encontrar nada más que el mismo desorden anárquicamente organizado de siempre, mis ojos se detuvieron absortos sobre el póster que se encontraba frente a mí. Allí, atrapado desde hacía dos décadas en aquella añeja lámina publicitaria de Schweppes con la leyenda “Aprende a amar la Tónica”, Bernard Le Coq, conocido popularmente como el tío de la tónica, me guiñaba pícaramente un ojo mientras introducía el índice y el dedo corazón en su boca, colocados en forma de uve, y silbaba con la potencia de un paisano de la Gomera. Quedé transpuesto. Aquello no podía estar pasando. Cierto es que el uso continuado de la absenta cuentan los galenos que produce esquizofrenia en los consumidores, y yo, fiel seguidor del romanticismo del siglo XIX, propenso a desamores curados a base de pócimas prohibidas, dejo correr por mi tráquea aquel verdoso bebedizo que adormece mis males hasta lograr diluirlos en la profundidad de la noche. Barata y potente, como una bala de sensaciones alucinógenas que se incrusta directamente en el cerebro sin astillar el cráneo. Con el tiempo, no sólo he utilizado la absenta para el mal de amores, sino también para buscar estados alterados de conciencia y anestesiar de paso ese cruel día a día manejado por aquellos perros que me han robado la voluntad. Es posible que su abuso sea uno de los causantes de mi posterior comportamiento, pero antes de aquella noche, creo recordar que todavía no me había convertido en un adicto al Hada Verde, que es como se la llamaba en París en el siglo XIX, tan sólo era hasta ese momento un consumidor de los llamados de fin de semana. Bueno, alguna copita caía también los miércoles, pero apenas un par de chupitos.

Una vez que Le Coq comprobó que había captado mi atención, acalló sus silbidos y, abandonando su vaso de tónica en la extraña gravedad que reinaba en aquella especie de naturaleza muerta congelada eternamente en el póster, salió del mismo y se sentó en la cama a mi vera, a la verita mía. Ya fuera fruto de los males del ajenjo o a causa de un inexplicable revés absurdo de la realidad en la que vivimos, el caso es que el tío de la tónica estaba allí, contemplándome burlón con sus pequeños ojos parapetados tras los grandes cristales de sus gafas de pasta, que le daban un aspecto de Harold Lloyd ochentero que daba hasta risa. Sin embargo, cuando empezó a hablar, mi inicial estado de sorprendido espectador propenso a la mofa tornó en el de atento discípulo que grababa a fuego las enseñanzas del maestro para aplicarlas en un futuro no muy lejano. En apenas diez minutos, que es lo que estimo que duraría aquella hipotética charla, sus labios vomitaron una cascada de improperios que parecía no tener fin contra todos aquellos que lo habían maltratado durante su vida laboral, logrando rápidamente empatizar conmigo apenas soltados los dos primeros insultos.

Narró interminables jornadas laborales anudadas con firmeza a su cuello por eternos contratos leoninos, escupió a las frías paredes de la cueva en la que se me aparecía su aversión a la bebida que durante tantos años tuvo que ingerir en cantidades industriales, y hasta lloró al llegar a los estertores de su relato. Espesas lágrimas de rabia contenida resbalando por el rostro de la sumisión, del no hay problema, y de cientos de atronadores Sí señor y Haré lo que ustedes pidan… Cuando parecía que se iba a derrumbar y quedarme yo consolando a un tipo que acababa de saltar de un póster, Le Coq se vino arriba cual ave fénix, renaciendo de sus propios llantos hasta colocarse totalmente de pie y, aferrándose fuertemente a mis hombros, gritó:

—¡Quiero que vayas a por ellos! ¡Que no quede ni uno!

Apenas salía de mi asombro. Su expresión se había vuelto malvada, de puro odio, como si de pronto todos aquellos sufrimientos que habían lastrado su vida aflorasen a la superficie hasta transmutarse en el rostro de un ángel exterminador. De un ángel exterminador que necesitaba de un escudero para realizar el trabajo que él no fue capaz de llevar a cabo en su momento, claro.

—Tienes que vengar años de afrentas y humillaciones, de sueños rotos e ilusiones perdidas. Ellos te robaron la vida y su sangre debe ser la gasolina que alimente tu alma hasta que ajustes cuentas. Ha llegado el momento de la revancha.

Los minutos de la basura (y 3) »




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