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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Helado y calorías

Porque el cine es el reino de la diversidad (con permiso de las majors estadounidenses y, a veces, gracias a ellas), coinciden en las pantallas Gordos y Frozen River.

Calorías


Tras su sólida trayectoria en el cortometraje y su reputado debut en el largo con Azuloscurocasinegro, Daniel Sánchez Arévalo nos obsequia en Gordos con otra comedia amarga sobre los problemas vitales y de comunicación de los jóvenes —y no tan jóvenes— de la España contemporánea. En esta su segunda película, Sánchez Arévalo abarca demasiadas ideas, demasiados personajes, demasiadas metáforas, pero también demasiados clichés. El joven realizador vuelve a demostrar que es un solvente narrador, un aplicado director de buenos actores y actrices y un hábil mezclador de imágenes y sonidos, pero en este trabajo más que en ningún otro se deja llevar por el sermón, la astracanada y la retórica.

Así, a Gordos le sobran las ideas pero le falta sutileza, y la comedia y el drama, la ternura y la crueldad no cuajan con tanta eficacia como en su opera prima porque el filme se decanta por el chiste fácil y la aproximación epidérmica a personajes en situaciones difíciles.

Obviamente Gordos, como ha declarado el propio director, no es tanto un filme sobre la obesidad como sobre la falta de comunicación, los complejos, las heridas íntimas y los roles sociosexuales, la escisión entre la realidad y las apariencias, la búsqueda de un equilibrio que no existe.

Sánchez Arévalo tiene una mirada límpida y una narrativa atrevida, sin temor a recurrir al surrealismo y saltarse muchas convenciones narrativas, pero esto no es suficiente para dar densidad a una propuesta que oscila continuamente entre la comedieta de situación y el drama amargo. Algunas secuencias son brillantes —apoyadas en las interpretaciones de Antonio de la Torre y particularmente de Leticia Herrero—, pero en otras a Arévalo le falta ritmo y contención. Gordos, con sus vidas cruzadas, su caricatura amarga y sus personajes que no son lo que parecen, es un filme entretenido y lleno de buenos momentos, pero también una película desequilibrada que flojea en su transcurso optando por que el discurso lánguido y la voz en off salven la incapacidad para resolver las historias con la suficiente solidez.

Helado


Frozen River es un filme de una rara belleza y honestidad, aunque en su premisa argumental cuente con algunas cartas marcadas. Estamos ante la historia de dos mujeres en apuros y en la frontera. Courtney Hount ha construido una obra que parte del realismo descarnado para acabar desembocando, con rara sutileza y limpieza en la puesta en imágenes, en la denuncia social, la alegoría y la fábula.

Dos personas que viven en pequeñas caravanas, pero que pertenecen a dos culturas diferentes unidas por la misma necesidad de salir de apuros. Una, busca a su marido que la ha abandonado con sus dos hijos y una casa llena de deudas y la otra, una joven mohawk cuyo trabajo consiste en pasar ilegalmente a inmigrantes de Canadá a EEUU. Ambas se encuentran y se embarcan, desafiando al peligro, en operaciones cada vez más arriesgadas. Entre las dos no surge una amistad al uso, ya que ambas están marcadas por el recelo de una hacia la otra, pero si una solidaridad que desembocará en el sacrificio.

Frozen River está narrada con inquietante solidez y combina con precisión los primeros planos de sus protagonistas con los planos generales de un lugar desértico y helado… El dilema moral y legal se diluye en favor del retrato humanista y lleno de autenticidad de dos mujeres solas y en apuros, a las que la directora dota de una extraña mezcla de fuerza y fragilidad, entereza y debilidad. Así, el espectador no sabe de qué modo van a conducirse sus criaturas y no entiende del todo, por ejemplo, las relaciones entre Ray (Melisa Leo) y su hijo mayor, marcadas por una mezcla de fidelidad y recelo, ni la verdadera naturaleza de los lazos que unen a Lila con los suyos, una tribu mohawk que está sujeta a sus propias normas y escapa de algunos de los dictados legales de EEUU. Diálogos concisos, acerados e inteligentes, una fotografía bella y una tensión interior y exterior, que se mantiene hasta el final del filme, hacen de Frozen River —ganadora del último festival de Sundance— una película extraordinaria con elementos del mejor cine de John Sayles, pero con una austeridad y sencillez propias, que finalmente logran conmovernos.




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