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Los minutos de la basura (1)

por Rodrigo del Lago


http://www.rodrigodellago.com/

 

Dicen que los triunfadores van siempre tan hinchados porque insuflan sus pulmones con ese aire virgen y denso de ilusiones que le roban a los fracasados apenas exhalan su primera bocanada de sueños. Breve espasmo onírico al que se aferran éstos como único y patético aliento de esperanza para tirar hacia adelante, intentando inútilmente arrancarle a la vida retazos de felicidad. Yo soy uno de ellos, confeso y practicante. Mi voto a la causa es fruto de una férrea comunión entre destino y falta de confianza en mí mismo, que me convierten en uno más de los soldados de este numeroso ejército formado por comisionistas de pocas ventas, angustiadas solteronas, eternos opositores, grises oficinistas y donjuanes de puticlub entre otros. Si en algo me diferencio de ellos es quizá porque de vez en cuando, por circunstancias que ahora les expondré, he llegado a empaparme de felicidad, apenas unos instantes, eso sí, pero los suficientes para sanear por un breve lapso de tiempo mi autoestima y dejarla preparada para aguantar un nuevo periodo de reveses venideros. 

Durante años, mi espíritu sufrió los azotes de miserables sin escrúpulos que hacían jirones el pellejo de mi alma con el látigo de sus ambiciones. Intenté sobrevivir en el agresivo mundo de los triunfadores, donde tanto vendes tanto vales, sin dejar un mínimo hueco a los sentimientos, ese incómodo lastre que ralentiza el éxito. Dicha supervivencia llegó a convertirme en esclavo de un sistema que cercenaba mis sueños para convertirme en un ser alienado, vacío, que aspiraba alegría ilusamente por la mañana para terminar la jornada escupiendo gargajos de amargura. Quizá mi falta de carácter potenció una fácil y rápida doma que derivó al poco tiempo en servicial mansedumbre. La apatía y carencia de ilusión por el mundo que me rodeaba ayudó también a favorecer que me transformase en un mero pelele bajo las órdenes de aquellos tiranos. Un sonámbulo que se arrastraba por la vida ajeno al impulso de sus propios sueños. Intentaron anularme, igual que a otros de los compañeros con los que coincidí por aquella época. Hacer de mí un mero zombi que siguiera ciegamente los dictámenes de los jefes, esos odiosos y despóticos seres que bruñían sus galones con el paño de nuestro esfuerzo. Tan sólo un par de ellos cayeron dignamente, sin pedir jamás cuartel. Del resto nunca olvidaré la absurda mueca de sus rostros al escuchar los casi inalcanzables objetivos que les eran encomendados para futuras misiones, sin importarles un ápice que acabasen de regresar de una pírrica victoria en que casi habían empeñado la vida, para recibir tan sólo una leve y traicionera palmada en la espalda, que más que felicitar impulsaba de nuevo al infravalorado soldado a una guerra que desde hacía tiempo ya tenía perdida.

Y así pasó una década. Diez años tirados a la basura que tan sólo sirvieron para inscribir mi nombre en el atestado registro de los perdedores, donde cada asiento se escribe con la sangre de hombres y mujeres a los que la moneda que lanzaron a la vida cayó por el lado de la cruz. Un largo periodo que a mí se me antojó efímero, menos mal, desconociendo ingenuamente el tiempo perdido, como si el viejo Saturno hubiese devorado bulímicamente a sus hijos, con ansia de dios famélico, sin deleitarse en su deglución como en otras épocas, cuando presa de una soporífera digestión eterniza guerras y hambrunas hasta exterminar la esperanza en la condición humana, como la he perdido yo. Tan sólo una noche, gracias a un extraordinario suceso, volví de nuevo a ilusionarme con algo.

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