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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Los demonios de la noche (y 2)

« Los demonios de la noche (1)


En el autobús destartalado donde viaja Shanon como guía turístico a zonas tórridas vemos a un montón de mujeres que, además de hacer fotos y chocar entre sí, vigilan el trayecto tanto físico como espiritual de este sacerdote apartado de la Iglesia por su visión de Dios y del mundo de la carne.

Aquí es donde aparece Williams, hijo de predicador y de la cultura de su tiempo, y también Huston que ha apoyado su relato en el retrato complejo de un fracasado, un hombre que ha perdido la batalla más importante de su carrera pero no ha dejado de luchar. El filme esta plagado de ese simbolismo que tanto gustaba al autor de La gata sobre el tejado de zinc tamizado por el mundo de Huston, un realizador que no solo busca la fuerza narrativa sino también la expresión total de sus intérpretes forzándolos a dar lo mejor de sí mismos en cada secuencia. Como el mesiánico y desquiciado capitán Acab de Moby Dick, enfrentado a su tripulación, el reverendo Shanon es un personaje que ha entrado en colisión con el resto de los seres humanos, un “hombre que puedo reinar” y que ahora busca una oquedad desde la que desafiar a ese mundo de estrictas convicciones morales al que un día perteneció. El reino de los cielos está reñido con las pasiones y confesiones que se hacen bajo la luna o las estrellas.


El discurso lírico, las situaciones y el universo poético de Williams se lo ponen difícil a un director tentado por las secuencias de acción y —al menos en la primera parte de su filmografía— por los filmes vitalistas y plagados de situaciones trepidantes. Si bien el equipo se fue a rodar a Puerto Vallarta y a conocer los espacios reales de México, la historia transcurre en el interior de los personajes y el relato tiene su núcleo originario en el transcurso de una sola y agitada “noche”, que aquí empiezan siendo varias, en las que el mal pastor lucha con sus fantasmas y los de cuantos le rodean

Cuando Shanon (como Blanche o como Brick) es desenmascarado de forma inmisericorde por esas mujeres insatisfechas, por esas damas —con cierto aspecto ofídico— en busca de turismo (entre las que se incluye una voraz lolita encarnada por Sue Lyon), arrastra a su tripulación a un pequeño hotel-guarida, la pensión Dos Mundos donde se encontrará con dos caracteres femeninos opuestos, la vital y sabia Maxime (espléndida Ava Gadner), una vieja amiga, y la inhibida pero no menos sabia Hannah (un papel hecho a la medida de Derorah Kerr), surgida del universo del autor de El zoo de cristal. Con ellas vivirá una de las noches más dolorosas y también más clarividentes de su vida, con las palmeras, la luna, el mar, la poesía y las iguanas como inusitado decorado. Aquí empieza de verdad el teatro, pero Huston no renuncia a hacer buen cine para mostrarnos todo lo que puede transcurrir desde la puesta del sol hasta la desaparición de la luna en un cielo caluroso.


En el filme no faltan algunos tópicos algo molestos y varias concesiones al espectador característicos del cine de Huston que casi siempre pensaba en la taquilla y que además rodó este filme para la Metro: esos indios de expresión beatífica lavando a las orillas del río, algunas imágenes turísticas, esas secuencias de Gadner secundada por mulatos con maracas, el lesbianismo de la madura protectora de Sue Lyon presentado de forma posesiva y algo tópica.

Si La noche de la iguana, a pesar de algunos planos sobrantes, tics del momento y del realizador y de su desigual construcción, se mantiene hoy en pie es porque supone la aproximación de un realizador vitalista a un universo aparentemente enfermo y una visión tal vez menos respetuosa pero no menos lúcida que la que hicieron Kazan o Brooks.


La noche a la que hace referencia el filme está construida como una larga secuencia en la que Huston trata de hacer plenamente cinematográfico un pasaje que no oculta su origen teatral. No escatima las palabras del dramaturgo porque sabe que son imprescindibles en el filme pero las pone en boca de grandes intérpretes filmados con brío a través de primeros planos o planos medios y acompañados de una música frenética o lánguida. Esa imagen de Shanon-Burton agitándose en la hamaca a la que ha sido atado para evitar su autodestrucción, esa visión de Ava Gadner saliendo del agua o de Deborah Kerr ganando la partida verbal al reverendo con su visión peculiar del mundo de la sexualidad y las pasiones reprimidas constituyen algunos de los momentos mas tensos y emotivos del cine de Huston: instantes de buen cine, comparables por su capacidad para seducir al espectador, con el final de Dublineses, los momentos más crispados de Cayo largo o las imágenes más bellas de Los que no perdonan o Paseo por el amor y la muerte.

“Nada de lo humano me repugna Sr. Shanon salvo la crueldad y la violencia” dirá Hannah Jackles a ese pastor descarriado al que su falta de fe y su pasión por las jovencitas han llevado a la ruina material y el deterioro espiritual. “Ayudémonos en noches como éstas”. “Soltemos a la iguana”. Williams y los símbolos afloran en el filme como esa luna surcada por las nubes, como esa iguana atada a un cordel, como ese hombre sudoroso y purificado después de un largo viaje-prólogo donde no han faltado ni el humor ni la tensión. Por la mañana se ven las cosas de modo distinto, pero lo importante ha sucedido en esa noche de ángeles y diablos y Huston —a diferencia de otros realizadores de segunda fila que se aproximaron sin demasiado éxito al mundo de Williams— ha salido airoso de una empresa tan difícil.




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