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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Petra, grande y pequeña

 OTROS DESTINOS

Cuando llevábamos recorrido un buen trecho del cañón que conduce de Wadi Musa (para los turistas, pueblo dormitorio) a la vieja Petra, y por tanto estábamos relativamente habituadas a los restos nabateos y las figuras debidas a la erosión que ofrecen sus paredes multicolores, nuestro guía nos acercó a la pared de la derecha y nos señaló unos pequeños relieves casi a nivel del suelo;


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después, nos pidió que nos girásemos y que mirásemos hacia la parte más elevada de la roca fijamente, para preguntarnos a continuación por la figura que veíamos. Nuestra respuesta fue sincera: no vemos nada en especial. Sorprendido, nos movió hacia nuestra derecha (la izquierda del camino que íbamos siguiendo) y nos echó un discurso sobre el poder de la imaginación mientras trasteaba en su móvil. Para potenciar nuestra evidentemente disminuida capacidad de imaginar, insistió en que miráramos fijamente y después cerráramos los ojos con fuerza. Como el par de panolis que somos, le hicimos caso mientras, lejos de concentrarnos, nos avisábamos de que seguramente estaría haciéndonos una foto con el móvil para luego echar unas risas. Nada más lejos de la realidad, que por cierto transcurrió muy deprisa: a un tiempo, nos giró, hizo sonar en su móvil la banda sonora de Indiana Jones y nos pidió que abriéramos los ojos. Creo que se me saltaron las lágrimas. Y no puedo echar la culpa a la arena que trataba de atascar mis lagrimales.


Entrada a Petra

Sin percatarnos de ello, habíamos llegado al final del desfiladero, a las puertas de Petra. Petra, la poderosa y protegida ciudad nabatea fundada en el siglo IV a. de Cristo, esa que alcanzó su máximo esplendor bajo el mandato de Aretas IV (9 a. C. - 40 d. C.) y que Trajano convirtió en romana a principios del siglo II, la misma que en el siglo XX quedó inmortalizada por Spielberg en Indiana Jones y la última cruzada.


Petra - Plaza desde El Jazneh

Con el peso de la historia a cuestas, entramos a una animada plazoleta natural flanqueada por elevadas paredes de roca llena de turistas boquiabiertos, figurantes disfrazados y beduinos buscándose la vida; una tienda de recuerdos y un chiringuito con mesas de bancos corridos completaban el cuadro terrenal.


El Jazneh

Antes de adentrarnos en sus estancias, observamos desde todos los ángulos posibles la fachada de lo que pareciendo un palacio fue una tumba, concretamente la del rey nabateo Aretas III, y posiblemente funcionó como templo, El Jazneh (El tesoro). Nos explicaron que cuanto más poderoso era el morador más pisos tenía la estructura, y que ésta, siendo tan principal, debería tener más de los que veíamos (dos), de hecho, ya están sacando a la luz una planta atrapada en el subsuelo.

Dejamos atrás El Jazneh para explorar otras oquedades de las que llama la atención el veteado de las paredes o la altura y la posición a la que se encuentran. Algunas, de ricas fachadas, miran al teatro, excavado en la piedra por los nabateos en el siglo I a de C, son también tumbas reales.

Resulta que la Petra que nos atrae es en realidad un cementerio: las numerosas casas más o menos ricas excavadas en las rocas son tumbas recicladas en vivienda por los beduinos, que recientemente y contra su voluntad han sido realojados en un barrio próximo de bloques hormigonados.


Beduinos en Petra y su nueva ciudad al fondo

El teatro y los restos de algún que otro templo, en pleno proceso de restauración, dan fe de que allí, en Petra, entre los muertos, también hubo vida activa y multitudinaria tanto nabatea como romana.


Petra - Calle de las columnas


Subida a Al Deir

Dimos las gracias y una merecida propina a nuestro veterano guía y nos encaminamos a pie hacia el que pasa por ser el segundo monumento en importancia de Petra: Al Deir (el monasterio). El ascenso resulta casi casi un peregrinaje por el encadenado de peldaños naturales y artificiales que marca la ruta. Temía más despeñarme con el burro que insistentemente nos ofrecían que el cansancio que pudiera provocarme la escalada así que optamos por el coche de San Fernando: un poco a pie y otro poco andando. El tiempo pasaba y no alcanzábamos a ver nuestro objetivo, pero sabíamos que perderse era imposible: escalera aparte, cada equis metros aparece a la orilla del camino una tienda de beduinos con sus chucherías a la venta, en un recodo sí y en otro también hay un turista resoplando, bajan vacíos burros que subieron cargados…


Al Deir

Cuando por fin  pisamos la cima, al cabo de algo más de una hora de subida a pleno sol, con el agua y la paciencia casi agotadas, creimos estar de nuevo ante El Jazneh, tanto se parece a la tumba real el templo nabateo del siglo III a. de C. que guarda huellas de su utilización para ritos cristianos conocido como Al Deir, el Monasterio.

No contentas con la hazaña de llegar hasta allí, continuamos por uno de los senderos que anuncian miradores no aptos para quienes tengan vértigo. Con o sin vértigo llegamos hasta una de las puntas, admiramos la árida inmensidad que allá abajo alcanza el horizonte y nos volvemos al chiringuito que ha convertido la famosa tumba en un escenario al que mirar sus asientos cubiertos de cojines. Reponemos fuerzas a precio de banquete y acometemos el descenso, siempre más ligero y feliz.


Petra - Visita nocturna

Sin darnos apenas cuenta, nos dieron las cinco con un té en la mano y la hermosísima tumba de Aretes III a dos pasos de nuestras pupilas. Sólo saber que volveríamos en plena noche consiguió levantarnos del bar y que abandonáramos tan místico lugar.

Una vez en el hotel, lo que nos costó fue acicalarnos con garbo y salir a cenar antes de unirnos a la procesión nocturna. Estábamos agotadas. Pero siempre nos puede la curiosidad.

Nos abrigamos bien, nos encontramos con los cientos de peregrinos que como nosotras aguardaban sabe Dios qué milagro, y con ellos avanzamos entre velas por el desfiladero que habría de llevarnos a Petra. La enorme plaza de entrada estaba tapizada de velas, como las del camino, metidas en bolsas de papel. Nos invitan a sentarnos en las alfombras que miran hacia el monumento reconvertido en oscuro escenario, nos sirven un té, y comienza un espectáculo de música tradicional que muchos cambiamos por el de la bóveda estrellada que esa noche de Reyes se había vestido de gala. Tal vez porque los nabateos, según algunos historiadores, eran caravaneros que transportaban incienso y mirra de Arabia del Sur al Mediterráneo…

Había leído que la visita nocturna a Petra superaba con creces a la diurna. Para mí, ni en broma. Es más, creo que tal y como está planteada, esa visita nocturna es totalmente prescindible. Y lo digo yo que rediseñé nuestra ruta por el país, incrementando considerablemente el precio del viaje, para poder estar en Petra la noche de la visita; que esa es otra, al menos en temporada alta, lo lógico sería que hicieran el recorrido nocturno todas las noches y no una a la semana, que público desde luego no les falta.


Al Beida

 

No lejos de Petra, en Al Beida, conocida como la pequeña Petra, se puede visitar otro conjunto de tumbas al que, por el momento, desde el punto de vista turístico, parece que sólo prestamos atención cuatro viajeros despistados y los beduinos que tratan de vendernos algo. Si Petra no existiera, nos parecerían interesantísimas; después de Petra… Pero ahí están y gusta verlas.

Seguimos compartiendo cámara Eva Orúe, el polvo y yo misma. 

 

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OTROS DESTINOS

(Entre paréntesis)

Parece que el 1 de octubre abrirá por fin sus puerta el esperado W Barcelona. Sí, ya sé que se trata de un hotel de lujo, y por tanto carillo, o tal vez sea mejor decir, de precio elevado. Pero nos hemos enterado de algo: su oferta de apertura, que entre el 1 de octubre de 2009 y el 27 de febrero de 2010, con tarifas a partir de 249 €, incluye dos cócteles de bienvenida, desayuno para dos, aperitivo adicional o postre con la cena en el restaurante de Carles Abellan, set de regalo Bliss, acceso VIP al bar de Ignite Group en la terraza superior, y un upgrade de Wonderful Room a la siguiente categoría de habitación. ¿A quién no le gusta dar o darse un homenaje?

 

  

 




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